Capítulo 42
Cuando llegó a Lenox Avenue, la sangre circulaba a tal velocidad por sus venas que había alcanzado un estado de ceguera mental.
E igual que un ciego, sacó su llave, recorrió el sendero y subió al porche…
, solo para descubrir que la puerta estaba ligeramente entornada.
La situación más temida para cualquier propietario.
Abrió la puerta y entró en el vestíbulo.
—¿Sarah? —gritó.
El maletín se le escurrió de la mano y, al caer sobre la alfombra, se abrió de golpe y todos los papeles se derramaron por el suelo.
Pulsó el interruptor, pero no funcionaba.
El problema, al parecer, solo afectaba al vestíbulo, porque al fondo se veía la cocina iluminada.
En la moqueta del pasillo, distinguió unas marcas de barro que iban y venían de allí.
Cosa rara, porque hacía dos semanas que no llovía en Florida.
La casa estaba muy fría, como si hubieran puesto el aire acondicionado al máximo.
Sonaba de fondo el zumbido del sistema. Algunos de los papeles caídos volaron por el pasillo, impulsados por el soplo gélido de los conductos de ventilación.
Ed fue tras ellos, pero en el umbral de la cocina tropezó con algo que no se distinguía bien en la penumbra. Abrió la puerta para que entrara más luz.
Vio que era una placa de cobre, con una leyenda grabada:
LOC N.8 NÚMERO DE REGISTRO 4553
PRESIÓN PERMITIDA 190LBS
PRESIÓN HIDROSTÁTICA 239LBS
El «3» del número de registro estaba grabado al revés.
Él mismo había arrojado aquello en la tumba de Carl una década atrás: era la placa trasera de una de las locomotoras del ferrocarril Eagle Lake and West Branch. Todavía tenía adheridos restos de barro y trozos de tela podridos.
Ahora ya no sentía las manos ni los pies, como si se hubieran convertido en bloques de hielo. Retrocedió, apoyándose en el marco de la puerta, y se movió lentamente alrededor de la placa.
Tras la penumbra del pasillo, la luz de la cocina relucía con intensidad.
El cuchillo de mondar de Sarah estaba en la encimera de mármol falso.
También había ahí un charco de sangre de unos treinta centímetros. Y, en el centro, un objeto pequeño de color rosado.
Se hallaba a unos seis metros de distancia, pero las luces deslumbrantes no le impidieron ver lo que era.
Un dedo. Un dedo meñique. Incluso desde allí vio que el esmalte de la uña era de un tono rosa pastel. El favorito de Sarah.
Le asombró la presciencia casi divina de Tifón.
El hecho de que, por muy lejos que él hubiera huido y por muchas precauciones que hubiera tomado, hubieran sido capaces de profetizar esa escena, ese recibimiento: el charco de sangre, el dedo seccionado…
, exactamente igual que en las películas que le habían pasado tantos años atrás.
Los gélidos filamentos que recorrían sus venas se abrían paso poco a poco en su mente. Sintió un frío aliento en la nuca. Se volvió lentamente, con los músculos del cuello rígidos, esperando ver a Carl ahí plantado, con la cara cubierta de barro y la ropa convertida en jirones putrefactos.
Nada. No había nadie. Solo la placa de cobre en el suelo del pasillo, rodeada de pisadas embarradas. Ensangrentadas, pensó, corrigiéndose.
Entró tambaleante en la cocina y, al agarrarse a la encimera para mantener el equilibrio, se manchó la mano derecha con la sangre. Se miró la palma roja; luego miró el teléfono fijo en su soporte de la pared. Solo había una posibilidad. Llamaría a emergencias. Las consecuencias ya no importaban.
Entonces se percató de que el cordón del teléfono estaba cortado. El resto estaba enrollado sobre el suelo de baldosas.
Había un teléfono público en el súper de la esquina que había utilizado la semana anterior. Llamaría desde allí. Retrocedió unos pasos. La cocina oscilaba a uno y otro lado. Se arrimó a la pared, dejando con la mano una huella ensangrentada.
Zigzagueó por el pasillo como un borracho, dejando más huellas. A través de una niebla gélida advirtió que la puerta del dormitorio estaba entreabierta. ¿También lo estaba cuando había recorrido antes el pasillo? ¿Había algo, o alguien, allí?
Empujó la puerta un poco más.
Las sábanas estaban amontonadas y retorcidas en el suelo.
En el centro del colchón había una mancha de sangre.
Una de las almohadas estaba rota, y las plumas se agitaban bajo el chorro del aire acondicionado.
Todos los cajones de la mesilla de su lado habían sido abiertos y volcados. Todos, salvo uno.
Del interior de ese cajón cerrado salía una especie de zumbido, como el de un abejorro gigante.
Lo abrió con la mano ensangrentada. Contenía las cosas habituales: monedas sueltas, un par de gemelos dentro de un estuche de terciopelo, un blíster mediado de analgésicos, varios condones… y el móvil que le habían regalado en la oficina y que no había utilizado.
La vibración procedía de ahí.
Él nunca había cargado ese móvil. Ni siquiera lo había sacado de la caja. Pero ahora, por alguna razón, había cobrado vida.
Levantó la tapa y ahí estaba: el aparato de veinte centímetros de largo, con un panel negro, botones blancos y una carcasa también blanca, y con una gruesa antena negra.
Una pantalla LED roja. Y un mensaje: Número desconocido.
Había un botón verde de «Aceptar llamada».
Por nada del mundo habría respondido en condiciones normales. Pero se habían llevado a Sarah. Solo cabían dos opciones. Si pulsaba el botón, moriría, pero al menos cabía la posibilidad de que Sarah y el niño vivieran.
Pulsó el botón.
Era la voz de la señora Frome la que sonó al otro lado de la línea.
Dijo: «Una medida de trigo por un penique, y tres medidas de cebada por un penique, y no dañes el aceite y el vino».
Y eso fue lo último que recordó.