Número desconocido Capítulo 34 #3
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Capítulo 34 #3

—Como le he dicho, yo no juzgo a mis pacientes.

Pero, al examinarle, observé cierta dilatación de las pupilas, pérdida de peso, retracción de las encías…

Tiene un ritmo cardíaco elevado y lo que solamente podría describir como signos de hiperactividad.

No es usted el primero. Veo a muchos pacientes que toman sustancias para ayudarles a sobrellevar su ritmo laboral.

Pero las metanfetaminas pasan factura, y no solo físicamente.

Cuando el sistema ya no reacciona ante la estimulación, se entra en lo que llamamos una fase de agitación.

Yo diría que usted ha alcanzado esa fase, señor Cruz.

Los síntomas psicológicos de esa clase de agitación son los que usted presenta: ansiedad, insomnio, cambios de humor, paranoia, alucinaciones.

—Yo nunca he tomado speed —respondió Ed, aunque con la voz estrangulada. Él nunca había tomado esa droga a sabiendas, pero ¿tal vez se la habían administrado? ¿Cómo? ¿Cuándo? Cusemano estaba sugiriendo un consumo durante un largo período de tiempo. ¿Acaso lo habían estado dopando sistemáticamente?

—La primera fase de la adicción es la negación, señor Cruz —dijo Cusemano—.

Si lo desea, puedo recomendarle una clínica.

Y, por supuesto, este informe es confidencial y no llegará a manos de nadie más.

Se lo enviaré por correo junto con mis honorarios.

Llámeme, por favor, si tiene más preguntas.

—Dicho esto, el médico colgó bruscamente.

Era la víspera de la festividad, al fin y al cabo.

Sin duda tenía una cita urgente en el campo de golf.

Iba a vivir. La sombra que se había cernido sobre él desde la primera consulta con Godin se había esfumado.

Era como si un sol deslumbrante entrara en una celda oscura.

Por un momento, la felicidad que sintió fue completa.

Luego hubo un cambio. Buscó en su maletín y sacó el informe de Godin.

Ahí estaba, negro sobre blanco. Su estado de ánimo cambió bruscamente.

Ahora, de repente, se sorprendió desconfiando de Cusemano.

Pasó de una idea a otra varias veces; finalmente, se decantó por su impresión inicial.

Cusemano decía la verdad. Godin había mentido.

¿Por qué? Él estaba decidido a operar. Quería hurgar en su cerebro, como aquellos médicos nazis de aspecto inofensivo que durante la Segunda Guerra Mundial realizaban vivisecciones con humanos.

Cuando se manipulaba la función cerebral, la conducta se alteraba. ¿De eso se trababa, en definitiva?

¿Por qué iba a querer manipularlo un médico? Solo cabía una explicación: Tifón lo había encontrado.

En un país de doscientos cincuenta millones de habitantes, lo habían encontrado.

Ese descubrimiento cayó sobre él como una plancha de acero. Todo encajaba. El falso diagnóstico, las drogas, el problema con el pasaporte, incluso la facilidad con la que había conseguido su puesto en Merriweather’s…

¿Por qué hacía tanto frío en el estudio? El aire acondicionado solo funcionaba a medias, pero él estaba temblando.

Miró a su alrededor. Quizá el teléfono estaba pinchado; quizá toda la casa estaba pinchada.

Si lo habían encontrado, ¿a qué estaban esperando?

El código de conducta era bien claro: si el informe de Cusemano llegaba a manos de un comité supervisor, lo inhabilitarían como abogado de inmediato.

Eso supondría el fin de Merriweather’s, de su carrera profesional, de su casa de Lenox Avenue, y posiblemente de su identidad secreta.

Implicaría tal vez la cárcel. ¿Y qué pasaría con el bebé, con aquel hijo inesperado?

Tal vez Tifón estaba esperando porque lo quería vivo, sumiso, atrapado.

La periferia de su visión se cernía sobre él.

Se sentía tan impotente como cuando tenía nueve años.

Miró sin ver el jardín donde había enterrado la caja de sus recuerdos.

Quizá aquella pequeña medida de seguridad no era tan ingeniosa como había creído.

Si ellos sabían todo lo demás, podía ser que también tuvieran conocimiento de aquello.

El abogado con el que había hecho prácticas y al que le había confiado la carta tenía conexiones con Merriweather.

¿Tal vez ya la había abierto? Incluso si era honrado, Ed estaba seguro de que cuando él desapareciera, la caja también habría desaparecido antes de que su abogado viniera a buscarla.

Impulsivamente, se levantó, salió al jardín trasero, cogió una pala y desenterró la caja de latón, que estaba salpicada de barro. La abrió. Todo seguía tal como lo había dejado.

Una o dos semanas atrás había instalado un sistema de riego por aspersión, y justo entonces cobró vida de repente, lanzando agua pulverizada por el jardín, mojándolo tanto a él como el contenido de la caja.

La luz de la mañana centelleó en los chorros de agua, formando un arcoíris.

Se apresuró a entrar de nuevo en casa, tiró la caja de latón y metió la Biblia, la libretita y los papeles en el cajón de su mesilla de noche, junto al móvil abandonado.

Volvió a su estudio y reflexionó. Necesitaba otro sitio donde esconder aquel seguro de vida. ¡Qué demonios!, necesitaba un plan de huida.