Capítulo 47 #2
Miró la palabra «número» y luego el trozo de papel.
La respuesta al enigma le vino de repente a la cabeza.
Aquello era un código. El primer número indicaba el Antiguo o el Nuevo Testamento; el segundo, el número de la página; el tercero, el número de la columna; el cuarto, el número de la línea; el quinto, el número de la palabra dentro de la línea.
Rápidamente, recorrió la Biblia adelante y atrás siete veces. El fino papel crujía bajo sus dedos.
Génesis 11.4: «Y dijeron, vamos , edifiquémonos una ciudad».
Jueces, 12.1: «Nosotros quemaremos a fuego tu casa contigo».
Lucas, 8.22: «Pasemos al otro lado del lago ».
Daniel 4.27: «Una prolongación de tu tranquilidad ».
Génesis 24.49: «… para que yo vaya a la mano derecha ».
Oseas 13.13: « en el lugar de ».
Isaías 44.14: «plantó un fresno ».
El mensaje: «Vamos a tu casa en el lago Tranquility. Tuerce a la derecha en el lugar del fresno».
Y entonces lo recordó todo: el fresno se hallaba junto al camino de tierra y, descendiendo por allí, se llegaba a la cabaña del lago: el monte Nakuset al fondo, el Katahdin rodeado de nubes, las laderas cubiertas de bosques, la extensión gris azulada del Tranquility, el cielo azul en lo alto: Brantwood.
Bajo la primera serie de números del papel, había otros dos:
1.4.26.22
22.2.14.3
Y a continuación, una lista de algunos libros de la Biblia:
Job
Jueces
Éxodo
Rut
Rut
II Timoteo
II Reyes
Repitió el proceso:
Génesis 4.26: «Comenzaron a llamar al Señor por su nombre».
Cantares de Salomón 2:14: « Paloma [dove] mía, que estás en los agujeros de la peña».
El sentido de la lista de libros se reveló entonces por sí mismo. Se refería a los números de los 66 libros de la Biblia:
Job 20
Jueces 7
Éxodo 2
Rut (dos veces) 8
II Timoteo 55
II Reyes 12
Un número de teléfono. Recordó un nombre de inmediato: Jim Dove. Era su número: 207.288-5512. Él había marcado ese número hacía poco, muy poco.
Había un mapa de carreteras del noreste en el bolsillo lateral del coche. Sus dedos encontraron por sí mismos el lago Tranquility. Prácticamente hacia el norte. Después de una breve y necesaria cabezada, llegaría allí al amanecer.
Cerró los ojos. Le vino a la cabeza un caleidoscopio de imágenes: palmeras bajo una suave brisa; la puerta de una casa abierta, un pasillo en penumbra, una cocina profusamente iluminada, un charco de sangre en la encimera, un dedo seccionado…
No estaba seguro de si había gemido en sueños o solo cuando despertó. Abrió los ojos, desorientado. Una luz blanca entró de repente por el parabrisas. Procedía de los faros de un coche que se hallaba parado en la rampa que descendía al muelle.
Una silueta, con una larga sombra por delante, bajaba a pie por la rampa y se desplazaba hacia su izquierda. La luz destelló en el cañón de un rifle que apuntaba a su ventanilla.
Ed giró la llave de arranque y tiró del estrangulador manual.
Cuando el motor del Volvo se puso en marcha carraspeando, metió la primera y se agachó.
La ventanilla de su lado explotó en una cascada de cristales.
Sintió el agudo dolor de un corte en la oreja izquierda mientras el coche daba una sacudida hacia delante.
Giró bruscamente el volante y la parte posterior del Volvo coleó y derrapó en el barro, sin el suficiente agarre.
Luego las ruedas delanteras cogieron tracción y salió disparado hacia la silueta que le estaba apuntando directamente.
El rifle disparó de nuevo, pero el disparo salió desviado y no hizo más que resquebrajar el lado izquierdo del parabrisas.
