Capítulo 34 #2
Para practicar la biopsia, dado que era necesaria una trepanación con el fin de sacar una muestra de tejido, explicó Godin, exigía anestesia general.
Los resultados estarían en dos días. Instó a Ed a programar la prueba lo antes posible.
Insistió en que fuera antes de Navidades; dada la incertidumbre sobre el diagnóstico, el tiempo era esencial.
Sin embargo, si se trataba de un cáncer, como él sospechaba, no tenía por qué ser fatal.
En caso de que la biopsia confirmara sus sospechas, el mismo orificio de la trepanación serviría para llevar a cabo después la intervención.
La operación en sí era segura, el pronóstico era bueno y la cicatriz sería muy pequeña y resultaría invisible en cuanto le volviera a crecer el pelo.
Confiaba en un restablecimiento completo, pero le advirtió a Ed que podría experimentar dolores de cabeza, náuseas, alteraciones del habla, problemas de conducta, cambios de humor y trastornos de memoria, aunque tales síntomas se aliviarían con el tiempo.
Sugirió que tras la operación no recibiera visitas durante un par de semanas; el silencio contribuiría a su recuperación.
Ed volvería a ser el de siempre en cuestión de un mes, le aseguró a Sarah.
Lo único que había que hacer era programar la biopsia.
Ed le apretó la mano a Sarah, sonrió lo mejor que pudo y dijo:
—Claro, doctor. Sarah y yo analizaremos las fechas y volveremos a contactar con usted.
Godin arrugó ligeramente la frente, como si le disgustara que un simple paciente pretendiera condicionar su agenda, pero al cabo de un momento reapareció su bondadosa sonrisa.
—Desde luego —dijo—. Tómese su tiempo. Aunque tampoco demasiado, joven. Se trata de un problema serio, pero curable. —Dicho esto, se levantó y le estrechó la mano a Ed y también a Sarah.
—¿Por qué no has querido programarlo directamente? ¿Es por el dinero? —preguntó Sarah cuando salieron al aparcamiento.
Él se detuvo y echó un vistazo a la fachada del edificio de oncología.
—Tenemos el seguro de Merriweather’s —respondió.
—Entonces ¿cuál es el problema?
—Quiero una segunda opinión —dijo él.
—Pero los médicos de este hospital son los mejores de Miami —argumentó Sarah.
Algo rabioso empezaba a bullir en él, tan rabioso como el sol que caía a plomo sobre el aparcamiento.
—Tú hazme caso, ¿quieres? —dijo con brusquedad, y cruzó a grandes zancadas el asfalto ardiente hasta el coche.
Como por solidaridad con los problemas de salud de Ed, Sarah había empezado a sufrir fuertes cólicos abdominales.
Decidió visitarse también en el Baptist Hospital y le recomendaron que se hiciera una radiografía.
Ed accedió a recogerla con el coche después de la prueba.
Ahora los pasillos del hospital ya le resultaban familiares y los recorrió sin mirar siquiera los rótulos, con el rostro taciturno y la mirada baja.
Se llevó una sorpresa al llegar a la sala de espera de radiología y encontrarse a Sarah, no sentada con la docena de personas que aguardaban allí, sino de pie junto a las puertas.
Sujetaba en la mano un objeto de plástico blanco y azul con forma de lápiz.
—¿Ya te han hecho la radiografía? —preguntó Ed.
—No —respondió Sarah.
—¿Por qué no?
Ella desvió la mirada.
—Hay cierto tipo de personas a las que no dejan entrar en la sala de rayos X, a menos que se trate de una emergencia. Y yo soy una de ellas, Ed —dijo.
—¿De qué estás hablando?
Sarah le mostró la varilla. Ed observó que tenía en un lado un pequeño panel donde había un grueso trazo azul a la derecha y uno morado muy débil a la izquierda.
—¿Qué es esto? —dijo, aunque se hacía una idea bastante aproximada.
—El radiólogo me ha preguntado si podría estar embarazada y, bueno, supongo que se me ha encendido una bombilla de repente. Me he excusado, he ido a la farmacia, he comprado uno de estos kits de embarazo… Y este es el resultado.
—¿Estás embarazada?
Ella asintió.
