Capítulo 39 #2
Él respiró hondo. Era consciente de que el tiempo iba pasando y de que corría el peligro de que volviera Nate. Lo último que le hacía falta era un enfrentamiento con un gilipollas controlador. Pero no podía empezar contándole el motivo por el que estaba allí. O que ya ni siquiera se llamaba Ed.
—Yo tuve suerte —dijo—. Una buena adopción: me acogió una pareja sin hijos de Brookline. Una buena casa, una buena escuela secundaria, un sitio de vacaciones y toda la pesca. Pero no pude dejar atrás la Granja.
—Yo tampoco —dijo ella con tristeza.
—Y acabó alcanzándome. Hace diez años. En mi primer día de universidad. Estaba empezando una nueva vida, y entonces apareció David.
—¿David?
Ed asintió.
—No había cambiado mucho: grandote, gritón, agresivo.
—¿Qué quería?
Él hizo una pausa. No sabía qué tipo de experiencias regresivas habría tenido Shannon a lo largo de los años.
—¿Tú recuerdas gran cosa de lo que nos sucedió, Shannon? Quiero decir, cuando nos llevaban al sótano y demás.
Ella bajó la cabeza.
—No, no mucho. Algunas veces tengo pesadillas. Cosas muy oscuras.
—Yo lo he ido recordando con el tiempo. Recuerdos muy vívidos: las sillas con correas, las drogas, los cánticos, las películas, el lavado de cerebro. Los Frome no tenían nada que envidiarle a Manson.
—Sí, algo recuerdo de eso —dijo ella.
—¿Te has preguntado alguna vez cuál era el sentido de todo aquello?
—¿El sentido? Torturar a unos niños, supongo.
—Pero ellos no eran pedófilos. Y mira que los hay a montones.
—Dímelo a mí —dijo Shannon—. Mi primer padre de acogida, por ejemplo.
—Entonces ¿nunca has tenido la sensación de que fuiste preparada para algo, como si estuvieras esperando a que algo te provoque una reacción?
Ella se quedó callada un momento.
—Quizá —dijo al fin.
—Vale —dijo Ed—, pues eso fue lo que pasó aquel día en Northeastern. Cuando le dije a David que se largara, él recitó un pasaje de la Biblia y yo me quedé en blanco, Shannon. Entonces me di cuenta del poder que esa gente tiene sobre mí.
—¿En blanco?
—Perdí el conocimiento. Solo con unas palabras. —Ed advirtió que estaba levantando la voz y que la niña se removía en la cuna.
—No lo entiendo —dijo ella.
Ed prosiguió, bajando la voz.
—Catrine está muerta, Shannon. Hizo explotar un centro comercial en Pensacola. Dieciocho muertos. Ha salido en todas las noticias.
Ella lo miró boquiabierta.
—Mierda. ¿Por qué?
—Sencillamente, supongo que le ocurrió lo mismo que me ocurrió a mí con David. La sometieron, la prepararon y la mandaron allí.
—¿Solo diciendo unas palabras?
—Sí, solo diciendo unas palabras. Eso fue lo que me pasó a mí. Pero tuve suerte. Un entrometido vino a mi habitación y ahuyentó a David.
—¿Qué hiciste entonces?
—Huir. He estado huyendo desde entonces. Ya ni siquiera me llamo Ed.
Ella meneó la cabeza.
—¿Por qué has venido a contarme todo esto?
—Porque debía hacerlo. Porque nosotros somos los siguientes. Por lo de Pensacola. Lo que planearon entonces, sea lo que sea, ha empezado ahora. Ellos me han encontrado, y si saben dónde estoy yo, también saben dónde estás tú.
—¿Con qué propósito?
—¿Crees que no me he hecho esa pregunta un millón de veces?
No creo que lo de la Granja fuese un hecho aislado, ¿sabes?
Apuesto a que hay una cabaña llena de niños en todos los desiertos, en todos los bosques, en todas las montañas del país.
Futuros terroristas con el cerebro lavado.
Y ninguno de nosotros podemos protegernos.
No hay ninguna autoridad a la que recurrir porque la mitad está en el ajo.
—Nadie puede obligarte a llevar una bomba o una pistola, Ed.
—¿De veras lo crees? Hay un montón de cosas del sótano de los Frome que no recuerdo demasiado bien.
Seguro que a ti te pasa lo mismo. Momentos de apagón completo.
Podríamos haber estado haciendo cualquier cosa y no conservar ningún recuerdo de ello.
Es lo que me pasó en Northeastern cuando apareció David.
Nuestras mentes están condicionadas. Un día, muy pronto, se volverá a hacer la oscuridad y haremos lo mismo que Catrine ha hecho.
—Dios mío. —Ella miró a su hija dormida.
—He venido a prevenirte, Shannon. Después de Catrine, solo quedamos nosotros dos.
—¿Tú qué piensas hacer? —preguntó ella.
Ed meneó la cabeza con impotencia.
—Ya hui una vez. Cambié de identidad. Ahora tengo una esposa.
Una esposa embarazada. Y una casa y un trabajo.
Yo creía que al final todo se había solucionado.
Que era libre. —Respiró hondo—. Pero eso era una ilusión.
De algún modo, me han localizado. Tengo que huir.
Quizá dentro de un año o dos pueda contactar con Sarah y ver al niño, pero ni siquiera de eso estoy seguro…
Ella abarcó el apartamento con un gesto.
—Yo no puedo hacer eso. Tengo a mi hija, una adicción y nada de pasta.
