Capítulo 46
En este asunto de la prótesis, como en la recopilación de todo el material médico de Constance, la gente de Tifón había sido, como siempre, muy meticulosa.
Tenían su sangre y su orina gracias a los chequeos llevados a cabo por los médicos de Merriweather; y luego, gracias a Godin, las radiografías de cada parte de su cuerpo e incluso algunas muestras de tejido.
Material sobrado para inculparlo en cualquier escena criminal.
Entre los registros que tenían, figuraban los de su dentadura, facilitados gustosamente por el ortodoncista designado por Merriweather’s.
Por lo tanto, según David, no había ninguna parte de Edward Burns Constance que no tuvieran controlada; salvo, por desgracia, su mente, que al parecer se les había escapado una vez más.
Tifón la había poseído en su día y debería haberle sacado partido cuando tuvo ocasión de hacerlo.
Ed tendría que haber llevado a cabo su misión diez años atrás.
«Y el sexto ángel derramó su copa en el gran río Éufrates; y el agua del río se secó para abrir paso a los reyes que venían de Oriente».
Qué grandes verdades encerraba el Apocalipsis.
Y qué gran decepción que Ed se hubiera escurrido ya dos veces de las garras de Tifón.
Pero acabaría sometiéndose, de eso David estaba seguro; la esposa habría de servir para eso.
Aunque él había empezado a discrepar de bastantes órdenes de Vermeulen, reconocía que quizá tenía razón en ese punto.
Ese era el defecto del carácter de Ed: el noble Ed, siempre protegiendo a las chicas allá en la Granja.
Al final, si quería salvar a Sarah y a su hijo aún no nacido, no le quedaría más remedio que obedecer.
Y, sin embargo, ahora que la operación Maine llegaba a su fin, David se preguntaba si valía la pena arriesgarse a reclutar a Ed.
Los incidentes provocados por Catrine y Shannon habían ocupado titulares, pero su impacto probablemente sería pasajero.
No hubo agitación ni disturbios. Conmoción sí, desde luego.
Pero ¿eso bastaba? Los americanos, aunque indignados, habían mostrado una sorprendente paciencia, una fe asombrosa en la capacidad de las autoridades para resolver las consecuencias de lo ocurrido.
Sí, las cosas no estaban tan candentes como lo habían estado en el pasado.
Coughlin había muerto; otras figuras sombrías controlaban ahora Tifón: unas figuras que al parecer le miraban a él con buenos ojos.
David intuía que los objetivos que los impulsaban eran bastante diferentes de los objetivos de los fundadores de Tifón en los años treinta.
Ahora había un nuevo proyecto en el desierto de Sonora.
A esas alturas, Nate y Alice Mae deberían haber llegado allí.
Según se decía, él podría convertirse muy bien en el nuevo director de ese centro.
De ser así, no repetiría los errores de Vermeulen.
Resultaría fácil eliminar a Ed. El asesinato de McReedy les garantizaba que acabaría siendo así.
David estaba de acuerdo con la descripción de la prensa, siempre tan servicial: la mujer había sido asesinada «en un arrebato de locura».
Gracias a él, ahora Ed había quedado retratado como un demente depravado y homicida.
Un agente federal o un policía no correría ningún riesgo cuando fuera finalmente acorralado.
Nadie protestaría si el Caníbal de North End caía bajo una lluvia de balas.
Nadie, excepto Vermeulen: él estaba convencido de que Ed había escondido la libreta de Stu, y de que, en caso de que se produjera su muerte, se abriría una caja fuerte en alguna parte y aparecerían todos aquellos nombres.
No el suyo, pensó David. Si su antiguo jefe acababa cayendo, caería sin arrastrarle a él.
Aunque todavía lidiaba con el irritante problema de quitarse la prótesis. Murdo, el técnico dental que la había confeccionado a partir de los registros dentales de Ed, un tipo dócil y drogadicto, había necesitado bastantes minutos para enganchársela con gomas elásticas en los dientes posteriores.
Eso había sido antes de que él fuera al Marriott.
Pero Murdo ya no estaba a mano para quitarle la prótesis: yacía muerto en su estudio de East Boston, con una jeringa clavada, al parecer por accidente, en una arteria.
El forense dictaminaría que, como solía ocurrir, un yonqui se había metido una dosis de más cuando estaba demasiado colocado para ver lo que hacía…
Sonó una voz fuera del cubículo.
—¿Cómo va por ahí? —Era Fallows. Lo habían enviado de Merriweather’s, en Miami, para incorporarse a su equipo. Quizá para espiarle. David tenía la sensación de que era un hombre de Vermeulen, no suyo.
— Fien, dame un miduto —farfulló. No podía manejar explosivos con ese artilugio en la boca.
Le dolía la mandíbula, a decir verdad, y le reventaba sonar como un tarado balbuceante y tener que hablar a través de una dentadura extra.
También lamentaba que su mandíbula no fuera más flexible.
La abrió todo lo que pudo. Manipular bien la prótesis para sacarla era como resolver el cubo de Rubik.
—¿Te falta poco? —preguntó Fallows.
A David se le estaba acabando la paciencia.
— T’he ‘icho que espedes en el coshe —dijo con dificultad.
—¿Cómo? —dijo Fallows.
— Olfídalo. Ya foy . —Afortunadamente, el hecho de hablar había contribuido a sacudir la prótesis y, de repente, se desenganchó y salió a medias de su boca.
Gracias a Dios. La sacó del todo. Había jirones de carne entre los incisivos y los molares postizos.
Carne de la mujer. Había mordido con ganas, a fondo.
Se enjuagó la boca y salió del cubículo.
—Vale, en marcha —le dijo a Fallows.
Salieron del baño a la oscuridad de la noche. Tiró la prótesis en un contenedor de basura que había detrás del McDonald’s contiguo a la gasolinera.
—Conduce tú —ordenó cuando llegaron al Suburban.
Subió al todoterreno y sacó un Motorola de su maletín. Un modelo similar al que habían tenido Shannon y Ed.
—Soy David —dijo cuando entró la llamada.
—Se dirige al norte por la interestatal —dijo una voz desde Mount Lebanon.
David sabía que era simplemente el operador.
—¿Tienes a alguien siguiéndolo? —preguntó.
—Sí, a Bailey. Lo ha localizado en la 95.
—De acuerdo, voy a llamarle. —David colgó y marcó otro número.
Sonó unas cuantas veces antes de que respondieran.
Primero solo escuchó el ruido de los parabrisas a toda velocidad, el zumbido de una retransmisión, un traqueteo como si manipularan el teléfono y una maldición.
Los Motorola eran poco manejables, sobre todo si estabas conduciendo.
—¿Bailey? —dijo David.
—Sí, soy yo, jefe —respondió el otro al fin.
—¿Sigues teniendo a Constance bajo vigilancia?
—Sí, está más adelante. Llegaremos al peaje de New Hampshire en una media hora.
Así que les llevaban dos horas de ventaja. Lo cual le tenía sin cuidado. Él se dirigía a una zona privada del aeropuerto de Bangor, donde le esperaba un helicóptero. Una vez a bordo, por muy deprisa que se moviera Constance, lo alcanzarían sin problemas.
David tenía libertad para tomar decisiones sobre el terreno.
Estaban en plena noche, así que habría pocos testigos potenciales.
En el desierto de Sonora ya estaban formando a otros como Ed.
Ellos no serían tan obstinados. Nuevas Copas, nuevos Utensilios, constantemente renovados, hasta que se secara el Éufrates y ellos se convirtieran en los reyes de Oriente…
Carl había tenido razón en su momento, diez años atrás: acabar con Ed y pasar página.
La historia estaba llena de subordinados que habían hecho caso omiso a sus superiores y habían ganado. Esta sería la noche de su victoria.
—Hay nuevas órdenes —le dijo a Bailey—. Si tienes ocasión, acaba con él. —Y colgó.
Fallows había apartado la vista de la carretera para mirarlo.
—Tú conduce —dijo él. Empezó a hurgarse en la boca con un dedo. Maldita sea, ahora tenía algo metido entre sus propios dientes—. ¿Tienes chicle? —le preguntó al antiguo miembro de las fuerzas especiales.