Número desconocido Capítulo 36
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Capítulo 36

No tenía a dónde ir aquel miércoles. Estaba demasiado acelerado para salir de casa.

Después de pasarse horas deambulando por su estudio, puso las noticias de la noche.

Hablaban de fuertes ventiscas que estaban dejando cubierta de nieve la Costa Este; luego apareció una noticia de última hora: una bomba en un centro comercial de Pensacola.

Dieciocho muertos. Las primeras informaciones eran imprecisas, pero la magnitud del suceso saltaba la vista por las imágenes de la televisión, que mostraban un vestíbulo destrozado e incendiado, y una gruesa columna de humo que ascendía sinuosamente hacia lo alto.

A continuación, pasaron a un plano tomado desde un helicóptero: el techo del edificio había volado por los aires y el centro comercial estaba envuelto en llamas, de tal modo que las mangueras de los bomberos apenas alcanzaban el corazón del incendio.

Una testigo ocular afirmó con consternación que había sido una mujer la que había cometido el atentado.

La había visto entrar en el recinto, al parecer con la bomba escondida dentro de un portabebés.

Acto seguido, apareció un policía: la foto de la mujer figuraba en el permiso de conducir de un coche que había sido abandonado en la explanada del centro comercial unos segundos antes de producirse la explosión.

La televisión mostró la fotografía de la criminal.

Ed sintió como si le dieran un mazazo.

Él había conocido a aquella mujer cuando era una niña, pero aun así la identificó de inmediato.

La marca de nacimiento con forma de riñón en su mejilla la delataba.

La llorica de Catrine se había convertido en una mujer de rostro pétreo en la foto del carnet de conducir.

Tenía una mirada remota y unas pupilas diminutas.

Su rostro, aparte de la característica marca de nacimiento, era como una sábana blanca atravesada por un trazo de carmín.

Su mirada parecía remontarse a lo largo de los años hasta la oscuridad de la Granja.

Catrine se había convertido en lo que le habían ordenado entonces que llegara a ser: el cuarto ángel, el que derramó su copa sobre el sol: «y le fue dado poder para quemar a los hombres con fuego».

Se quedó paralizado. El presentador estaba pidiendo información a cualquiera que la conociera. Apareció un número de teléfono en la cinta de teletipo de la base de la pantalla.

Ed se levantó entumecido. Así pues, esto era el principio del fin. Tifón había comenzado su trabajo. Tenía que hacer una llamada. Pero no a las autoridades. Se armó de valor, procuró dominar el temblor de sus manos y salió de casa. Caminó hasta la bodega del barrio, donde había un teléfono público.

Marcó el número al que había prometido no volver a llamar.

Respondieron tras una docena de timbrazos.

—¿Sí? —dijo una voz que no había oído desde hacía casi una década.

—¿Jim?

—¿Ed?

—Sí.

—Dios mío, cuánto tiempo. ¿Estás bien?

Ed hizo una pausa.

—Estoy en un aprieto —dijo al fin.

—¿Qué clase de aprieto? —preguntó Jim.

—¿Has visto las noticias de esta noche? —dijo Ed.

—Claro. La bomba en Florida. Ha salido en todas partes.

—¿Has visto el nombre de la persona que lo ha hecho?

—Sí, Catrine Connelly.

Ed volvió a respirar hondo.

—Era uno de los cinco, Jim. Uno de los niños de la Ruta 11. Connelly era su apellido adoptivo.

—Joder —exclamó Jim.

—Una testigo ha dicho en la tele que parecía una zombi cuando ha entrado en el centro comercial. Como si estuviera hipnotizada.

—Sí, también lo he oído —respondió Jim.

—Estaba programada, Jim. Estoy seguro. La organización la atrapó. Tal como intentaron atraparme a mí en Northeastern y en Eagle Lake.

—Escucha, chaval. No sé desde dónde me llamas y no me lo digas, pero tú estás bien, ¿no?

—Me han encontrado, Jim. Yo soy el siguiente.

—El siguiente, ¿para qué?

—Lo mismo que Catrine. Otro Pensacola. Algo más grande.

—No me lo creo. ¿Con qué propósito, chaval? —dijo Jim—. ¿Y por qué tú?

—Yo me he estado haciendo esa pregunta desde los nueve años, Jim.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Jim finalmente.

Ahora fue Ed el que guardó silencio unos momentos antes de responder.

—Jim, tengo una esposa y un hijo en camino.

—Se oyó a sí mismo soltando algo parecido a una risa ahogada.

Confiaba en que nadie de la bodega estuviera escuchándole—.

Supongo que estaba viviendo un sueño. Le saqué partido a aquel dinero, ¿sabes?

; estudié un montón, me convertí en abogado, me casé, compré una casa: el pastel completo. Pero ahora todo ha terminado.

—No digas eso —dijo Jim.

—Escucha, solo quiero pedirte una cosa. ¿Podrás hacerlo?

—Dime.

Ed le explicó el favor que quería que le hiciera. Estuvo hablando diez minutos. Los datos que le dio a Jim eran totalmente precisos.

Volvió a hacerse un silencio al otro lado de la línea. Ed se preguntó por un momento si Jim habría colgado; pero un zumbido de interferencias le evidenció que la comunicación no se había cortado.

—Me estás pidiendo que te mate, chaval —dijo Jim al fin.

—Como último recurso. Quizá no lleguemos a ese punto. Quizá consiga escapar.

