Número desconocido Capítulo 47
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Capítulo 47

Ed tardó media hora en orientarse por las calles del puerto y el laberinto de rampas y pasos elevados.

Luego la Northeast Expressway le llevó por encima de los tejados de los barrios residenciales de Boston.

La ciudad quedó muy abajo, como si fuera un pájaro sobrevolando el horizonte de edificios sumidos en la oscuridad.

Cinco, diez…, los kilómetros iban pasando sin que ningunas luces parpadeantes lo siguieran.

La autopista se adentraba en la zona rural de Massachusetts y se hallaba prácticamente vacía.

El cielo estaba oscuro; la nieve seguía danzando en el aire y desplomándose sobre el cristal, pese al rápido movimiento de los limpiaparabrisas.

El Lago. Necesitaba averiguar más sobre eso. A la tenue luz del interior del vehículo, reparó en la Biblia que se hallaba en el asiento del copiloto.

Pasó el desvío de Salem. Había otro vago recuerdo allí. Una cacería de brujas en una noche de brujería. Escobas, sombreros puntiagudos, largas túnicas negras, un gato…

Abrió los ojos de golpe. Se había dormido al volante.

Apartó rápidamente el morro del coche de la mediana.

Los Manhattan que se había tomado en el Marriott lo habían embotado.

¿Cuándo había dormido por última vez? La adrenalina del tiroteo en el almacén hacía mucho que se había desvanecido.

Necesitaba otra dosis, o un café, o ambas cosas.

Adelantó dos enormes camiones de remolque que iban iluminados desde la cabina hasta la parte trasera, como trasatlánticos surcando un océano de oscuridad. El Volvo los adelantó fácilmente, a ciento diez kilómetros por hora, pero sin rebasar nunca esa velocidad.

La frontera estatal de New Hampshire. Cabinas de peaje al fondo.

Ahí solían tener cámaras de seguridad. Quedaría constancia de su paso, pero no importaba.

Enseguida pasaría de largo. Había algunas monedas en la consola.

Debería entretenerse unos segundos para contar la cantidad correcta.

Miró por el retrovisor. Nada se veía detrás.

En las otras barreras había un camión y un par de coches.

Bajó la ventanilla. El aire frío fue como una bofetada en la cara.

Arrojó las monedas en la cubeta y la barrera se alzó.

New Hampshire. Un breve trayecto de veinticinco kilómetros.

Subió una cuesta y volvió a mirar por el retrovisor.

Desde allí podía abarcar dos o tres kilómetros de la gran depresión por la que discurría la interestatal.

Había quizá media docena de faros a su espalda, como una sarta de perlas.

Tenía la certeza de que él había hecho aquel viaje antes, hacía mucho…

Los párpados le pesaban como piedras, sabía que ya no podía continuar.

Apareció la intersección con la Ruta 1 y descendió por la rampa.

Ningún peaje, menos vigilancia. Parpadeaba para mantenerse despierto; encendió la radio y buscó una emisora.

Tras un zumbido de interferencias, consiguió sintonizar un programa informativo de madrugada.

El titular principal: la horrible violación y asesinato de una mujer de negocios, Gail McReedy, en el Boston North End Marriot, aquella misma noche.

La policía buscaba a un sospechoso que aparecía en las imágenes de las cámaras de vigilancia.

A continuación, dieron una descripción que coincidía exactamente con él, incluido el traje de gabardina beige.

La presentadora dijo que algunos medios ya estaban llamando al asesino el Caníbal de North End.

No explicó el motivo por el que le habían puesto ese mote, dejándolo quizá a la imaginación de los oyentes.

El reportaje concluyó con la advertencia, por lo demás innecesaria, de que el criminal era una persona peligrosa a la que no convenía acercarse.

Ed sintió que se le helaba la sangre. Agarró el volante con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron. Así que Nell se llamaba Gail. El nombre, en realidad, no importaba. Lo cierto era que, por culpa suya, ella no volvería a ver a aquel marido rubio y a las niñas de la fotografía.

La presentadora no había terminado, sin embargo. Se habían producido otros dos homicidios, al parecer relacionados con la droga, en City Point.

Apagó la radio. Tres asesinatos que iban a adjudicarle.

Miró hacia delante casi sin ver. Ya había dejado de nevar.

Los faros iluminaron la calzada de un paso elevado a través de las praderas cubiertas de agua congelada al sur de Freeport.

De pronto, le asaltó un recuerdo repentino: los prados salpicados de flores silvestres en verano.

El sol entrando a raudales por las ventanillas entreabiertas.

Dos adultos sentados delante. Siluetas desconocidas, sin voz.

Llegó finalmente a Freeport. Las luces de las tiendas outlet —L.L.

Bean, Lacoste y muchas otras— desfilaron junto a él.

Maniquíes plantados en los escaparates, como congelados en el tiempo, contemplando con mirada vacía a aquel intruso que irrumpía en su mundo nocturno.

Redujo la marcha cuando aparecieron las luces ámbar.

