Capítulo 35
Sarah regresó con las compras de Acción de Gracias. Ed no había oído cómo entraba el cavalier en el sendero. Unos momentos más tarde apareció una sombra en la entrada del estudio y él volvió la cabeza. Sarah estaba junto al marco de la puerta.
—¿Ha llamado Cusemano? —preguntó.
—Sí —respondió Ed.
Ella se acercó y le puso una mano en el hombro.
—¿Qué ha dicho?
—No hay ningún tumor.
—Oh, Dios mío… —Sarah se llevó las manos a la boca. Luego advirtió la expresión sombría de Ed—. ¿Qué pasa? ¿No estás contento?
Ed señaló el informe de Godin.
—Si no tengo nada, ¿a qué viene esto? —dijo.
—Debe de haber sido un error, Ed.
Él se levantó bruscamente. Sarah retrocedió un paso, asustada, igual que el día que Ed volvió de Tórtola.
En la librería había un equipo estéreo. Ed conectó el amplificador, subió el volumen y llevó el brazo del tocadiscos hacia la mitad del disco.
La mano le temblaba un poco y la aguja chirrió sobre el vinilo; luego, a través de los minialtavoces, empezaron a sonar ruidosamente los primeros compases de «If You Don’t Know Me by Now», de Simply Red.
Era una canción que había escuchado mucho últimamente.
Al cabo de unos momentos, cuando Mick Hucknall exhorta al público a cantar la canción con él, Ed se volvió y la miró.
Ella le miraba también. Él se llevó un dedo a los labios e hizo un gesto abarcando el estudio.
Ahora Sarah parecía angustiada y desconcertada a la vez.
Ed supuso que debía creer que se había vuelto loco.
Le indicó con un gesto que se sentara en el sofá y, cuando ella obedeció, él se sentó a su lado.
Le cogió la mano.
—Quizá están escuchando —dijo en voz baja, mientras las coristas coreaban la letra de Hucknall.
—¿Quién? —preguntó Sarah, alzando un poco la voz.
—Los que están detrás de esto —dijo él, blandiendo el informe de Godin—. Podría haber micrófonos en la habitación.
—Me estás asustando otra vez, Ed —dijo ella.
Él la miró fijamente.
—Escúchame, Sarah. Yo no quería en absoluto que nada de esto te afectara.
—¿A qué te refieres?
—A lo que te expliqué antes de casarnos. A ellos, a la organización, a Tifón. Y ahora a este falso diagnóstico. Me han encontrado.
—Tú has tenido cuidado. ¿Cómo lo han conseguido?
—No lo sé. Quizá detuvieron al tipo que falsificó mis documentos y le obligaron a hablar. Sabemos que los federales están en el ajo. El propio subdirector de la agencia, por el amor de Dios.
Ella le apretó la mano.
—¿No estarás exagerando? Lo de la radiografía de Godin podría ser simplemente una confusión.
Él volvió a levantarse bruscamente. El álbum de Simply Red que había puesto hacia la mitad terminó con otro coro.
Ed le dio la vuelta, estampando la aguja a media canción sin el menor cuidado.
Cuando el sonido volvió a ser ensordecedor, fue a buscar su maletín, sacó el pasaporte y se lo enseñó a Sarah.
—Prueba B.
—¿Qué pasa con el pasaporte? —preguntó ella.
—No te lo había contado, pero los agentes de inmigración me retuvieron la segunda vez que fui a las islas Vírgenes Británicas.
—¿Qué ocurrió?
—Los agentes se llevaron mi pasaporte. Regresaron al cabo de unos minutos y me lo devolvieron. Pero había algo que no cuadraba. El visado parecía estar en una posición distinta; algunos de los otros sellos también.
—Eso suena un poco paranoico. ¿Por qué iban a querer manipular tu pasaporte de esa manera?
—No lo sé. Quizá a alguien no le acabó de gustar el trabajo de Dumfries; quizá detectaron un defecto menor que podía provocar algún día mi arresto en inmigración y decidieron «mejorarlo».
Volverlo más legal. Ya sabes, con todas las marcas de agua y demás.
Luego hicieron que los agentes de las islas Vírgenes Británicas me dieran el cambiazo.
—¿Por qué iban a querer ayudarte de ese modo?
—Quizá mis suposiciones eran erróneas. Cuando ellos enviaron a Carl a por mí, querían matarme.
Pero podría ser que luego cambiaran de idea.
