Número desconocido Capítulo 40
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Capítulo 40

Solo recuperó su motivación gracias a un descubrimiento casual.

En los meses posteriores a la desaparición de Ed, habían emergido algunos datos sobre sus movimientos.

El Volvo de Stu fue encontrado en una zona talada junto a la Golden Road.

El chico se las había arreglado después para llegar hasta Eagle Lake.

Más aún, había conseguido un arma. A Carl lo habían encontrado semanas más tarde: unos perros rastreadores lo desenterraron de su tumba cerca de las locomotoras abandonadas.

El cadáver lo dejaron donde lo habían encontrado, aunque los agentes se llevaron un objeto, la placa de cobre de la locomotora, porque no sabían si podía ser importante.

No lo era, aunque Vermeulen la colocó a la vista sobre su escritorio.

La miraba con frecuencia. Un recordatorio de su fracaso.

Tras la muerte de Carl, solo quedaban tres agentes: Shannon, Catrine y Ed.

Y este había desaparecido del mapa. Resultaba difícil seguir contemplando la gran operación de Tifón tal como había sido concebida en su día: el país en llamas, la anarquía en las calles, la dictadura militar.

De hecho, resultaba difícil siquiera imaginar la operación.

Pero, dado el sistema compartimentado con el que funcionaba Tifón, él no era más que uno de sus muchos tentáculos.

Incluso ahora había otras células que estaban formando agentes.

La misión seguiría adelante. Solo que no con él.

El hecho de que Ed aún pudiera tener la libreta roja de Stu había atormentado a Vermeulen desde que la policía lo había informado de que había desaparecido de la caja fuerte de Winthrop Road.

Su mera existencia era pura dinamita. Si era inteligente, Ed la habría escondido en alguna parte; quizá en un paquete sellado en el despacho de algún abogado: «Para que se abra en el caso de mi muerte», etcétera.

Si volvían a localizarlo, habría que proceder con extremada cautela.

Nada de actuar sin contemplaciones hasta que recuperasen la libreta roja.

Las cosas más triviales siempre podían llegar a provocar un terremoto: el ala de una mariposa en Brasil podía causar un tornado en Texas, etcétera.

Un recuerdo olvidado de David —la marca de la quilla de una canoa en la orilla embarrada de un lago— provocó todo lo que vino a continuación.

El viejo al que había visto alejarse de Seboomook aquella noche no llevaba ninguna canoa en la trasera de su camioneta.

Conclusión: le había dado la canoa a Ed para escapar.

La memoria de David funcionaba como la de los demás niños: instantáneamente recordó la matrícula de la camioneta.

El contacto de Vermeulen en el departamento de Tráfico identificó a su dueño, James Dove.

Dirección: Tienda de Pesca Dove, Tranquility, Maine.

Al parecer, el tipo se había hecho amigo de Constance, quizá durante los cuatro largos veranos pasados en la cabaña del lago.

A Stu se le había olvidado mencionarle esa amistad al pastor Bates o a él mismo.

Vermeulen se dedicó a investigar un poco.

La hoja de servicios de Dove era impresionante.

Quizá la cosa iba más allá. Quizá era Dove quien había disparado a Carl.

Al fin y al cabo, este había sido uno de los mejores agentes.

Pincharon el teléfono de Dove y esperaron a que Ed lo llamara.

Pero la llamada no se produjo. Tras casi diez años sin contacto, dejaron de monitorizar la línea.

Fue dos años después de que Ed hubiera desaparecido de la faz de la Tierra cuando los informadores de Vermeulen en los servicios de inteligencia hicieron otro descubrimiento.

En aquel entonces, Dumfries estaba pasando por momentos difíciles.

Una lesión en la espalda de sus días en el ejército había empezado a atormentarlo.

Había intentado solucionar el problema con analgésicos, pero los dolores se intensificaron a medida que aumentó su tolerancia a los fármacos, y pronto empezó a falsificar recetas.

Al parecer, utilizó demasiadas y el rastro desembocó en una redada del departamento de Sanidad a su cabaña, situada en las afueras de Wheelerville.

Cuando la magnitud de la operación de falsificación se hizo evidente, intervino el FBI.

Dumfries, salvo en sus recetas falsificadas, había sido meticuloso en todos los aspectos.

Había destruido todas las pruebas que pudieran apuntar a aquellos a los que había ayudado.

Pero un agente encontró algo significativo en una hoja de papel dentro de una Biblia.

La hoja contenía varías firmas de prueba de un tal Martin J. Cruz.

Ese nombre arrojó varias docenas de coincidencias en la Seguridad Social y el departamento de Tráfico. Solo hicieron falta unos días para reducir las opciones al candidato más probable: un estudiante de Derecho del Miami Dade College.