Número desconocido Capítulo 37
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Capítulo 37

Godin había insistido en que la intervención se realizara antes de Navidades, y Ed ahora suponía por qué. Solo quedaban dos agentes robot: Shannon y él. Quizá la presa Hoover iba a ser el golpe de gracia, la guinda del pastel, el ángel de la destrucción en mitad del árbol de Navidad.

Los expedientes de los cinco Apóstoles habían sido sellados por orden del tribunal de menores de Boston.

Pero él recordaba que en la casa de Winthrop Road, Gloria le había soltado que Shannon había entrado en el programa de adopciones de Boston y había adoptado el apellido de su primera familia de acogida, Quincy.

Black Friday . No era una festividad oficial, pero se celebraba en todas partes como si lo fuera.

Salvo los conserjes y el personal de seguridad, no habría nadie en Merryweather’s.

Las oficinas públicas, en cambio, estaban abiertas.

Le dijo a Sarah que iba a dar una vuelta.

Se dirigió de nuevo a la biblioteca pública del Centro Cívico.

Como la otra vez, el lugar estaba prácticamente desierto.

Unos cuantos indigentes hojeaban los periódicos en el vestíbulo, un par de estudiantes estaban inclinados atentamente sobre sus apuntes, y nada más.

Fue al sitio donde se hallaba toda la colección de las guías telefónicas del país apretujada en una gran librería de roble. Había docenas de volúmenes.

Cogió la guía de Central Boston. No figuraba ninguna Shannon Quincy.

Pasó a las guías de las ciudades circundantes de Massachusetts: Roxbury, South Bostson, East Cambridge, Dorchester, Brookline…

Nada, tampoco. Claro, quizá había cambiado de nombre; podía estar casada o viviendo bajo una falsa identidad, como él.

Habían pasado casi dos décadas. Era una búsqueda prácticamente imposible, pero, dado que los expedientes estaban sellados, constituía la única posibilidad de encontrar información sobre ella.

En todo caso, su rudimentario intento había fracasado.

Ya estaba a punto de marcharse de la biblioteca cuando algo lo impulsó a acercarse al anaquel donde se hallaban las guías locales.

Cogió la del extremo. Estaba muy desgastada y destartalada por el uso continuado.

Greater Miami: Coral Gables, Country Club Estates, Fort Lauderdale, Hialeah, Hollywood, Homestead, Kelsey Beach, Lake Worth, Miami Beach, Miami Shores, Palm Beach, South Miami, West Palm Beach. No había muchos nombres en la «Q».

Y de repente, ahí estaba: Shannon T. Quincy. Apartamento 2C, 1465 Avenida 15 Nordeste, Allapattah. A solo cinco kilómetros de allí. Un trayecto de diez minutos en coche.

Miró la entrada sin verla. No podía tratarse de otra persona. Estaba aquí. ¿Cómo era que Shannon había acabado en la misma ciudad que él, diecinueve años después de aparecer en la Ruta 11?

Sintió el repentino impulso de arrancar la hoja y guardársela en el bolsillo de la chaqueta.

Tener esa página haría aquello más real, en cierto modo.

Pero cuando levantó la vista, la encargada, de rostro adusto, del mostrador cercano, lo observaba con suspicacia por encima de sus gafas de montura de concha.

Se percató entonces de que llevaba más de un minuto con la vista fija en aquella entrada de la guía y que tenía la frente cubierta de sudor.

Sacó su cuaderno de notas. La mano le temblaba ligeramente mientras anotaba la dirección y el número. Cerró la guía, evitó la mirada de la encargada y salió al sol cegador de West Flagger Street.

Cuando descubrió que no tenía cáncer y supo lo de la bomba en Pensacola, todo en un mismo día, decidió que la mejor fecha para huir sería el lunes, 27.

Esa era precisamente la fecha en la que estaban previstos los anuncios más importantes en la oficina: ascensos, despidos y bonificaciones.

Incluso los que estaban medio muertos, como él lo estaba tras aquel diagnóstico, acudían a Merriweather ese día, que los empleados llamaban lúgubremente Black Monday .

Así pues, se presentaría allí, tranquilizaría con su presencia a quienquiera que lo vigilase, y luego desaparecería sin dejar rastro.

Quizá de ese modo ganaría un día o dos de ventaja a los de Tifón: no mucho más que eso.

Sentía un vacío gélido en el corazón. Esa noche llevó suministros extra desde la casa hasta el Volvo que se hallaba aparcado en el garaje. Dinero, mudas de ropa, latas de comida, un bidón de gasolina y un cuchillo.

Le escribió una nota a Sarah, pero luego la estrujó y la tiró.

Quizá ella se la mostrara a la policía, y Tifón tenía a las autoridades en sus manos.

No debía dejar ninguna pista sobre el lugar al que se dirigía.