Quizá pensaron que nueve años de adoctrinamiento en la Granja no podían desperdiciarse.
Así que armaron esta farsa: el puesto de trabajo, que sin duda prepararon especialmente para mí, esta casa…
Subieron la apuesta. Cuando llegue la hora de la verdad, no tendré alternativa.
Tendré que seguir su plan, sea cual sea.
Y ahora hay dos médicos que podrían arruinarme la vida.
—¿Cómo?
—Tienen pruebas de que soy adicto a la meta.
—¿A la meta? ¿Tú? —exclamó Sarah.
—Yo estaba un poco hiperactivo. Pensaba que era por la presión del trabajo, pero resulta que hay algo más. Está en el informe de Cusemano.
—Eso es increíble —dijo ella.
—Te lo juro, yo nunca he consumido drogas conscientemente. Por lo que yo sé, podría ser el café del trabajo mezclado con dexedrina triturada. En todo caso, con eso bastaría para inhabilitarme. Otro anzuelo con el que me tienen pillado.
A ella casi se le quebró la voz.
—Ya lo averiguaremos —dijo roncamente—. Ve a ver a Godin, plántale cara, oblígale a explicarse.
—Explicar… ¿qué? Querían hacerme un agujero en la cabeza sin ningún motivo. En realidad, querían hacerme una lobotomía utilizando la radiografía del cerebro de algún pringado.
Ahora Sarah tenía una expresión de terror en la cara.
Ed bajó la voz.
—La operación de Godin era una tapadera.
No se habría realizado en el Baptist Hospital.
Probablemente la ambulancia me habría llevado a otro sitio.
Yo habría despertado convertido en una especie de zombi, habría cogido una bomba, conducido hacia el este y…
adiós muy buenas. Todo el mundo que me conoce habría dicho que estaba actuando de un modo extraño, que enloquecí, que me entró una paranoia bajo la influencia de las drogas. Todo a causa de mi pasado, ¿entiendes?
Sarah lo miraba fijamente, con los labios fruncidos, sin decir nada. Ed no lograba discernir si le seguía o no. De todos modos, prosiguió:
—Apuesto a que mi sangre está ahora mismo en el refrigerador de un laboratorio, repleta de esa droga, esperando a que el FBI la encuentre una vez que yo haya desaparecido.
Sí, me tienen cogido por las pelotas, Sarah.
Supongo que he sido un idiota. Todos esos cócteles después del trabajo contenían droga.
Al principio pensé que volvía a casa un poco achispado.
Luego pensé que tenía un problema con la bebida.
Por lo que yo sé, la droga podría estar en el dispensador de agua que queda junto a mi oficina en Merriweather’s y que nadie utiliza, salvo yo.
Ahora ella tomó la palabra.
—Escucha, Ed. Ya sé que estás tratando de encontrar explicaciones, pero lo que dices no acaba de tener mucho sentido.
Él apretó los puños, notó que se le encendían las mejillas.
—¿Ah, no? Supongo que para ti no lo tiene, porque tú has llevado una vida privilegiada, con tus amores trágicos y demás, mientras que yo llevo viviendo esto —agitó las manos— desde que tengo memoria.
Sarah se ruborizó.
—Ed, yo estoy de tu lado, ¿recuerdas?
Él respiró hondo.
—Tienes razón. Perdona. —Volvió a sentarse en el extremo del sofá, con la mirada fija en la pared y las manos entrelazadas.
—Escucha, Ed. Yo no entiendo nada de todo esto, pero desde luego tenemos que ir a la policía. Ese médico es un impostor.
Él se rio con amargura.
—Sí, un impostor como yo. Hagamos que detengan a Godin por mala praxis… y seré yo el que acabe detenido en un santiamén.
Ahora Mick Hucknall había pasado a una canción titulada «Enough». Parecía la más adecuada para terminar la conversación.
Se hizo un silencio entre ambos. Ed se sentía desgarrado por dentro. Tomó una decisión. Aquella vida tenía que acabar de una vez, inmediatamente. Iba a huir. Pero no era posible que Sarah se fuera con él; el bebé se había encargado de impedirlo.
—¿Qué vas a hacer, Ed? —preguntó ella.
—Estoy pensando —respondió él con tono sombrío. Pero el tiempo para pensar ya había concluido.
Entonces el disco llegó al final y el brazo del estéreo se levantó y regresó a su soporte con un clic, como muy satisfecho de sí mismo.