Capítulo 41 #2
La policía había estado en el apartamento de Allapattah.
Ahí había un nuevo giro: Nate y Alice Mae habían desaparecido.
Los agentes encontraron lo que se describía como «literatura Black Power », en especial la autobiografía del Pantera Negra Huey P.
Newton, Revolutionary Suicide . Una nota junto al libro, escrita con la letra de Shannon, planteaba dudas sobre el asesinato de Newton, perpetrado unos meses antes por Tyrone Robinson, un miembro de la Black Guerrilla Family, y lo atribuía a unos asesinos a sueldo del FBI.
De un modo siniestro, la nota de Shannon concluía con la declaración de Newton sobre Malcolm X y la liberación negra: «Solo con las armas se arrebató la victoria a las masas negras.
Pero estas han aprendido de Malcolm que, con las armas, pueden recuperar sus sueños y hacerlos realidad».
Los vecinos de la Avenida Quince Nordeste declararon que, desde hacía semanas, se habían producido violentas discusiones en el apartamento 2C.
No entendían —tampoco les sorprendían— los actos de Shannon: para ellos era en gran parte una desconocida.
En cambio, el vecino de abajo, Jakub Zielinski, de setenta y ocho años, estaba conmocionado por los hechos, según el reportaje, y manifestaba que Shannon era incapaz de hacer una cosa así.
Ed hojeó las páginas interiores, buscando la continuación. No la había. Era como si la historia, en el momento de producirse, hubiera ocupado la portada ya completamente formada.
Intentó controlar su respiración y sus palpitaciones.
De algún modo era consciente de que su visita de la víspera había provocado la muerte de Shannon, y también la de los dos policías.
Su primer impulso fue llamar a Sarah. Fue al teléfono del local, levantó aturdidamente el auricular y metió una moneda de diez centavos en la ranura.
Luego se lo pensó mejor. Ese teléfono podía estar pinchado.
Accionó la palanca de devolución y volvió a su asiento.
Nada de lo que decía el reportaje tenía sentido, aparte de las declaraciones de Zielinski.
Él estaba totalmente de acuerdo: la Shannon con la que había hablado la noche anterior era incapaz de cometer esos actos.
Era una mujer esclavizada, sin suerte, adicta, sí; pero también tenía esperanzas de escapar de su situación.
Ed estaba seguro de que Shannon habría huido con el dinero que él iba a llevarle.
En cuanto a esos libros revolucionarios, no había ninguno a la vista cuando él estuvo en el apartamento.
De hecho, los únicos libros que vio eran los de su hija.
Debían haberlos colocado allí después de lo ocurrido.
La teoría del Black Power era totalmente fraudulenta.
Una farsa de Tifón. Las Panteras habían sido disueltas siete años atrás.
El asesinato de Newton había aparecido en todos los medios como un ajuste de cuentas relacionado con la droga.
La muerte de los dos agentes causaría indignación en todo el país, un clamor contra las difuntas Panteras; e incluso aquellos que ahora perseguían una carrera en la política oficial serían tildados de antiguos terroristas, y su reputación quedaría arruinada al verse asociados con los actos de Shannon.
Había un objetivo ahí: la perpetuación del conflicto racial, un aumento de la sensación de peligro en toda la nación: paranoia generalizada, exigencia de mayor seguridad, más fondos para el FBI, más facilidades para la adquisición de armas…
¿Quién salía beneficiado? Un gobierno de derechas militarizado decidido a reprimir a la población.
Quizá algún día, cuando los niveles de temor alcanzaran las cotas más altas y asomara la sombra de la anarquía, la gente aceptaría una dictatura de derechas.
Nate y Alice Mae habían desaparecido. ¿Por qué?
Si Shannon había actuado sola, tal como decían, ¿por qué había huido Nate?
Recordó cómo le había descrito Shannon los inicios de su relación con él.
Los esfuerzos del tipo para ser amable, intercalados con violentos arrebatos.
El traslado repentino a Miami, la presión para tener un hijo.
Al principio, Ed había creído que Nate era un cretino manipulador. Ahora empezó a preguntarse si él no había tenido sus propias motivaciones todo el tiempo. Quería un hijo, nada más. Había utilizado a Shannon.
Le asaltó una sospecha. ¿Por qué todos los niños de la Granja eran imposibles de rastrear?
Después de que los encontraran en la Ruta 11, alguien podría haberse presentado reclamando al menos a uno de ellos, ¿no?