Las aceras estaban desiertas. Un rótulo advertía a los peatones de la caída de carámbanos que colgaban de los aleros de las casas de tablilla como lanzas.

Dejó atrás las luces de Freeport y se adentró de nuevo en la noche oscura.

Atravesó Brunswick en dirección a Bath, buscando un sitio donde parar.

Al fondo, se alzaba el puente voladizo del siglo XIX que cruzaba el río Kennebec.

Ahí había otros recuerdos: nombres que iban formándose como espectros.

Él había estado allí en esos viajes hacia el norte.

Miró por el retrovisor. Se divisaban un par de faros a lo lejos, pero demasiado lejos para tratarse de alguien que lo estuviera siguiendo.

Cruzó el puente. Una rampa bajaba a la ribera del río.

Con una decisión repentina, la tomó y descendió unos cien metros; luego apagó los faros y aguardó con el motor en marcha.

Las luces que venían detrás no reaparecieron.

El conductor debía haber cogido otro desvío.

Respiró hondo, puso la primera y siguió adelante hasta la orilla.

Había bancos de nieve y charcos de lodo por todas partes.

Junto al muelle, barcos de pesca, contenedores, redes, secaderos y pequeñas grúas.

En la otra orilla estaban los astilleros Bath Iron Works.

Podía verse el casco gris y la cubierta de un destructor de misiles guiados en construcción en un gran pantalán flotante.

En los embarcaderos y en lo alto de las grúas había arcos voltaicos, que lo iluminaban todo como un árbol de Navidad.

Más abajo, emergiendo entre la penumbra junto a la orilla, distinguió los dos mástiles, el bauprés y la botavara de un barco antiguo.

El nombre le vino enseguida a la mente: el Sherman Zwicker , la goleta de pesca de los Grandes Bancos de Terranova.

Siguió por la vía de acceso hasta donde los barcos de pesca cabeceaban lentamente junto a los muelles y encontró, junto a un cobertizo, un rincón oscuro, lejos de las lámparas de sodio. Hizo un cambio de sentido hacia la rampa y apagó el motor. Enseguida notó que el frío envolvía el coche.

Respiró hondo. Su aliento se condensó en una gran nube cuando exhaló.

Sacó la linterna de la guantera, la encendió y enfocó el asiento del copiloto. Ahí estaban los papeles que guardaba bajo su camisa.

También la Biblia. Una Biblia del rey Jacobo encuadernada en tafilete, con cantos dorados, impresa a doble columna en finísimo papel de India.

En la primera página figuraban dos nombres escritos con estilográfica.

El primero, el de un joven de corta vida: «Teniente Anthony R.

Constance, 16 de abril, 1916-7 de diciembre, 1941».

La palabra «Teniente» y la fecha de la muerte habían sido añadidas con una letra distinta por una mano temblorosa.

Las palabras «Pearl Harbor» acudieron a su mente.

Un gran ataque en el que había perecido aquel joven.

Debajo, con un tercer tipo de letra, figuraba el otro nombre: «Edward J. Constance, 4 de julio, 1961».

Edward, Ed. Igual que en la fotografía de la mujer de pelo oscuro. ¿Era ese, pues, su verdadero nombre?

Mientras sus dedos se deslizaban por las suaves ondulaciones de la cubierta de tafilete, le fueron llegando recuerdos.

Esa Biblia se la habían regalado Stu y Bettie.

Las dos personas del coche que conducían por esa carretera.

Eran sus padres, pero no sus padres biológicos: sus padres adoptivos.

Oyó a su madre decir: «El niño necesita una Biblia para el domingo».

Era una Biblia que llevaba años en uno de aquellos atestados anaqueles cubiertos de polvo y telarañas.

Le vinieron otros recuerdos de ese lugar, de aquellos rincones llenos de trastos: redes deshilachas, viejas cañas de pescar, antiguos cartuchos con la envoltura roja de cartón amarilleando, latas oxidadas con moscas de pescar, latas sin otra cosa que tierra seca que debía haber contenido gusanos, chalecos con ganchos, más anzuelos tipo mosca.

Dos animales disecados —un ánade real y una nutria alzada sobre los cuartos traseros, cuyos dos dientes le daban un aspecto agresivo— miraban desde lo alto entre las sombras.

Mientras hojeaba la Biblia, le cayó en el regazo un papel que se hallaba entre las primeras páginas, en el que había unas series de números escritas a mano:

1.16.2.18.4,5

1.351.1.28.1,2,3

2.93.2.10.2

1.1088.1.34.4

1.1.24.49.23,24,25,26

1.28.13.13.23,24,25,26

1.23.44.14.27

Estaba seguro de que la letra era suya. ¿Qué significaban esos números?

Volvió a mirar la página de donde había caído el papel.

Era un índice, situado al principio de la Biblia, con un encabezado que decía: «Los Nombres y el Orden de Todos los Libros del Antiguo y el Nuevo Testamento, con el Número de sus Capítulos».