Capítulo 44
Inclinado sobre el volante, se alejó del almacén con un chirrido de neumáticos mientras los limpiaparabrisas luchaban con una nevada cada vez más intensa.
El callejón daba a un muelle donde había grúas enormes, barcos amarrados y contenedores amontonados que se alzaban hacia el cielo nocturno.
Allí no había nadie. Más allá de los cargueros se extendía una bahía, y hacia el otro extremo de la costa se distinguían las luces de aterrizaje de un avión que se aproximaba a un aeropuerto profusamente iluminado.
Le vino a la cabeza la palabra «Logan», seguida de «Boston».
La memoria se removía en su interior como un brote verde. Él había vivido allí, en esta ciudad.
Siguió circulando a lo largo del muelle y cruzó un puente.
Los rótulos verdes de la carretera le brindaban más nombres: señalaban una salida a South Boston Waterfront y luego otra a Harbor Area.
Tomó esta última. Ahora los muelles destartalados, los almacenes y las grúas dieron paso a unas calles bien iluminadas.
Un letrero le indicó que estaba en North End.
Solo pudo seguir conduciendo unos dos kilómetros más.
Le temblaban las manos y los pies. No lograba dominar el volante.
Su mente seguía girando a toda velocidad.
Necesitaba aparcar, recobrarse, recordar más cosas.
Entonces vio un hotel frente al mar: el Marriott, North End.
Paró junto a la acera y estudió la entrada.
Había botones y clientes deambulando por un vestíbulo muy iluminado.
Demasiado expuesto. Rodeó el edificio y tomó una callejuela adyacente donde solo había contenedores de basura llenos a rebosar y un gato asilvestrado que quedó deslumbrado por sus faros.
Apagó el motor, encendió la luz interior y examinó el contenido de su abrigo y de su chaqueta.
La cartera estaba prácticamente vacía; solo había un billete de cinco dólares.
Contempló el rostro del hombre que aparecía en el billete y dedujo primero que era un presidente; luego que era Lincoln.
En su mente iban emergiendo pequeñas burbujas de memoria.
Sacó el revólver. Mejor no llevarlo encima.
Al abrir la guantera, hizo otro descubrimiento: un sobre acolchado.
Dentro, había un grueso fajo de billetes; los fue contando con el pulgar.
Las caras desfilaron rápidamente bajo la tenue luz interior: Lincoln otra vez, Hamilton, Jackson, Grant…
Más nombres. Calculó que debía de haber unos cinco mil dólares.
Todo el dinero estaba en billetes usados; unos pocos de cincuenta, el resto de menor valor.
Además, había una navaja y una linterna.
Cogió cien dólares y dejó el sobre y el revólver en la guantera.
Quedaba aún el misterioso paquete que había notado antes bajo la camisa.
Se la desabrochó y sacó un envoltorio de papel de periódico asegurado con cinta adhesiva.
En su interior estaba la libretita roja donde figuraba el nombre de Vermeulen; y también unas hojas chamuscadas y grapadas de tamaño A4. Lo dejó todo junto a la Biblia.
Entró en el hotel por las puertas giratorias sin vigilancia de la parte trasera del vestíbulo. Un letrero dirigía a los huéspedes recién llegados al mostrador de recepción. No hizo caso y siguió el letrero del bar. Era un espacio tranquilo, tenuemente iluminado. Nadie le miró cuando entró. Bien.
Se sentó en un taburete del extremo de la barra. Se preguntó si apestaría a residuo de pólvora. O mejor, si apestaba sin más. Aunque iba con un traje nuevo de gabardina y con un abrigo, tenía la sensación de no haberse cambiado de ropa desde hacía un par de días.
Había un espejo tras la barra y observó todo lo que lo rodeaba.
Una vez más, lo que veía le resultaba familiar y desconocido a la vez.
Sabía que aquello era un bar de hotel como cualquier otro bar de hotel del mundo.
Las camareras eran tres chicas de edad universitaria con camisetas negras y vaqueros.
Estaban juntas, de pie, en el otro extremo de la larga barra de madera oscura, charlando y gesticulando.
Parecía ser una noche relativamente tranquila.
En la zona de servicio, había varias bandejas llenas de vasos vacíos.
Pese al escaso movimiento, no resultaba fácil conseguir que te sirvieran.
El encargado era un hombre de treinta y tantos, con una camisa azul celeste abotonada hasta arriba, una corbata a rayas de estilo clásico y una frente con grandes entradas.
El tipo tampoco conseguía que las camareras le prestaran atención, así que servía la mayor parte de las copas él mismo y, cada vez que cobraba, aporreaba los teclas de la caja registradora con una saña innecesaria.
La clientela estaba compuesta principalmente por hombres de negocios de mediana edad, que bebían cerveza y bourbon.
