Capítulo 41
Black Monday . Ed acudió a la oficina como si fuera un día cualquiera.
Aunque aún faltaba casi un mes, los adornos navideños ya se dejaban ver.
Había felicitaciones encima de los archivadores, espumillón dorado y plateado colgado de un riel para cuadros, figuritas de renos y un pequeño árbol de plástico con bolas también de plástico en la mesa de una de las secretarias.
La atmósfera en Merriweather’s era cualquier cosa menos festiva.
La gente aún estaba con la resaca de la festividad o con el cansancio de los viajes que habían supuesto su celebración.
Pese a su larga ausencia, nadie le preguntó a Ed cómo se sentía.
Quizá ya sabían la verdad sobre su falso diagnóstico.
El ruido de las máquinas de escribir sonaba extrañamente amortiguado, y el murmullo de las conversaciones, aún más. Había un ambiente de sombría expectación. La sesión de despidos, ascensos y bonificaciones postfestiva estaba a punto de comenzar.
Ed se sentía libre de cualquier preocupación. Bien podría haberse pasado el año entero tomando piña colada en la playa, pensaba; al fin y al cabo, Merriweather’s habría pagado la cuenta. Mala suerte que se hubiera matado a trabajar durante tantas horas para nada.
Benzema había solicitado que todo el personal asistiera a la sesión.
No era tanto una petición como una orden.
Las excusas por enfermedad serían consideradas falsas.
Algunos de sus compañeros se habían presentado con sus mejores trajes, como si estuvieran preparando su propio funeral.
Otros iban de modo más informal. Alguno echaba un trago a hurtadillas a una botella envuelta en papel marrón.
En el caso de Ed, el único cambio respecto a la rutina era la Magnum que llevaba en el bolsillo del abrigo.
Nadie notaba el bulto. Estaban demasiado preocupados.
Qué demonios, quizá algunos de sus colegas también estaban preparándose para largarse.
Pero aun sin la perspectiva de un despido o un ascenso, Ed estaba bastante nervioso.
Le lanzó una mirada a Raffaella, la secretaria de Benzema.
Esta le había dicho a la chica en su primer día de trabajo que debía hacer todo lo posible para complacer al «señor Cruz».
Raffaella le sonrió tímidamente, agitando sus pestañas postizas, como si estuviera segura de que el favoritismo que su jefa le demostraba —la ubicación de su escritorio; el premio al Empleado del Mes; los viajes exóticos al Caribe; las frecuentes pausas de Benzema para charlar con él, en las que solía sentarse en una punta de la mesa, de tal manera que su falda de tubo dejaba ver una buena parte de su muslo— era sin duda una señal de que allí había algo más que una relación profesional.
Y desde luego Raffaela estaba más que dispuesta a facilitar las cosas; si era eso lo que le hacía falta para progresar en Merriweather’s, adelante.
Ella misma se había encargado de llevarle café a Ed constantemente.
Ahora él se preguntaba si también se habría encargado de ponerle la Dexedrina triturada.
Hoy, sin embargo, no le llevó café. Raffaella se mantenía rígidamente en su silla, sin apartarse del teléfono, que sonaba con frecuencia. Ella respondía con susurros inaudibles. En los intervalos, se repasaba las uñas y contemplaba la vista del puerto.
La puerta de Benzema estaba cerrada. A través del cristal esmerilado, Ed la veía a ella y a Mo Fallows andando de un lado a otro.
Fallows era el encargado de seguridad, un tipo delgado de aire sombrío que había estado en las fuerzas especiales de la Marina.
De vez en cuando se les unía un socio senior que entraba y volvía a salir sin mirar a derecha o izquierda.
Ed oía cómo hablaban, pero no distinguía lo que decían.
Las siluetas se movían frente al cristal, gesticulando en ocasiones.
Por la tarde, Raffaella llamó a dos asociados.
Acudieron cabizbajos, arrastrando los pies, y salieron poco después, con cajas de cartón vacías en las manos, escoltados por Fallows.
Este acompañó a los condenados a sus mesas, permitió que recogieran sus pertenencias y los escoltó hasta los ascensores.
Los asociados despedidos seguramente habían trabajado más horas que Ed durante aquel año. Esa era otra clave de su estatus especial: él era intocable.
Las agujas del reloj fueron girando lentamente.
Su último día en Merriweather’s se acercaba a su fin, al igual que su vida en Miami y su vida con su esposa y su hijo aún nonato.
No era capaz de pensar en Sarah y en el niño durante mucho rato.
Necesitaba convencerse de que conseguiría volver a verlos de algún modo después de esa noche.
A primera hora de la tarde, sonó el teléfono de su escritorio. Ed salió de sus ensoñaciones con un sobresalto. Era Godin.
