Capítulo 41 #3
Ed se agarró a la parte superior de la valla, puso un pie en un travesaño y, encaramándose, saltó al otro lado.
Aterrizó sin ruido sobre la hierba búfalo.
Daba la impresión de que el patio había sido cuidado tiempo atrás, quizá cuando la señora Zielinski aún vivía, pero ahora la hierba llegaba a los tobillos y el perímetro estaba lleno de matojos y arbustos.
Se preguntó cómo debía acercarse al viejo sin asustarlo, pero cuando volvió a levantar la vista vio que Zielinski se había puesto de pie y lo miraba directamente.
Tras un momento, le señaló su apartamento con la cabeza, como diciendo que le siguiera, y desapareció por una puerta mosquitera.
La luz se apagó y se hizo la oscuridad en el patio.
Ed se acercó a gachas hasta el porche, miró a su alrededor para comprobar que nadie lo observaba, y se deslizó por la puerta. En el interior, se encendió de golpe una cerilla, iluminando apenas el rostro fantasmal de Zielinski.
—Menos mal que estos viejos ojos aún funcionan —dijo el hombre—. Pase —añadió secamente, mientras aplicaba la cerilla al pábilo de una vela que había en un platito lleno de cera sobre la mesa de la cocina.
Ed observó que estaban en una sala de estar/cocina idéntica a la de Shannon.
—Siéntese —le dijo Zielinski.
Él cogió una silla, sin apartar los ojos de aquella cara pálida como la de un fantasma. Iba a decir algo, pero el hombre alzó la mano.
—Sé por qué ha venido. Usted quiere averiguar la verdad. Igual que yo.
El ambiente era sofocante allí dentro, pero Zielinski llevaba un raído suéter de punto trenzado, como si tuviera frío. Tenía un poco subida la manga derecha, dejando a la vista un tatuaje numérico tan azul como las venas de su antebrazo. El hombre siguió su mirada.
—El gueto de Varsovia. Yo fui uno de los pocos supervivientes de mi unidad. Escapé por los canales y tiré mi arma, pero me acorralaron igualmente. Sobreviví al campo de Treblinka.
Antes de que Ed pudiera decir palabra, volvió a levantar la mano.
—Ahórrese la compasión. Los más valientes se suicidaron.
Él alzó la mirada hacia el apartamento de Shannon; luego volvió a mirar al viejo.
—¿Puede explicarme lo que ha ocurrido? —dijo.
Zielinski no respondió directamente.
—Estas paredes y también el techo son muy delgados.
Lo oyes todo, incluso si eres viejo. Siempre se oían las discusiones.
Luego los golpes. Debería haber llamado a la policía, pero ella me decía siempre: «No les llame, Jakub.
Nate es bueno. Ya lo solucionaré». No debería haberle hecho caso. Y ahora está muerta.
Se quedó callado un momento.
—Era tarde. Yo tenía puesta la tele con el volumen alto, no por mi oído, sino sobre todo porque no tenía ganas de oírlos a ellos.
El caso es que llegaron unos coches. Las cortinas son bastante finas, de manera que las luces destellaron aquí dentro.
Me asomé. Eran la camioneta de Nate y otro coche, un sedán bastante lujoso.
Estaban parados ahí delante. Yo pensé: ojalá que Nate esté sobrio y no haya otra discusión.
Cuando se apagaron los faros, vi a dos hombres que cruzaban el aparcamiento y subían al 2C.
Nate y un desconocido. Eso era insólito.
Ninguno de ellos se relacionaba con otras personas.
Bajé el volumen de la televisión. Me pareció oír, aunque no estoy seguro, una exclamación de sorpresa cuando se abrió la puerta; luego sonó la voz del desconocido.
Dijo algo muy breve, un par de frases, y luego nada más, que yo pudiera oír.
Al menos no hubo gritos ni chillidos. Yo pensé, menos mal.
Quizá están los tres sentados tomando café.
Mi programa se terminó. Como la mayoría de las noches, no tengo mucho que hacer después del programa.
Pero no suelo dormir bien. Ni siquiera necesito dormir demasiado. Es lo que pasa cuando te haces viejo.
»El caso es que entonces oí que ellos dos volvían a bajar.
Nate le dijo al desconocido algo así como: “¿Ella estará bien hasta mañana?”.
El otro le respondió muy tranquilo, no agitado como Nate.
“Relájate. Estará calladita hasta que suene la llamada”.
Y luego salieron, dejaron la camioneta de Nate y cogieron el coche del otro.
Y yo pensé, quizá se han ido a un bar o algo así.
Qué alivio. Al menos todo está tranquilo arriba. Ni llanto del bebé ni nada.
»Ya no volvieron durante la noche, al menos que yo sepa.
Pero esta mañana, me he levantado al romper el alba.
Todo seguía en silencio ahí arriba, cosa extraña.
Normalmente, el bebé llora. Y yo me estaba preguntando si debía subir a echar un vistazo cuando he oído un ruido que no había oído nunca.
Como el trino de un pájaro, ¿sabe?, pero electrónico.
—¿Como el tono de llamada de un móvil? —preguntó Ed.
—Podría ser. Nunca he oído ninguno. El caso es que el ruido se interrumpió, así que supuse que ella había contestado.
Al cabo de un minuto, oí la puerta de arriba.
Salí y vi a Shannon bajando las escaleras.
Sin el bebé. Llevaba su bolso, algo que no es propio de ella; y no lo llevaba colgado del hombro, sino en brazos, como si fuera Alice Mae, y me dio la impresión de que tenía algo pesado dentro.
»“¿Estás bien?”, le pregunté, pero ella pasó de largo rozándome y se fue directa a la camioneta del aparcamiento.
“¡Ey!”, dije, pero ella ni siquiera se volvió; abrió la puerta como si estuviera hipnotizada, arrancó y salió disparada por la Quince, con la transmisión rechinando y los neumáticos quemando asfalto.
Ni siquiera cambió de marcha. Parecía que fuera en primera a sesenta por hora o más.
»Lo primero que se me ocurrió es que se había trastornado y había abandonado a Alice Mae, y que no había nadie en casa cuidando de ella.
Así que cogí la copia que tengo de la llave y subí al 2C.
La cuna estaba vacía, pero había un ruido extraño.
Era ese móvil que le había dado la asistente social.
Estaba encendido, y de él salía una vocecita.
Lo cogí y escuché. Era una grabación, ¿sabe?
, como un robot de una película de ciencia ficción.
Y repetía el mismo mensaje una y otra vez.
Algo absurdo; algo de la Biblia, pero es una parte que no conozco.
Algo sobre trigo, cebada, aceite y vino.
Ed sintió que la habitación empezaba a dar vueltas.
—¿Se encuentra bien, hijo? —preguntó Zielinski.
Ed alzó una mano.
—Estoy bien. Siga.