Ed dejó la taza vacía, buscó en su chaqueta, cogió la cartera y sacó todo el dinero que llevaba. Eran unos ciento veinte dólares en billetes.
—Toma —dijo—, coge esto. Vete a un motel o algo así.
—¿Estás seguro? —preguntó Shannon.
—Yo tengo lo suficiente —dijo él—. Cógelo.
Ella extendió la mano, rozándole la suya al coger el dinero. Sus ojos se encontraron. Ed se preguntó si, en cuanto él se fuera, Shannon se limitaría a comprar más droga.
—¿Quieres que te lleve a alguna parte? —preguntó.
—Tengo mi propio coche —respondió ella—. Además, no puedo largarme sin más. Necesito muchas cosas y Nate volverá pronto.
—¿Mañana, entonces?
—Quizá.
—Tiene que ser mañana. Yo me voy por la noche. Me pasaré a primera hora de la tarde con más dinero.
—De acuerdo. Nate hace mañana el mismo turno. Esto no lo olvidaré, Ed —dijo, poniéndole la mano en el brazo.
Él se sintió incómodo y desvió la mirada hacia un rincón de la habitación.
Entonces reparó en un objeto que había en la encimera de la cocina.
Dado que no había ni radio ni televisión en el apartamento, era extraño ver un aparato de alta tecnología.
Lo reconoció de inmediato. El mazacote de plástico blanco de un Motorola DynaTAC.
Exactamente el mismo teléfono móvil que él tenía en un cajón de la mesilla de su casa.
Un modelo de tres mil dólares. Sabía muy bien lo que costaba.
Benzema había subrayado su valor cuando se lo había dado en el reparto de premios a los empleados.
«Solo los socios tienen este tipo de gratificaciones», había dicho.
«Y ahora tú, Ed», había añadido, apretándole el brazo mientras le daba la caja.
Se quedó helado.
—¿Tienes un móvil? —preguntó con la mayor naturalidad posible.
Shannon siguió su mirada.
—¿Eso? Verás, las cosas con Nate llegaron a un punto crítico hace más o menos una semana.
Yo rompí con él, me fui al Centro de Asistencia a las Víctimas y denuncié esto —dijo señalando el moretón de la cara—.
La mujer que me atendió fue superamable, pero me dijo que, si presentaba una denuncia, Nate podía acabar en la cárcel.
Es el padre de Alice Mae, al fin y al cabo, y el sostén de la familia.
Ella me aconsejó que tratara de arreglar las cosas y que me llamaría para ver cómo iba todo.
Yo le expliqué que nos habían cortado el teléfono, y fue entonces cuando me dio ese móvil.
Me enseñó cómo usarlo y me dijo que me llamaría pronto.
—¿Sabes cuánto cuesta ese trasto?
Shannon negó con la cabeza.
—Una décima parte de lo que yo gano en un año. Y tengo un sueldo decente. Un poco caro para una oficina pública infradotada, ¿no te parece?
—No sé. La señora parecía realmente preocupada, ¿sabes?
—dijo Shannon—. En todo caso, yo lo escondí en el armario de debajo del fregadero, pero Nate lo encontró.
Me hizo el tercer grado y yo le confesé dónde lo había conseguido.
Pensé que iba a darme una paliza y luego saldría a venderlo, pero él se limitó a reírse y dijo: «Tú espera a que llame esa señora».
Y le dio una palmadita al móvil, como si le pareciera bien o algo parecido. Y ahí se ha quedado desde entonces.
—Escucha, Shannon —dijo Ed—, pase lo que pase entre hoy y mañana, no uses ese trasto, ¿vale? Ni respondas ni llames.
Ella no dijo nada, pero echó un vistazo al reloj colgado en la pared, por encima de los fogones, que ahora marcaba las 23.36.
Se volvió hacia él.
—Más vale que te vayas, Ed.
Ambos se levantaron.
—Volveré mañana a primera hora de la tarde —dijo él.
—Tú vuelve, ¿vale? —dijo ella—. Pero si ves fuera un El Camino negro, que es la camioneta de Nate, quiere decir que él está en casa. En ese caso, no subas; déjale un mensaje para mí al señor Zielinski y él se encargará de dármelo. Me fío de ese hombre.
—De acuerdo —dijo Ed.
Estaban los dos muy cerca. Él le puso una mano en el hombro, y otra vez le vino el recuerdo: el autobús amarillo, el sol brillando entre los pinos, las ventanillas polvorientas y el olor de la tapicería recalentada.
De repente, descubrió que Shannon le había puesto la mano sobre la pechera de la camisa y que tiraba ligeramente hacia ella.
—Todo saldrá bien —dijo Ed sin pensar lo que decía.
Luego se besaron.
Tras unos segundos, ella se apartó.
—Quiero pedirte un favor, un gran favor —dijo, sin aliento.
—¿Cuál? —respondió Ed con la voz ronca.
—Pase lo que pase conmigo, quiero que Alice Mae esté a salvo. ¿Me lo prometes, Ed? —dijo Shannon sin mirarle a los ojos.
—Sí —respondió Ed.
Ella le soltó la camisa.
Entonces se oyó un ruidoso motor en la calle y ambos se sobresaltaron.
—Mañana —dijo él.
Al día siguiente Martin Cruz dejaría de existir, tal como Ed Constance había dejado de existir antes que él. Pero primero tenía que hacer algo por ella, aunque solo fuera llevarle dinero.
Volvió a besarla torpemente, esta vez en el pelo; luego dio media vuelta y salió del apartamento.