El cirujano le habló con brusquedad.
—Señor Cruz, pese a los repetidos recordatorios de mi enfermera, veo que todavía no ha programado su prueba.
—He estado muy ocupado —respondió Ed.
—Bueno, señor Cruz. No tiene sentido estar ocupado cuando su salud se halla en peligro. Postergarlo no es una opción.
—Sí, lo entiendo —dijo Ed.
—Ahora que se acercan las fiestas, tengo mi agenda casi llena. Llame, por favor, a mi enfermera lo antes posible.
—Tiene mi palabra —respondió Ed.
Colgó el auricular. Si Godin en persona estaba presionándole, quería decir que las cosas se estaban acelerando.
Más socios y asociados entraron y salieron de la oficina de recursos humanos.
Aparecieron más cajas vacías y se repitió la marcha fúnebre presidida por Fallows.
Otros entraban en la oficina de Benzema con aire de condenados pero salían sonrientes, con sobres que sin duda les informaban de un ascenso o una bonificación.
Pasó más tiempo, pero a él seguían sin convocarle. Mala suerte. Ya se acercaba la hora oficial de largarse. Si Benzema lo estaba reservando para una de sus sesiones de charla fuera de horario, ya era demasiado tarde.
Al dar las cinco, se levantó, cogió su abrigo y su maletín y salió apresuradamente. Raffaela se lo quedó mirando con la boca entreabierta, y en caso de que hubiera dicho algo, Ed no la había oído porque ya estaba frente a los ascensores.
Salió del edificio de Merriweather. Tenía que ir a un cajero para sacar dinero para Shannon; luego tomaría un taxi hasta Allapattah.
Se disponía a cruzar la calle para ir al banco de enfrente cuando reparó en un titular expuesto en un quiosco: POLICIA MUERTO EN UN TIROTEO EN LA AUTOPISTA.
Las guerras en el condado Dade estaban en su apogeo, así que el titular no resultaba sorprendente, pero aun así le impulsó a detenerse.
Estaban en noviembre y el clima era templado, pero de repente sintió frío.
Buscó en el bolsillo unas monedas y compró el periódico.
En 1989, el Herald no dedicaba su portada a cada tiroteo mortal en la zona del Miami Dade —ese tipo de incidentes relacionados con los carteles de la droga eran muy frecuentes—, pero la muerte de Shannon Quincy sí había aparecido en primera página, básicamente porque se había llevado por delante a dos policías.
Según el reportaje, todo había empezado cuando un agente de policía la había parado aquella mañana por saltarse un semáforo rojo en Hialeah Gardens.
Shannon conducía la camioneta El Camino de su pareja por encima del límite permitido.
Y en lugar de sacar su permiso cuando se lo pidieron, cogió una pistola del salpicadero y disparó al agente Logan Patrick atravesándole el ojo derecho.
Acto seguido se produjo una persecución a toda velocidad hasta que el coche de Shannon fue acorralado bajo un paso a desnivel de la Don Shula Expressway.
Pese a las advertencias para que se rindiera, ella siguió disparando.
Un tiro desafortunado le dio en la yugular a otro agente, que se desangró allí mismo antes de que los sanitarios pudieran salvarlo.
Los demás policías, una docena o más en total, dijeron que Shannon no se había parapetado detrás del vehículo, sino que había permanecido delante del mismo mientras abatía al segundo agente.
Como respuesta, había recibido ocho balazos de la policía.
El periodista empleaba la expresión «suicidio policial».
Ed se quedó parado en mitad de la acera sin apartar los ojos del periódico, obligando a la multitud de peatones a pasar por uno y otro lado.
«La sangre de los hombres muertos». Igual que Catrine. Shannon había acabado igual. Ed sintió que hasta la última partícula de su cuerpo se había quedado entumecida por un frío mortal. Había un leve lamento en su mente, como una frecuencia de radio apenas audible.
Luego se dio cuenta de que estaba llamando la atención, ahí plantado en mitad de la concurrida acera.
Enfrente, había una cafetería cubana donde a veces se tomaba un descanso.
Entró y pidió un café, aunque enseguida se olvidó de su existencia.
Necesitó unos momentos para que se le aclarase la visión; luego continuó leyendo.
El reportaje era realmente exhaustivo: su autor debía haberse informado a fondo para poder incluir todo aquello en la edición de la tarde.
Los motivos del tiroteo en sí eran más bien anecdóticos.
La triste secuencia de hogares de acogida; los empleos de salario mínimo; las relaciones tóxicas; la adicción a los opioides…
, todo eso lo habían descubierto muy deprisa, le pareció a Ed.
Como si contaran con una fuente privilegiada que lo sabía todo acerca de Shannon.