Número desconocido Capítulo 43
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Capítulo 43

Al recobrar la conciencia, se sintió como una diminuta parte de sí mismo. Como un objeto perdido entre los cojines de un sofá que te trae el recuerdo de un día muy lejano y de la persona que eras entonces…

En ese momento advirtió que llevaba un rato viendo y oyendo, pero que no había habido conexión entre su mente y lo que veía y oía.

Ahora sí la había.

Estaba en un almacén. Había fluorescentes en lo alto y mesas metálicas a su alrededor, llenas de cajas de cartón con el rótulo: SPEEDY ENTERPRISES. Hacía mucho frío. Su aliento flotaba en el aire.

Estaba sentado en una silla plegable, con las manos en las rodillas, y tenía delante a dos hombres vestidos con cazadoras. Descubrió que le molestaba cómo lo escrutaban, así como a un borracho le molestaría que alguien lo estuviera mirando al despertar de su modorra.

Supuso que llevaban tiempo mirándolo de ese modo.

La escena era igual que la de una película, pensó…

¿Qué película? Trató de recordar cuál era.

No lograba asociar las palabras con las cosas.

Su cerebro barajaba la palabra un rato antes de asimilarla.

Sí, él sabía lo suyo sobre películas. Sobre películas horrorosas.

Hiroshima, globos oculares rajados, meñiques seccionados a la altura la articulación…

También conocía otra clase de películas.

Bogart y Bacall, Casablanca . Las grandes producciones en blanco y negro, la Era Dorada de Hollywood. Dorado, oro: ahora recordaba colores…

Los gorilas (otra palabra) no eran como los de las películas.

Parecían jóvenes, para empezar, y no lucían esa sombra de barba tan apreciada por los malvados de la Era Dorada.

Lo único que tenían en común con aquellos personajes era que sostenían sendas pistolas y que apuntaban a su pecho.

La mirada de ambos era dura también. Uno de ellos tenía una mancha en el cuello (la palabra le vino al cabo de un momento: «tatuaje», un «tatuaje» de pandillero), y el otro una cicatriz que le subía desde la comisura de la boca hasta la mejilla. Como Scarface.

—¿Quiénes sois? —preguntó. Le salía una voz pastosa de borracho. Todo le dio vueltas al hablar.

Scarface sonrió. La luz de los fluorescentes era tan cruda que sus dientes parecían amarillos.

—Somos nosotros los que hacemos las preguntas, amigo. ¿Cómo te llamas?

Él abrió la boca y movió la mandíbula, pero de su boca solo salió un extraño graznido.

No sabía cuál era su nombre. Los dos gorilas se rieron.

Sintió una oleada de rabia, de impotencia.

Bien. Era bueno sentir. Sentir le llevaría a recordar.

Recordaba a Bogart y Bacall. También él debía tener un nombre, pero su memoria era una página en blanco.

Sí recordaba cómo sonaba y sonaba el móvil, y después un dolor terrible en la cabeza, como si tuviera un picahielo en el cráneo, y luego ya nada.

Hasta que había aparecido en ese almacén, como si hubiera sido teletransportado hasta allí, igual que en…

Star Trek . Kirk. Spock. Scotty. Uhura. Más nombres.

—No lo sé —respondió—. ¿Vosotros cómo os llamáis?

—Qué gracioso, ¿no? —Scarface se rio. Luego le dijo a su compinche—: Hemos de asegurarnos de que es el tipo correcto.

El Pandillero Tatuado dijo:

—Se sabía los números del teclado numérico. Eh, amigo, ¿cuáles son los números?

Él respondió sin pensar:

—Sesenta y seis. Dieciséis. Dieciséis. Catorce.

El Pandillero le dijo a su compañero:

—¿Lo ves? Tal como dijo Vermeulen: ha entrado aquí directo y se ha sentado, ¿no es así?

Vermeulen. Un nombre que le resultaba familiar.

—Sí, como un zombi —dijo el otro—. Nos ha mirado como si fuéramos transparentes.

—Bueno, ahora ya se ha despertado. Mira a ver si tiene un documento de identidad.

—Ey, amigo —dijo el Pandillero—. ¿Llevas una cartera en el abrigo?

Cartera. Dinero. Tarjetas de crédito. Documento de identidad. El universo empezaba a llenarse poco a poco. Como un enorme cuadro pintado por números. Él estaba en una esquina del cuadro y trataba de avanzar desde allí.

Las carteras se guardaban en los bolsillos.

Había algo pesado dentro de su abrigo. Un abrigo bastante liviano, teniendo en cuenta el frío que hacía.

Pero no estaba seguro de que eso fuese una cartera.

Parecía algo sólido, pesado, un tanto incómodo.

Debajo, llevaba una chaqueta. Además, notaba que tenía un paquete bajo la camisa, pegado a la piel.

Sin hacer caso del paquete y de aquel objeto pesado, metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. Cuero pulido. Una cartera. La sujetó.

—A ver. Despacito —dijo Scarface.

Ed sacó aquella cosa. Sí, era de cuero: piel de cocodrilo marrón.

—Bien, amigo, ahora deslízala por el suelo —le ordenó Scarface.

Él se agachó y la deslizó por el suelo de cemento.

