Capítulo 39
Ed siguió a Shannon al interior del apartamento. En cuanto entraron, ella empujó la puerta con el pie.
Allí dentro estaba bastante oscuro, solo había una lamparilla encendida, pero, en cuanto sus ojos se adaptaron, Ed vio que estaban en un espacio combinado de sala de estar y cocina.
En el sofá se amontonaba un montón de ropa de bebé revuelta.
Sobre la mesita de café había un biberón caído de costado, junto a varios álbumes de fotos y una mantita manchada.
El aire acondicionado no estaba encendido y el olor empalagoso a fórmula infantil y pañales sucios impregnaba el ambiente sofocante.
Había una cuna de viaje junto al sofá, y Shannon se agachó y depositó en ella al bebé, que gimoteó y se agitó un poco, pero que enseguida se calmó.
—Debería quedarse tranquila un rato —dijo ella, casi hablando para sí misma; luego se irguió y miró a Ed—. Nunca creí que volvería a verte.
—Lo mismo digo —respondió él.
—¿Sabes?, me preguntaba cómo te habría ido.
Él no supo qué responder.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó Shannon.
—Es una larga historia —murmuró Ed.
—¿Ah, sí?
—Muy larga.
—Escucha, Ed. No te he abierto antes porque, sea lo que sea lo que hayas venido a decirme, estoy segura de que no va a ser una buena noticia.
Ambos se miraron fijamente durante unos momentos.
—No, no es una buena noticia —dijo él—. Pero es urgente.
Ella suspiró.
—Es por la Granja, ¿no? Puedes sacar al niño de la oscuridad, pero no la oscuridad del niño. ¿Sabes?, eso fue lo que me dijo mi psiquiatra, la última. Justo antes de darse por vencida.
Ed no respondió.
—Bueno, ¿por qué no me lo dices? —preguntó Shannon—. Mi compañero tiene turno hasta medianoche. Así que, por urgente que sea la cosa, tenemos un poco de tiempo. Voy a preparar café.
Ed estaba agotado a causa de otra noche de insomnio, y ahora, con la emoción, se sentía desfallecido. Se sentó en una butaca. Ella estuvo un rato trajinando en la cocina; finalmente volvió al salón y le tendió una taza humeante; luego apartó la ropa y se sentó frente a él en el borde del sofá.
—Es todo muy extraño —dijo.
—Sí —respondió él—. Después de tanto tiempo, resulta que estás aquí en Miami. ¿Sabes, Shannon?, últimamente no pasa un día sin que no piense en la Granja, en la Ruta 11, en ti… —Su voz se apagó.
Ella desvió la mirada.
—A mí me pasa lo mismo —dijo en voz baja.
Ed permaneció callado.
—Mírate —dijo Shannon, volviéndose de nuevo hacia él con los ojos húmedos y examinando su aspecto: la chaqueta, los mocasines caros, el impecable corte de pelo—. Te las has arreglado bien, Ed.
—Soy abogado.
Ella soltó un silbido.
—¿Sabes?, incluso entonces tú eras más listo que el resto de nosotros.
—¿Cómo te ha ido a ti? —preguntó Ed.
Shannon se encogió de hombros y recorrió con la vista el caótico apartamento.
—No muy bien, como es obvio. Y lo que Zielinski ha dicho de mi compañero, Nate, es cierto. —Se señaló el morado de la cara—. Tiene mal genio.
—Joder, Shannon. Lo siento.
—No lo sientas. —Volvió a gesticular—. Yo lo escogí. Pero es verdad, a Nate no le gustan los extraños, así que no nos alarguemos mucho, ¿vale?
De repente, Ed no sabía por dónde empezar.
—¿Cómo se llama la niña? —preguntó, señalando la cuna.
—Alice Mae —dijo ella—. La niña de mis ojos. Sí, es de Nate, por si te lo estás preguntando. Tuve una cría de un maltratador, ya ves. Ahora debo pensar en ella; si no, me separaría.
—¿Cómo acabaste en Miami? —preguntó él.
—Es una larga historia también. Pero supongo que distinta de la tuya.
El padre de mi primer hogar de acogida resultó ser un abusador.
Quizá haya ahí un patrón de comportamiento.
A él se le cayó el pelo, pero yo ya no pude seguir en aquella casa.
Mi madre de acogida me odiaba por haber puesto en evidencia a su marido.
Luego vino un hogar tras otro. Imposible hacer secundaria.
Empleos de salario mínimo. Un montón de tiempo en bares de mala muerte, un montón de tiempo con tipos malos.
Empiezan con muchas promesas y todos acaban resultando iguales.
Se llevó la mano a la mejilla magullada.
—Nate es solo el último de una larga lista. Debería haberlo visto venir.
Captó la mirada de Ed.
—¿Sabes?, al principio fue bastante encantador.
Yo estaba viviendo en Dorchester entonces.
Lo conocí en el bar del barrio. Él estaba solo.
Parecía un tipo solitario, en absoluto agresivo.
Era agradable, teniendo en cuenta que todos los demás hombres allí eran unos estúpidos palurdos.
Me invitó a una copa, me preguntó por mi vida.
Bueno, yo no le conté toda la historia, como te puedes imaginar.
Parecía interesado, a pesar de que yo solo estaba contándole mierdas.
»Me dijo que él era constructor, que acababa de mudarse a la zona.
