Número desconocido Capítulo 41 #4
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Capítulo 41 #4

—A mediodía —dijo Zielinksi—, he visto las noticias, como siempre, y ahí está.

No dicen los nombres, pero hablan de dos polis y una joven negra muertos en un tiroteo.

El helicóptero de las noticias sobrevuela un paso a desnivel, y ahí está esa vieja camioneta El Camino con la puerta del conductor abierta y, al lado, una sábana en el suelo cubriendo un bulto.

No sé lo que he hecho entonces. Supongo que me he quedado mirando la pantalla.

»No mucho después, aquello era un hervidero de policías y periodistas.

Bueno, supongo que usted habrá leído los periódicos; ahí viene todo.

—Sonrió con aire sombrío—. Solo que no está todo.

No dicen nada del móvil. Supongo que se lo habrán llevado como prueba.

Luego está lo de esos libros comunistas que dicen que ella leía.

Yo he subido a ese apartamento un montón de veces.

Nunca he visto un solo libro. Y… ¿Shannon con un arma?

Vaya chiste. Quizá usted pueda explicarme qué está pasando.

Ed meneó la cabeza.

—Es una larga historia.

—¿Toda mala?

—Toda mala. ¿Qué cree que ha pasado con Alice Mae? —preguntó Ed.

—Nate y el otro tipo debieron llevársela anoche. Es raro que no llorase.

—¿Pudo ver a ese otro tipo?

—Ellos apagaron los faros antes de subir.

Pero le vi la cara a la luz de la farola cuando pasó frente a la ventana.

Fue muy raro, como si él supiera que yo estaba observando.

Se detuvo y me miró directamente a través de la rendija de la cortina.

Tenía los ojos hundidos, una cara pálida, pico de viuda; los labios delgados, como Drácula, y un montón de marcas de viruela.

David, pensó Ed.

Zielinski le miró fijamente con sus ojos claros.

—Usted era amigo de ella. Tiene que encontrar a la niña.

Ed se levantó.

—Haré lo que pueda. Escuche, señor Zielinski, lamento haber venido. Hay un coche ahí fuera. Están vigilando el apartamento; quizá lo haya puesto en peligro.

El viejo alzó la mano.

—Ya lo he visto. No importa, usted ha andado con cautela.

—No obstante —dijo Ed—, creo que debería irse un tiempo.

El hombre asintió.

—Yo he pensado lo mismo. Tengo un sobrino en Chicago. Él me acogerá en su casa. Así que… adiós, Miami. Todo lo que me hace falta cabe en una maleta.

—¿Necesita dinero? —preguntó Ed.

Zielinski lo miró con frialdad.

—Joven, llevo mucho tiempo cuidando de mí mismo. No necesito su caridad.

Ed alzó las manos.

—De acuerdo, disculpe. Solo prométame que se irá lo antes posible.

—Sí, pero primero hágame un favor, ¿quiere?

—Zielinski se levantó y fue al aparador, donde había sobres usados y un par de lápices.

Frunció el ceño tratando de recordar algo; luego lo anotó en un sobre y se lo pasó a Ed—.

Esta es la dirección de mi sobrino. Escríbame unas líneas si encuentra a la niña.

No hace falta que firme siquiera. Escriba algo así como: «Alice Mae le manda recuerdos».

—Se lo prometo —dijo Ed.

Se miraron a los ojos.

—Bueno —dijo Zielinski—. Váyase ya; y que Dios le acompañe.

Diez minutos después, Ed iba en dirección hacia el este con el autobús de la línea 110.

Zielinski cumplió su palabra. Poco después de que se fuera Ed, llamó a un taxi, fue a la estación de tren de Hialeah y subió al Silver Meteor.

La maleta de Jakub Zielinski seguía en el estante del equipaje cuando el tren de alta velocidad llegó a Nueva York al día siguiente. Él no subió al tren de enlace a Chicago en Washington Union.

Lo que quedaba de él apareció veinticuatro horas después cerca de Okeechobee.

El Silver Meteor tuvo que hacer una parada fortuita cuando unos desconocidos accionaron el freno de emergencia.

Las cámaras de vigilancia de aquella estación se habían instalado hacía uno o dos años y captaron los últimos momentos de Zielinski.

El hombre había bajado del tren y echado a correr renqueando por el andén.

Al llegar al final, miró angustiado a sus espaldas, bajó de un salto a la vía y desapareció en dirección al norte.

Daba la impresión de que lo estaban persiguiendo, pero no apareció ninguna otra figura en el encuadre de la cámara.

Zielinski había intentado cruzar la vía exprés un par de kilómetros más allá cuando el tren de alta velocidad de Miami en dirección sur lo arrolló en un tramo donde circulaba a ciento treinta kilómetros por hora.

El forense declaró que había muerto en el acto.

Su torso había salido volando hasta unos arbustos junto a la vía.

Los trabajadores de mantenimiento que lo encontraron pensaron en un principio que se trata de las ropas de un vagabundo hasta que repararon en los restos humanos esparcidos junto a la vía.

El tatuaje de Treblinka contribuyó a identificarlo.

Su cráneo seccionado apareció con un rictus de terror.

No se pudo determinar si a causa del tren de alta velocidad que se le echaba encima o de la persona de la que estaba huyendo.

El suceso apareció en las páginas interiores de los periódicos de Miami. La muerte de un viejo no constituía una gran noticia aquel día.

Ed no llegó a enterarse; para entonces, ya se había convertido en aquello en lo que siempre había temido convertirse.