Ed metió la segunda, pisó a fondo y el coche se abalanzó sobre el hombre, que acababa de accionar la palanca del rifle y estaba intentando expulsar los cartuchos e insertar otros nuevos.
En el último segundo, levantó la vista. Ed lo vio durante un instante.
Vestido formalmente: traje gris, camisa blanca, corbata negra.
Veintitantos. Al darse cuenta de que Ed no pretendía escapar, sino arrollarlo, abrió la boca con una gran «o» de sorpresa y luego de terror.
El capó del Volvo pareció engullirlo. La altura libre del coche era de unos quince centímetros, aunque la nieve añadía otros cinco.
Primero el parachoques lo embistió con una serie de topetazos y luego su cuerpo quedó atrapado con los pies por delante bajo el peso del vehículo, entre la suspensión y el tubo de escape.
El Volvo quedó frenado durante unos instantes; después, con un último bamboleo, se acabó liberando y salió a toda velocidad hacia la rampa y las luces cegadoras.
Ed pisó el freno y el Volvo derrapó en el barro. Miró por el retrovisor. Había un amplio rastro en la nieve que acababa en el bulto desordenado e inmóvil del hombre que acababa de atropellar. Su cabeza y uno de sus brazos parecían estar del revés. La nieve iba absorbiendo un charco de sangre.
Ed respiraba agitadamente, con una especie de estertor.
Sus manos se aferraban temblorosas al volante.
Se dio cuenta de que tenía el pie clavado en el freno.
Poco a poco, fue volviendo en sí. Alzó la mirada hacia el coche que estaba parado en la rampa.
¿El hombre iba solo, o había alguien esperándolo?
Encendió sus luces largas, volvió a dar gas y subió por la rampa a setenta kilómetros por hora, rozando el lateral del sedán aparcado con una lluvia de chispas.
Ed lo vislumbró un instante mientras pasaba a toda velocidad. Un Ford azul marino. Vacío.
Luego entró coleando en la vía de acceso hacia la Ruta 1 y la interestatal. Un viento helado entraba por la ventanilla destrozada. Sentía como si un bisturí le rebanara la oreja en el punto donde el disparo le había rozado.
Condujo durante quince kilómetros. Para entonces, el viento gélido le estaba helando las manos y la cara. Tenía que parar.
La estrella roja surgió de la noche a su derecha, flotando en un mar de luz en medio de la negrura. Era de intenso color rojo, con una «T» inscrita en su mitad inferior. Una parada de camiones. Le llegaron más recuerdos en cascada.
Tomó la rampa de salida. La gasolinera estaba bañada por la luz de las lámparas de sodio. Al lado, había un restaurante abierto toda la noche. Se detuvo donde estaban aparcados los grandes camiones.
Miró atentamente el rótulo. Texaco. Su mente estaba saliendo ahora del capullo.
El último día en la Granja. De repente, ya no estaba en la gélida gasolinera.
Sintió el contacto de los cojines abotonados del autobús amarillo y el roce de las trenzas de Shannon en el hombro.
Shannon, recordó. Había muerto por su culpa.
Los nombres que aparecían en los papeles que había encontrado pegados a su cuerpo empezaron a cobrar sentido: David, Carl, Kevin, Hope, Catrine, Shannon y él.
Copas y Utensilios: los sacrificios de Dios, los sacrificios de Tifón.
Los Siete Apóstoles. Todos muertos, salvo él y David.
Sí, Shannon había muerto. Ese pensamiento le golpeó con fuerza.
No entendía cómo podía estar muerta cuando había estado tan viva, dormida sobre su hombro en el autobús amarillo iluminado por los rayos oblicuos del sol, mientras entraban en aquella absurda gasolinera abandonada, donde el rótulo rojo de Texaco se alzaba en el aire del atardecer de junio y el canto de los gorriones de garganta blanca sonaba entre los árboles: Ah, te, e, e, te, e…
Su memoria, tan lenta hasta ahora, se desplegó rápidamente: Winthrop Road, las vacaciones en Tranquility, Jim, el día que lo cambió todo en Northeastern, Eagle Lake…