Capítulo 38
Domingo. Atardecer. El estéreo del Volvo a todo volumen, las ventanillas bajadas.
Los Black Crowes. Ed estaba fumando. Un nuevo hábito que lo ayudaba a sobrellevar las horas de insomnio.
Un hábito que, de hecho, se había convertido en una muleta.
Solo le quedaba un cigarrillo en el paquete que tenía en el bolsillo de la camisa.
Salió de la Dolphin Expressway, cruzó el río Miami y circuló hacia el norte hasta Allapattah, una zona llana y anodina de bloques de apartamentos baratos, talleres, bodegas y tiendas de saldos.
Había un supermercado en la intersección de la Avenida Diecisiete Nordeste y la calle Veinte Nordeste. Se detuvo y compró más tabaco.
Luego permaneció junto al coche y encendió un cigarrillo.
La dirección de Shannon quedaba solo a dos manzanas hacia el este.
En la bodega de enfrente sonaba música latina.
Había algunas mesas fuera, en las que varios hombres bebían cerveza y fumaban.
Advirtió que uno o dos lo observaban, ahí plantado en el aparcamiento desierto. Ya era hora de moverse.
Aparcó al otro lado de la calle y apagó el motor.
El ventilador del Volvo emitió su característico traqueteo agónico y se detuvo.
Cuando abrió la puerta del vehículo, lo recibió una vaharada de aire cálido.
Un perro ladraba en las inmediaciones, tironeando de una cadena.
Cruzó la calle, cruzó la verja y, tras un momento de vacilación, subió las escaleras del segundo piso.
Respiró hondo y llamó a la puerta con los nudillos. El silencio que siguió fue completo. Volvió a llamar. Nada. Se preguntó qué hacer. ¿Dejar una nota? ¿Eso era buena idea? Reunió todo su valor.
—Shannon, ¿estás ahí? —La voz que le salió sonaba extraña en sus propios oídos. Una voz lejana, hueca, fantasmal. Volvió a intentarlo—. Shannon, soy Ed. Abre, si estás ahí.
De nuevo, silencio.
Si pretendía escribir una nota tendría que volver al coche, porque el maletín donde llevaba papel y bolígrafo lo había dejado allí.
Ya había bajado la mitad de los escalones cuando la puerta del apartamento del primer piso se abrió.
Ed bajó la mirada. Había un tipo viejo, iluminado por la lámpara de sodio, que levantó los ojos hacia él.
Vestía unos pantalones negros, unas chanclas y una camisa tan blanca como su pelo ralo y su pálido rostro.
Sus ojos, que no se apartaban de él, eran muy claros, como de hielo, y estaban separados por una nariz aquilina.
Observó a Ed con una mirada de halcón. Curiosamente, teniendo en cuenta la fama del barrio y lo desierto que estaba a aquella hora, el viejo no parecía intimidado por su presencia.
—Muy bien, señor —dijo—, no sé qué se trae entre manos, pero será mejor que se largue antes de que llame a la policía. —Tenía un ligero acento; quizá de Europa del Este.
Ed alzó las manos.
—Disculpe, no quería molestarle. Estoy buscando a Shannon Quincy.
El vejestorio dijo:
—¿Qué tiene usted que ver con ella?
—Soy un viejo amigo —respondió Ed.
—Bueno, pues yo no lo había visto antes por aquí, señor.
—Hace tiempo que no nos vemos.
—¿Y ha decidido visitarla de noche? Eso es lo que diría un alguacil o un agente de fianzas. Lárguese antes de que lo denuncie. —Ahora había levantado bastante la voz. Una luz se encendió en el apartamento contiguo y Ed vio que alguien se asomaba.
—Está bien —dijo—. Me voy. Mire, ese coche aparcado enfrente es el mío. Iba a buscar papel y bolígrafo para dejarle una nota. ¿Le importa?
—Se está buscando la ruina. Si su compañero Nate le pilla escribiéndole notas…, más le vale que vaya con cuidado. Ese hombre tiene un temperamento del demonio, especialmente con los extraños.
En aquel preciso momento, Ed oyó que quitaban la cadena de la puerta de arriba.
Levantó la vista y vio que se asomaba una mujer negra, de un metro sesenta y cinco aproximadamente.
Llevaba un vestido amarillo a cuadros y un pañuelo púrpura en la cabeza, abultado por un casquete de pelo afro.
Su cara era todavía juvenil y lozana, una proyección adulta perfecta de la niña que él había conocido. Shannon.
Tenía un bebé en brazos envuelto en una mantita rosa, con un chupete en la boca.
Casi veinte años. Era extraño que los ojos pudieran tener el mismo aspecto después de tanto tiempo, incluso en la penumbra de la lámpara de sodio. Los ojos de Shannon seguían siendo exactamente iguales que cuando era niña. Temerosos, desconfiados, igual que entonces.
Ambos se miraron durante un momento que pareció durar muchos minutos.
El viejo dijo levantando la vista.
—Oye, Shannon, ¿llamo a la poli?
Ed apenas lo oyó. En ese momento había recordado su sueño de Acción de Gracias: aquel último día de junio de 1970; el peso de la cabeza de Shannon sobre su hombro; el aroma sintético a hierba del champú comprado al por mayor; el olor polvoriento de la tapicería del autobús…
Entonces reparó en otro detalle. Shannon tenía la mejilla izquierda inflamada, justo por debajo del ojo. Un morado de un golpe.
Fue ella quien rompió el silencio.
—No hay problema, señor Zielinski. Le conozco —dijo. Su voz era más ronca de lo que él recordaba.
—¿Estás segura? —insistió el hombre.
El bebé empezó a agitarse y ella lo hizo callar.
—Sí, seguro. Es un amigo. Ven, sube —le dijo a Ed.
Zielinski chasqueó los labios, repitió que alguien se estaba buscando la ruina y desapareció sin más, dando un portazo.