La cartera chocó con el pie del gorila, de manera que salieron disparadas unas tarjetas de crédito y también una foto.

La cara de una mujer. Pelo oscuro. Atractiva.

Sintió una sacudida en el corazón. ¿Quién era?

El Pandillero se agachó y lo recogió todo del suelo. Le mostró la fotografía a Scarface.

—No está nada mal, ¿eh?

Había logrado captar la atención de su compañero, que se inclinó para echar un vistazo.

Ed descubrió con sorpresa que su mano volvía a introducirse en el abrigo, allí donde había notado aquel objeto pesado.

Sus dedos se cerraron sobre una empuñadura con recuadros grabados.

Un revólver. Para qué servía un revólver le vino a la memoria en el mismo momento en que lo sacó del abrigo y se levantó de la silla, ya con el dedo índice en el gatillo.

Los dos hombres apartaron la vista de la foto al mismo tiempo.

Como Ed estaba apuntando al Pandillero, le disparó a él primero.

En el plexo solar. El revólver tenía un tremendo retroceso.

Sonó una fuerte detonación y el tipo se dobló sobre sí mismo.

Desplazó una pierna hacia atrás, como si se enfrentara a un viento furioso, y luego cayó de rodillas, depositó la foto y la pistola en el suelo casi con delicadeza y se llevó las manos al estómago.

Al ver que la sangre brotaba a chorro entre sus dedos, abrió la boca estúpidamente.

Ed pensó que era extraño que el tiempo se comportara así: que transcurriera tan lentamente mientras su revólver apuntaba hacia Scarface. Lo percibía todo con minucioso detalle, como a cámara lenta, y, sin embargo, Scarface no alzó su arma hasta que ya fue demasiado tarde.

Volvió a disparar, sintiendo el retroceso en el brazo.

Le gustaba la potencia del revólver, decidió.

También dedujo que había practicado bastante con armas de fuego.

¿Cuándo? La bala le dio a Scarface más arriba que al Pandillero.

Bajo la axila izquierda, porque el tipo intentó cubrirse.

Al recibir el impacto, dio unos pasos de lado, como desplazándose en un extraño ejercicio de ballet.

Su pistola se disparó y la bala rebotó en el suelo de cemento con un chispazo.

Ed sintió un zumbido parecido al de una abeja junto a su oído; luego sonó un chasquido cuando la bala atravesó una mampara de metal.

Pero, una vez más, a Ed no le afectó el hecho de que le disparasen.

Descubrió que era inmune al temor. Scarface seguía con su extraño ballet, llegó de puntillas a una de las mesas metálicas, cayó sobre una caja de Speedy Entreprises y luego se deslizó hasta quedarse sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pata de una mesa, mientras le caía encima una lluvia de bolas de poliespán.

Sus ojos estaban fijos en él, pero ya no veían nada.

Ed dedujo que estaba muerto, o al menos que lo estaría en unos segundos.

Le complació tener tiempo para registrar ese detalle también, igual que había hecho con el Pandillero. Ahora se volvió de nuevo hacia él.

Como su compañero, no se movía. Seguía arrodillado en la misma posición. La sangre salía a borbotones de la herida de su estómago, y jadeaba ruidosamente.

Algo debió decirle al tipo que se había vuelto a mirarlo, porque levantó la vista. Tenía la cara cubierta de sudor y los ojos desorbitados.

—Por favor… —fue lo único que dijo.

Ed se sintió algo sorprendido cuando el revólver se sacudió otra vez en su mano.

También le sorprendió ver que la órbita del ojo derecho del Pandillero desaparecía y que un chorro de sangre y materia gris salía disparado de la parte posterior de su cráneo, salpicando el suelo.

Observó que, como hacía tanto frío en el almacén, la masa cerebral esparcida humeaba un poco.

El tipo estaba ahora boca arriba, con una pierna extrañamente doblada debajo y con su otro ojo fijo en el techo.

Se acercó al cadáver y recogió su cartera y la foto de la mujer. Ella lo miraba. Pelo oscuro, ojos oscuros. Otra punzada en el corazón. Había algo escrito en el reverso: «Para Ed, siempre en mi mente. Besos».

Observó una de las tarjetas de crédito caídas. En ella constaba un nombre distinto del que figuraba en la fotografía: Martin; Martin J. Cruz. Lo guardó todo en la cartera. ¿Martin? ¿Ed? ¿Por qué tenía dos nombres?

Una cosa sí sabía. Los dos gorilas habían sido enviados por Vermeulen. Recordaba ese nombre. Estaba en la libretita roja. Y ahora recordó que esa libreta era una de las cosas que contenía el paquete que llevaba pegado a la piel.

Aguzó el oído por si se oían sirenas de la policía.

Nada. Se dirigió a una puerta lateral y descubrió que no estaba cerrada.

Fuera, había un callejón cubierto de nieve.

Una solitaria lámpara de sodio iluminaba un coche.

Un Volvo familiar negro. Supo sin más que ese era su coche.

Miró por la ventanilla. Las llaves seguían puestas.

Había un montón de cosas en la parte trasera.

Bolsas de basura negras rebosantes de ropa y cajas que parecían contener comida envasada.

Abrió la puerta del coche y reparó en algo más: sobre el asiento del copiloto había una Biblia encuadernada en cuero negro.