—¿Cómo?
—Creo que eres capaz de imaginártelo, Ed.
Él se quedó un momento callado.
—Habíamos hablado de esto, Sarah.
—Sí, Ed, lo hablamos, pero hablar no lo es todo.
A veces se producen accidentes… y, ¿sabes qué?
—Algunas personas de la sala de espera habían vuelto la cabeza y ella bajó un poco el tono—.
De todas las cosas de mierda que han pasado en los últimos meses, esto podría ser algo bueno. Lo único bueno, Ed.
Él la miró; luego se volvió hacia la gente de la sala de espera, que, al percibir su mirada, se concentró otra vez en sus revistas o en mirar la pared.
—Vamos a hablar a otra parte —dijo.
—Buena idea—respondió ella.
Durante el trayecto a casa, permanecieron en silencio. Ed se sentía asustado, pero también liberado de sus propias angustias. Se sorprendió a sí mismo bajándose rápidamente del coche y rodeándolo para abrirle la puerta a Sarah. Ella lo miró de soslayo mientras subían los escalones.
—¿A ti te parece bien? —preguntó.
—Vamos a entrar —dijo. Y eso fue lo último que dijeron al respecto aquel día. De hecho, lo último que dijeron sobre ello en una semana.
Ed se tomó otra baja médica. Benzema parecía estar completamente enterada del diagnóstico de Godin, pese a la supuesta confidencialidad médico-paciente (al fin y al cabo, era Merriweather’s quien pagaba la consulta), y le dijo que volviera el lunes después de Acción de Gracias.
Él le dijo a Sarah que iría solo al consultorio del doctor Cusemano para recabar una segunda opinión. También le dijo que eso no lo cubriría el seguro de Merriweather. El saldo de la cuenta se iba a resentir, tal como se había resentido con su improvisado vuelo chárter.
La espera de los resultados de las nuevas radiografías y de los análisis de sangre se le hizo muy larga.
Cusemano llamó a su casa el día antes de Acción de Gracias. Ed le había dicho a Sarah que prefería recibir las noticias a solas. Ella había salido con su cavalier.
—Hay una buena noticia y una mala —dijo Cusemano—. La más importante es que la radiografía no muestra una oclusión del lóbulo frontal; dicho de otro modo, no hay ningún tumor cerebral.
Ed, que estaba de pie y agarraba el teléfono con fuerza, se sentó de golpe en la silla del estudio.
—¿Cómo? ¿Que no hay tumor?
—Correcto —respondió Cusemano.
—¿Cómo pueden haberse equivocado los médicos del Baptist Hospital? —preguntó.
Cusemano se quedó callado un momento.
—Los errores existen, señor Cruz.
—No un error tan grande —respondió Ed.
—Ahora no es momento de comentar el trabajo de otro médico —dijo Cusemano remilgadamente—. Mi misión es darle el mejor consejo posible. Si está descontento con el diagnóstico anterior, le sugiero que presente una queja en el hospital.
Ed apenas le oía. La cabeza le daba vueltas.
Había mirado de frente a la muerte. Y ahora llegaba el indulto.
Tenía ganas de reír y de llorar a la vez.
Sus emociones se interrumpieron cuando recordó un hecho desnudo.
Él había visto las radiografías de Godin; todavía las tenía en su maletín.
¿Acaso las habían confundido con las de otro paciente?
¿Cómo podía ser? Tal como él acababa de decirle a Cusemano, no se producían errores de esa magnitud.
Se dio cuenta de que el médico estaba esperando a que dijera algo.
—Disculpe. Me ha dicho que había otra cosa.
Cusemano respiró hondo al otro lado de la línea.
—Así como mi misión no es criticar a otro médico, tampoco me corresponde a mí comentar los hábitos privados de un paciente…
Hizo una pausa.
—¿Pero? —dijo Ed, instándole a continuar.
—Pero lo que veo en el informe de toxicología, señor Cruz, podría explicar la causa de su estado mental en los últimos tiempos.
—¿El informe toxicológico? ¿Qué pasa con él?
—Señor Cruz, hay elevados niveles de metanfetaminas en sangre. Lo suficiente para indicar un consumo muy serio.
—Eso es imposible —respondió él.