Sus miradas se repartían entre las camareras y el partido de fútbol que emitía la televisión, en la esquina superior de la barra.
Ed no sabía dónde se jugaba ese partido, pero sin duda debía ser muy al sur, porque no se veía la nieve que estaba cayendo allí.
De repente, el estresado encargado apareció frente a él, interrumpiendo sus cavilaciones.
—¿Qué tomará, caballero? —preguntó.
—Una soda —respondió Ed, sin mirarle a los ojos.
El tipo se la sirvió enseguida. Con poco hielo, sin limón y derramando algo de líquido en el posavasos y en el borde del billete de cinco que había dejado sobre la barra.
Habría estado bien una copa de verdad, pero algo le decía que el alcohol haría que volviera a olvidar.
Y él necesitaba desesperadamente recordar.
Las lámparas de sodio de la calle arrojaban a través de los visillos un débil resplandor amarillo-anaranjado, moteado por las siluetas de los grandes copos de nieve que no dejaban de caer.
No se veía nada más del exterior, del puerto o del lejano aeropuerto al otro lado de la bahía.
Era como si el mundo hubiera dejado de existir más allá del ámbito del bar, de las camareras parlanchinas y de la parpadeante pantalla de televisor.
Él seguía sentado tranquilamente, aguzando el oído por si se oían sirenas en la zona del muelle, a un par de kilómetros hacia el sudeste, y preguntándose qué hacer, cuando una mujer se le acercó y le preguntó si le apetecía una copa.
Así, sin más. Era la única mujer de negocios que había en el bar, al menos por lo que veía.
Pelo cobrizo, raya en medio, ojos castaños.
Un leve moteado de pecas en la nariz, como si su piel pálida y lechosa hubiera estado expuesta al sol incluso en mitad de este invierno del noreste.
Un traje chaqueta de un discreto tono gris y una camiseta blanca de seda debajo.
La única joya que llevaba eran dos pesados pendientes de oro.
Ed observó que se sujetaba por dentro la manga izquierda del traje, medio ocultando sus anillos de compromiso y de boda con los pliegues de la tela.
Su perfume tenía una seductora fragancia a peonías y madera de sándalo.
Su sonrisa era tan encantadora como su perfume; un sonrisa más bien tímida y dulce. Aquella mujer, pensó, no entrañaba ningún peligro; más aún, si la policía aparecía de repente, su presencia quizá desviara cualquier sospecha sobre él. De hecho, podía ser su salvación.
—¿Qué bebes? —preguntó ella sentándose en el taburete de al lado.
—Bueno, no estaba bebiendo.
—Pero ¿vas a acompañarme? —Esa sonrisa otra vez. Era difícil resistirse. Además, una copa no podía hacerle daño, ¿no?
—Claro —dijo Ed.
—Entonces invito yo.
Él cambio su soda por un Manhattan, otro nombre que le acababa de acudir a la mente. Decidió que iba a llamarse Martin. Martin se tomaría un Manhattan, se dijo, sonriendo para sí.
—¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —preguntó la mujer.
—No, nada, es que ha sido un día muy largo. —Y esa parecía la respuesta adecuada, observó satisfecho, porque ella le dirigió otra tímida sonrisa. Luego pidió un martini y le dijo que se llamaba Nell Smith, aunque él se preguntó si ese sería su verdadero nombre.
Hablaba con una voz suave, apenas por encima de un susurro, y a Ed le costaba entenderla entre el alboroto del partido de fútbol.
No sabía de dónde podía proceder, pero había una actitud reservada en ella.
En todo caso, decidió que esa mezcla algo contradictoria de reserva y seguridad, aunque fuera desconcertante, le gustaba.
Una copa tras otra. El peso de la conversación, inevitablemente, recaía en ella.
Hasta tal punto, que Nell quizá pensó que él ya estaba demasiado borracho para hablar.
También había algunos silencios, pero a ella no parecía importarle.
Resultó que era representante farmacéutica.
Le habló de las reuniones que había tenido ese día en la ciudad.
A él los detalles se le olvidaban inmediatamente.
El alcohol estaba haciéndole efecto. Ella se inclinó hacia él mientras repetía algo.
Casi de modo imperceptible, Ed notó que la puntera del zapato de Nell se posaba en su pantorrilla y que no se movía de ahí.
Tampoco apartaba la mirada de la suya. Al parecer, la bebida le daba valor. ¿Qué iba a suceder a continuación?
Sus ojos castaños, ahora ligeramente vidriosos, iban y venían del martini a él.
Era el tercero desde que habían empezado, poco después de las nueve.
Ahora eran las 10.35. Ella parecía dejarse llevar por una marea de gin hacia lo que hubiera al final del camino.
Las palabras le salían ya un poco arrastradas.
Ed solo entendía realmente la mitad de lo que le decía, o ni siquiera eso. Quizá tampoco él estaba mucho mejor.