Era mejor que Sarah y el niño que estaba por venir no supieran qué había sido de él.

Ella se quedaría la casa y el dinero de la cuenta.

Comprendería por qué se había ido. Le odiaría por ello, desde luego.

Pero a esas alturas, sin duda sabía que era la única posibilidad para ambos.

Algún día, cuando fuese seguro, si llegaba a serlo, iría a buscarlos a los dos. Aunque pasaran años…

Ya muy tarde, sacó la Biblia que, en su día, le regalaron Stu y Bettie.

El detonante podía llegar en cualquier momento, a través de cualquier medio.

Tenía que enviarle un mensaje a su futuro yo: una nota de su yo libre dirigida a su yo de Tifón.

Tal vez sirviera para salvarle. Iba a utilizar contra ellos su propia arma.

Recordó una cita: «La espada devora tanto a uno como a otro».

Sonrió lúgubremente mientras escribía. Un día, quizá pronto, quizá dentro de mucho tiempo, si aún seguía vivo, lo que estaba escrito aquí tal vez le conduciría de vuelta a su verdadero ser.

Introdujo la nota entre las primeras páginas de la Biblia y dejó el libro en el asiento del copiloto del coche.

Cogió también la libretita roja y los papeles de la Granja, todavía con su envoltorio de papel de periódico.

Decidió que, a partir de ahora, los llevaría siempre encima.

Mejor que estuvieran junto a su cadáver que dejarlos ahí metidos en un cajón para que Tifón viniera a buscarlos.

Iba a necesitar un arma. Para protegerse frente a quienquiera que viniera a por él o para usarla contra sí mismo, en caso de que lo acorralaran.

El sábado fue a Little Haiti. Se vistió del modo más informal posible, aunque sus pantalones de algodón, su polo y sus Ray-Ban lo delataban igualmente.

Aparcó a un par de manzanas de la dirección que se había aprendido de memoria y se adentró en las calles que estaban en pleno carnaval: una explosión de color, una oleada de español grosero que tanto servía para maldecir como para hacer proposiciones (a veces en la misma frase) a todo bicho viviente.

Las calles estaban atestadas de carritos que vendían productos frescos y tacos, de puestos de ropa de imitación, de mesas de accesorios falsos.

Aquí no hacía falta pagar un montón de dólares por un Gucci o un Prada.

El hombre al que estaba buscando había tenido problemas con el fisco, entre otras cosas.

Se llamaba Gustavo Esteban, tenía dientes de metal, tatuajes de pandillero y una fama que incluso a los socios poco escrupulosos de Merriweather’s les había provocado ciertas dudas antes de intuir el saldo de su cuenta.

Le asignaron el caso a él. Ed se había puesto nervioso al revisar los asuntos de Esteban; además de aquellos dientes, el tipo tenía un rostro de granito.

Pero al final, cuando el Servicio de Impuestos Internos aceptó unos miles de dólares, en vez del medio millón que había reclamado inicialmente por impuestos impagados, y el asunto quedó solucionado, Esteban le esbozó una amplia sonrisa metálica y le dijo que, si alguna vez necesitaba un pequeño favor, solo tenía que pedírselo.

Ya entonces, Ed comprendió que no se refería a favores legales.

Él nunca había estado en el lugar de trabajo de ese tipo —sus reuniones se habían celebrado exclusivamente en las oficinas de Merriweather— y le había costado encontrar la dirección.

Pidió indicaciones. La gente se las dio con brusquedad.

Su español era fluido, pero su ropa lo delataba como un extraño.

La oficina de Estaban resultó ser un taller de chapa y pintura.

Todos y cada uno de los costosos automóviles último modelo que había en los elevadores, aunque parecían casi recién salidos de fábrica, estaba siendo decapados para aplicarles una nueva capa de pintura y, sin la menor duda, para cambiarles la matrícula.

Esteban estaba arriba, en un pequeño cubículo, contando dinero.

Sonrió al verle, llamándole «mi amigo», y le invitó a sentarse y a tomar un café cubano.

Ed le habló con franqueza de sus necesidades y del dinero del que disponía.

Esteban no pareció inmutarse por la petición de su antiguo abogado.

Al parecer, había visto de todo. Sacó de una caja fuerte un Smith & Wesson de cañón corto y le explicó que ese revólver tenía menos precisión que los modelos Harry el Sucio de cañón largo, pero que era más fácil de ocultar.

El cargador tenía balas del calibre 38. Más efectivas que las del 357, le aseguró.

Ideales para disparar de cerca. Bastaba con un disparo certero.

El arma tenía el número de registro limado y era imposible de rastrear.

Sus dientes destellaban mientras hablaba.

Finalmente, le dio una palmada en la espalda y le deseó buena suerte, como si supiera que un hombre que buscaba un arma tan desesperadamente sin duda fuera a necesitarla.