Y, sin embargo, pese a los llamamientos nacionales e internacionales, no se había presentado nadie.
La conclusión había sido que los secuestradores habían matado a cada uno de sus progenitores, una teoría que resultaba extremadamente improbable.
Entonces ¿de dónde habían salido los niños?
¿Y si resultaba que eran el producto de la misma trampa de seducción que había habido entre Shannon y Nate?
Una pareja engatusada, maltratada, reducida a la impotencia; y una vez engendrado el hijo, eliminada en un acto violento inspirado por Tifón, o si no era lo bastante dócil, asesinada a sangre fría, mientras que el hijo era llevado al nuevo complejo que hubiera sustituido a la Granja.
Matar al Utensilio y secuestrar al niño.
Muy sencillo. Una historia bien conocida en Estados Unidos, donde esa secuencia de homicidio de la pareja y secuestro del hijo se producía prácticamente todos los días.
La cabeza le daba vueltas. Nunca se le había ocurrido lo que significaba aquel término, «Utensilio», empleado en la lista que había encontrado en la Granja.
Ahora lo sabía: producir más agentes robot para la guerra de Tifón.
Quizá en ese momento había otros tipos como Nate buscando a mujeres solteras vulnerables.
O viceversa: mujeres buscando a hombres vulnerables.
Supuso que Alice Mae había ido a parar a un infierno como el de la Granja.
No en Maine, sino en otro sitio, como las tierras salvajes de Wyoming o los desiertos de Nuevo México, a media hora de la carretera más cercana.
Otra casa llena de niños solos y desesperados de quienes nada se sabría hasta el día en que los soltaran, sin recuerdos, para que salieran al mundo.
Y entonces cayó en la cuenta. Lo mismo que le había pasado a Shannon podía haberle pasado a él. ¿Acaso su relación con Sarah era una mentira? Lo que podía decirse de los hombres sin duda podía decirse también de las mujeres. ¿Hasta qué punto conocemos a nuestra pareja?
Repasó la historia de su relación con Sarah: el primer encuentro en el Over & Under, la primera cita, la historia de París, los parientes más bien indiferentes del funeral y la boda, la inesperada oferta de Merriweather’s, todo lo que había venido a continuación…
Sabía que su vida en Miami era una mentira. ¿Su matrimonio también lo era?
Pagó, salió del café y tomó un taxi. Al cabo de veinte minutos, estaba en la Avenida Quince Nordeste.
Eran pasadas las seis y empezaba a oscurecer.
No había mucho movimiento frente al apartamento, si se tenía en cuenta el revuelo del crimen cometido aquella mañana.
Los forenses ya se habían retirado y los periodistas habían perdido su interés en el caso.
Incluso la policía, que sin duda habría apostado a un agente en la acera durante las horas posteriores al tiroteo, se había marchado.
Una cinta policial ondeaba al viento. No había curiosos a la vista.
Por su experiencia cuando hizo prácticas antes de Merriweather’s, Ed sabía que el interés en torno a un accidente o un crimen solo se mantenía mientras la policía se hallaba presente en el lugar.
En cuanto los agentes se iban, se acababa la historia.
Aun así, le dijo al taxista que pasara de largo.
Vio que en el aparcamiento estaban los mismos coches herrumbrosos y desvencijados de la noche anterior, con los capós cubiertos de las hojas secas de los árboles.
Pero cuando siguieron adelante, reparó en otra cosa.
Unas cinco casas más allá, había aparcado, junto a la acera, un Cadillac negro de cristales tintados, al parecer con el motor al ralentí, pues los gases que salían por su tubo de escape se dibujaban en el cálido aire nocturno.
Un tiburón negro, completamente fuera de lugar en aquel barrio.
Los senderos y los porches de las casas estaban extrañamente desiertos, como si presintieran la amenaza que constituía ese coche.
Ed le dijo al taxista que diera la vuelta por la calle siguiente.
Pagó la carrera, siguió por un callejón de servicio paralelo a la Quince Nordeste y fue contando las manzanas hasta llegar a la valla del bloque donde vivían los Quincy y Zielinski.
Se subió a un contenedor de basura y atisbó por encima.
Había un descuidado patio trasero comunal cubierto de hierba búfalo.
Los apartamentos de arriba estaban oscuros, pero había una luz en el de abajo que iluminaba el porche de atrás.
Ahí distinguió un columpio con dosel y una silueta sentada en él.
Una mata de pelo blanco destacaba entre las sombras. Zielinski.