Así que ninguno de los dos estábamos muy boyantes.
Cuando llegó la hora de cerrar, no entró a saco.
Los tipos esperan llevarte a la cama por un par de copas, ¿sabes?
Él me pidió mi número y yo se lo di, y así fue como empezó la cosa.
Después, me llamó. Más copas, cenas, regalitos: flores, un collar…
Ninguno de los demás había hecho eso. Gastaba mucho conmigo.
Pero luego yo empecé a sospechar. Aquello era demasiado dinero para un constructor, no sé si me entiendes.
Cuando se lo pregunté, me dijo: “Mejor no preguntes, cielo. Es que tengo un buen amigo que me presta un poco de pasta cuando es algo importante, y esto es importante”.
Y, claro, a mí me halagaba que pidiera prestado para hacerme pasar un buen rato; pero también me preocupaba que se endeudara con ese tipo, fuese quien fuese, así que le dije a Nate que no hiciera cosas raras por mí, y entonces él se puso furioso por primera vez; solo un momento, ¿sabes?
Ahí vi que tenía esa vena, pero enseguida se calmó y me dijo: “Claro, cariño, lo que tú quieras. No pediré más prestado. Lo que tenemos ya es bastante bueno”.
»Y después volvió a ser encantador. Regalitos, cosas pensadas, y llamadas a cualquier hora del día, solo para comprobar desde el trabajo cómo me iba. Yo nunca había tenido nada parecido.
»Bueno, resumiendo: él se viene a vivir conmigo y se porta bien durante un tiempo, pero un día me dice que nos mudamos al sur, que le ha salido un trabajo.
Así como así. Cargamos el coche, bajamos por la 95 y aquí nos tienes, en Florida.
Al principio, a mí esto me gustó. Es cálido.
No se te hielan las tetas como en Boston en enero.
Pero aquí no conozco a nadie. No es que tuviera muchos amigos en el norte, pero sí los suficientes, ¿sabes?
Allí podía llamar a alguien y salir para tomar una copa, hacer compras o ver una peli.
Aquí no tenía a nadie. Solo estábamos Nate y yo.
»Y cuando estuvimos solos, él se pasaba todo el tiempo presionándome.
Hijos, quería hijos, siempre la misma monserga.
Es raro, ¿no? Quiero decir, normalmente es la mujer la que quiere hijos y el hombre el que dice que no.
Así que yo le dije: “Hasta donde yo sé, porque el cumpleaños me lo pusieron las autoridades, solo tengo veintiséis. O sea que me sobra tiempo para tener hijos”.
Ni hablar, dijo él, y se rayó por primera vez desde aquella cena; y como estábamos solos, me dio varios sopapos.
»Al día siguiente, estaba superarrepentido.
Vino a casa con flores, me pidió perdón.
Trató de explicarse. Él era hijo único, siempre estuvo solo.
Quería una gran familia…, no podía esperar.
Me suplicó: tenemos que ponernos a ello.
Bueno, no sé, quizá yo también me sentía sola.
Quizá pensé que un hijo me haría compañía.
Un error, ya lo sé. Bueno, nos pusimos a buscarlo.
Sí, chico, ya lo creo. Se me echaba encima a todas horas como un adolescente cachondo, hasta que yo estaba escocida y dando gritos y entonces él volvía a pegarme.
»Y no falló, claro. Unas semanas después la varilla me indicó que venía uno en camino. Nate se puso contentísimo cuando se lo conté; dijo que lo había hecho bien, como si acabara de sacar un conejo de la chistera o algo así.
»Y ¿sabes qué? Nunca ha vuelto a tocarme desde entonces, solo con los puños.
No sé dónde se lo estará montando ahora.
Me imagino que anda con las mujeres del bar, si no paga por ello.
A mí no me importaría lo que haga, si no fuera porque cuando vuelve y le echa un vistazo a Alice Mae se pone como una fiera.
Si hay algo que no le gusta, como que sea preciso cambiarle el pañal a Mae o haya un calcetín en el suelo, la toma conmigo.
Y yo no tengo escapatoria. Ni un pariente que cuide a la niña, ni dinero para que alguien se haga cargo de ella y yo pueda ganar mi propia pasta. Dependo totalmente de él.
—Joder —dijo Ed.
—Y aún hay más. Tuve a Alice Mae por cesárea.
Luego estaba muy dolorida. Los médicos me recetaron unos analgésicos muy fuertes.
Opioides. Supongo que me gustó ese colocón, ¿sabes?
Así que cuando iba a la revisión, le decía al médico que los dolores habían empeorado y que la droga no funcionaba, y él me subía la dosis.
Me volví adicta, supongo. Cuando el médico me dijo que ya había tomado suficiente y que debía dejar las pastillas, tuve que pedirle a Nate que me las consiguiera.
Así ha sido la cosa durante meses. Supongo que no puedo vivir sin esa mierda.
Ahora Zielinski es casi la única persona con la que hablo.
Nate no me permite tener ni radio ni televisión.
El teléfono está cortado porque no ha pagado la factura.
Así que ahora solo estamos Alice Mae y yo y las pastillas. Todo el santo día.
Shannon, dedujo Ed, no sabía nada de lo de Pensacola.
—En fin, esa soy yo —dijo ella—. Supongo que a ti las cosas te han ido de otro modo.