—Pero, si no, ¿quieres que haga eso?

—Mejor así que permitir que mueran miles de personas. Tienes que entenderlo.

Hubo otro silencio; luego Jim volvió a hablar.

—Tu eres muy hábil, chaval. Eso te lo enseñé yo. Encontrarás una salida, estoy seguro. Pero…

—Pero ¿harás lo que te pido?

—Sí —dijo Jim finalmente—. Que Dios me perdone, lo haré.

—¿Pronto?

—Iré mañana.

Ed colgó bruscamente, antes de que Jim pudiera echarse atrás.

Al día siguiente, mientras salía de la cocina un agradable olor que él apenas percibía, Ed seguía mirando las noticias obsesivamente.

Ahora había aparecido más información. Habían investigado el pasado de los niños: Catrine Connelly era uno de los Apóstoles, de los niños abandonados en la Ruta 11.

Había fotos de la cuneta donde los habían encontrado, una imagen del cráter humeante donde, en su día, se hallaba la Granja Eriksson, y un reportaje sobre el trágico misterio que rodeaba el caso.

Según explicaban, la adopción de Catrine había sido un desastre: novillos y delincuencia en el colegio; anulación de la adopción; numerosas huidas de las casas de acogida a las que había sido enviada después; un embarazo imprevisto; una temporada en un centro de detención juvenil; ni secundaria ni universidad; antecedentes por tenencia de drogas y prostitución.

Catrine se había convertido en una vagabunda.

En su última dirección conocida, un centro de reinserción de Tallahassee, la policía encontró literatura subversiva vinculada a organizaciones terroristas de izquierdas como las Panteras Negras, la Weather Underground y el Ejército Simbiótico de Liberación.

De algún modo, había huido del sistema que le había fallado cuando era niña.

Y ahora, al parecer, había regresado para castigarlo por sus deficiencias.

Además, el reportaje explicaba que los expedientes de los otros cuatro supervivientes de la Ruta 11 habían sido sellados por un tribunal de menores hacía diecinueve años y que se desconocía su paradero y su identidad actual.

Un «experto» opinaba que quizá deberían ser localizados por si ellos también empezaban a mostrar los mismos rasgos homicidas que Catrine.

Sarah hizo un alto en la cocina y entró en la sala de estar secándose las manos con un trapo. La foto de Catrine volvía a aparecer en la pantalla. Ella la miró y se volvió hacia Ed.

—¿No quieres apagar esto? —dijo.

Él no levantó la vista.

—Yo la conocía —dijo.

—¿A la terrorista?

Ed asintió.

—Era de nuestro grupo.

—Dios mío, ¿qué le ocurrió?

—Supongo que se volvió loca. Como yo.

—Tú no estás loco —dijo Sarah.

Él se volvió y la miró.

—¿Estás segura?

—Quizá necesitas una copa —dijo ella.

Ed no necesitaba beber alcohol. Su mente ya giraba aceleradamente.

De todos modos, Sarah descorchó una botella de vino tinto y le sirvió un vaso.

El cabernet tenía demasiado gusto a roble, y cuando intentó comer el pavo, le supo a cartón.

Apenas comió, pero se ventiló los tres vasos de vino que Sarah le fue sirviendo.

Ella lo observaba con los ojos ligeramente entornados mientras daba sorbos de zumo: «por el bebé». Ed habría preferido el zumo.

La Cuarta Copa. ¿Por qué Tifón había esperado tanto tiempo?

¿Realmente habían querido que Ed fuera el primero diez años atrás?

Su copa debía ser derramada en el Éufrates, de manera que el agua se secara.

Si se entendía el Éufrates como el río Colorado, volar la presa provocaría que se secara el río, tal como decía la predicción.

Él era el abanderado de Tifón. Su acción «abriría paso a los reyes que venían de Oriente», fuesen quienes fuesen…

Los reyes misteriosos que estaban detrás de la organización.

Lo de la presa Hoover sería una gran declaración de principios, mucho más que un simple centro comercial de Pensacola.

En ese caso, habría mucho más que dieciocho muertos. Millares de muertos, de hecho…

Era como si el vino lo estuviera aplacando, apenas podía mantener los ojos abiertos.

Fue al sofá y se tumbó. De fondo, el ruido de los platos y los cubiertos que Sarah estaba colocando en el lavaplatos.

Estaba demasiado cansado para echar una mano.

Lo único que quería era dormir, pero le daban miedo sus sueños.

Dormitó un rato, pero se despertó dos veces con un sobresalto.

Volvió a acomodarse y entonces se deslizó en la fase REM del sueño…

… y de repente estaba otra vez con Shannon en el autobús escolar: la luz del sol caía oblicuamente entre los árboles; sonaba el crujido de la grava de la carretera maderera.

Ella se apoyó en él y se durmió también.

Ed notaba el peso de su cabeza en el hombro, e inclinó la suya sobre el pelo trenzado de Shannon.

Tenía aquel olor sintético a hierba del champú aromatizado que la señora Frome compraba en frascos de cuatro litros en sus expediciones de compras mensuales.

Un prado de hierba cubierto de flores, de pensamientos y caléndulas de aspecto psicodélico que desprendían una nube de fragancia casi visible sobre aquel manto verde, de un verde cegador…

… y oyó que ella susurraba: «La sangre de los muertos está en mis manos…».

Ed y Shannon: los dos últimos Apóstoles.