Número desconocido Capítulo 34
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Capítulo 34

La semana después del viaje a Tórtola, llamó a la oficina para decir que estaba enfermo. Se pasó un montón de tiempo vigilando Lenox Avenue. Pero no había policías ni sospechosos merodeando cerca de la casa. Todo parecía normal.

Algo le reconcomía por dentro, un hambre que no podía saciar. