Capítulo 44 #2
Se preguntó si aquella sería la primera vez que Nell abordaba a una desconocida en un bar.
Tampoco sabía muy bien cuál era el protocolo.
¿Acaso ella estaba esperando que tomara la iniciativa?
¿O la cosa sería más sutil? ¿Ella sacaría la llave electrónica de su habitación y se levantaría bruscamente para ver si la seguía?
En realidad, Ed no había pensado qué iba a hacer.
Al principio creyó que ella constituiría un buen camuflaje mientras ordenaba sus pensamientos.
Pero ahora se le ocurrió que pasar la noche con aquella mujer quizá le salvaría.
No estaba seguro de sentirse orgulloso de sí mismo por esta idea.
¿Debía levantarse y marcharse, y arriesgarse a lo que le aguardara en la carretera?
A estas alturas, los amigos de Scarface y el Pandillero quizá estaban buscándolo.
Y si ellos lo buscaban, la policía también lo haría enseguida.
Se dio cuenta de que quizá ella también estaba indecisa.
El coqueteo, al fin y al cabo, había sido poco comprometedor.
Ahora sí había llegado el momento. Existía la responsabilidad incluso cuando eras libre: libre y condenado a hacer lo que te gustaba al mismo tiempo.
Tal era la suerte del desconocido. Él sabía que en algún momento también se había sentido solo y desarraigado como Nell en un lugar extraño.
Quizá ella no deseaba hacer aquello, sino solo demostrar que se podía hacer.
Ahora se había puesto a rebuscar en su bolso. Un vistazo rápido en el espejo de la polvera, una inclinación de cabeza y un gesto de modelo que la transfiguraba. También esto le recordó un momento con otra persona. ¿Acaso la mujer que le había dedicado la fotografía?
Nell cerró la polvera, lo que sacó a Ed de sus ensoñaciones, y le hizo una seña al encargado para que trajera la cuenta.
—Permíteme —dijo él.
Pero ella meneó la cabeza.
—He dicho que invito yo.
Se inclinó sobre la cuenta y garabateó una firma que él no acabó de ver.
Cerró el bolso y se bajó del taburete. No le miró a los ojos, sino que bajó la vista al cierre de su bolso.
A él se le había olvidado lo menuda que era cuando la vio por primera vez.
Un metro sesenta y cinco, quizá, con tacones.
—¿Vienes? —susurró Nell, con una voz vacilante.
Ed se bajó del taburete y extendió un brazo para sujetarla, mientras echó un vistazo al espejo para observó el fondo del local. Nadie nuevo, nadie mirándolos. Cogió el abrigo y la llevó a los ascensores del vestíbulo.
Nell rebuscó de nuevo en su bolso; también ahora sin mirarle. Se bajaron en la sexta planta, recorrieron un breve tramo del pasillo. Ella introdujo la tarjeta en la ranura de su habitación; sonó un clic y se encendió una luz verde. No habían dicho una palabra desde que habían salido del bar.
—Escucha… —empezó Ed, pero ella lo acalló poniéndole un dedo en los labios. Un dedo trémulo.
Él captó de nuevo aquel perfume exótico. Una fragancia familiar pero cautivadora. Una noche en un jardín exótico. Nell abrió la puerta e introdujo la tarjeta en el dispositivo de las luces interiores.
No debía haber apagado ninguna al salir, porque ahora cobraron vida todas a la vez.
A la izquierda había un pequeño baño. Maquillaje esparcido por la encimera, una toalla húmeda metida de cualquier manera en el toallero, una alfombrilla mojada, aún con las marcas de sus pies.
La habitación era pequeña; el espacio entre el baño y la ventana estaba ocupado básicamente por una cama doble.
Ella fue hacia allí y luego se volvió. En el lado de la ventana había un sillón con una lámpara, un minibar y un tocador con un espejo.
Las cortinas estaban descorridas; fuera, podía verse cómo los copos de nieve danzaban en la oscuridad.
Alguno caía en la ventana y se deslizaba lentamente por el cristal.
La puerta se cerró finalmente a su espalda con un chasquido.
Ed se quitó el abrigo y ambos se quedaron inmóviles en el angosto espacio; cerca, pero sin tocarse. Él percibía vagamente su aliento en la pechera de la camisa. Ella miraba al suelo, sujetando el bolso abierto con una mano; con la otra se retorcía la solapa de la chaqueta.
—Bueno, aquí estamos —susurró; luego alzó la mirada por primera vez desde el bar.
Una leve sonrisa torcida mientras se mordía el labio inferior.
Bajo la cruda luz de la lámpara parecía una niña.
Una niña triste. Dejó caer el bolso sobre la mesa y una parte de su contenido se volcó.
El estuche de maquillaje, el pintalabios, la tarjeta electrónica, monedas… y una foto.
Su pareja era un hombre apuesto. Rubio, bronceado, en forma…
, un tipo deportista. Podría haber trabajado de modelo para Men’s Health .
Tenía a una niña a cada lado. Ambas rubias como el padre, pero con la cara de la madre.
Él las rodeaba con los brazos. Las niñas sonreían tímidamente; el viento les echaba el pelo sobre los ojos y sobre la dentadura con brackets .
Y de repente Ed dejó de ver esas figuras que estaban en primer plano y sus ojos se centraron en el telón de fondo de la fotografía.
Detrás del padre y las niñas, había un lago.
Se oyó a sí mismo cómo respiraba profundamente.
Una extensión de agua de color azul oscuro enmarcada por el follaje de un árbol.
Un velero a media distancia y, más allá, un borroso bosque de pinos.
El Lago. Una voz dijo: «Debes ir al Lago». Pero ¿a qué lago? Una querencia instintiva, como un chispazo magnético, le dijo que estaba al norte.
Advirtió que ambos se habían quedado mirando la foto sobre la mesa.
—Mi familia —dijo Nell, aunque no hacía falta. Luego se agachó y guardó la fotografía y el resto de las cosas en el bolso—. Quizá no nos vendría mal otra copa —añadió con voz ronca.
Se arrodilló frente al minibar y abrió la puerta. La luz interior iluminó su cara, la base de su maquillaje, las imperfecciones de su piel. También la mancha de rímel de una lágrima que se había secado con la mano.
Él se sentó en la cama mientras ella abría dos botellines de whisky y los vertía en vasos de plástico. Le pasó uno. Ed lo cogió y lo apuró de un trago.
Nell se sentó a su lado, pegada a su muslo, y alzó la cara hacia él.
Se besaron durante unos momentos. Ed experimentó sentimientos encontrados: el impulso del deseo y la sensación de que aquello no estaba bien.
—Quizá esto no ha sido una buena idea —dijo, levantándose bruscamente.
Ella se levantó también, estirándose la falda.
—Está bien. No tenemos que hacer nada. Tómate una copa conmigo, simplemente. —Alzó la mirada hacia él—. No me vendría mal un poco de compañía —añadió.
Ed respiró hondo.
—Escucha, eres una mujer preciosa, pero… —Hizo un gesto vago—. Tengo que ir a un sitio.
—¿Por qué? Es muy tarde.
—Hay un sitio al que tengo que ir. Es importante. —Se agachó y recogió el abrigo de la cama.
Ella se irguió.
—Quédate, por favor.
Él retrocedió un paso.
—Es mejor que me vaya, créeme.
Nell frunció el entrecejo y, de repente, la mujer tranquila se esfumó.
—Así que eres uno de esos gilipollas, ¿no? —dijo.
—Me voy, ¿vale? —Ed retrocedió hacia la puerta alzando las manos y la abrió. Echó un vistazo rápido a uno y otro lado del pasillo. Nadie. Luego se volvió. Ella seguía allí, con los hombros caídos y la mirada fija en el suelo. Él soltó la puerta y se alejó a toda prisa.
Estaban a punto de dar las doce cuando sonó un golpe en la puerta.
Para entonces Nell, cuyo verdadero nombre era Gail McReedy, se había tomado un par de vodkas del minibar, y la habitación oscilaba ligeramente y se difuminaba en la periferia de su visión.
Había dejado el traje y las medias sobre la cama y estaba sentada en ropa interior frente al espejo del tocador, mirando lúgubremente las pequeñas arrugas que tenía alrededor de los ojos y en la comisura de los labios.
Así que ha vuelto, pensó con cansancio. Tal vez había bajado al bar para darse valor y ahora ya se había olvidado de su esposa o de lo que fuera que lo atormentara.
Bueno, pues ya era demasiado tarde. Volvió a sonar otro golpe, con insistencia.
Tendría que deshacerse de él antes de que montara un numerito.
Se puso la bata del hotel y abrió la puerta, dispuesta a echarlo con cajas destempladas.
Pero no llegó a pronunciar una palabra porque unas manos enguantadas la agarraron del cuello y le taparon la boca, empujándola hacia el interior de la habitación.
Se dio cuenta de que eran dos. Ambos llevaban gorras y chaquetas de cuello subido.
Gorras dentro del hotel, ¿para qué?, pensó puerilmente, mientras el primer hombre la tumbaba encima de la cama y se sentaba sobre ella, sin apartar aquellas manos férreas de su boca y su garganta.
El otro cerró la puerta con sigilo y entró en el cuarto.
Se detuvo para quitarse la gorra y dejarla en el colgador, ni más ni menos que como habría hecho un oficinista al volver a casa tras una jornada ajetreada.
Luego se acercó a la cama. Sonó un clic y una navaja automática destelló bajo las luces atenuadas.
Él se la mostró y luego la deslizó por su mejilla.
Ella notó cómo el filo rascaba la base de su maquillaje.
El tipo tenía pico de viuda y marcas de viruela en las mejillas.
Ella no apartaba los ojos de los suyos. Pensó que nunca había visto unos ojos azules tan fríos.
Había un brillo metálico en sus dientes.
Unos brackets de algún tipo. ¿O quizá una prótesis dental? ¿Por qué, siendo un hombre adulto?
—¿Dónde está Ed? —preguntó.
Le quitaron la mano de la boca.
—¿Ed?
—Quizá se hacía llamar Martin.
—Se ha ido. Hace una hora, o más.
—Pues mala suerte para ti —dijo él.
Luego volvieron a taparle la boca con una mano enguantada y empezaron.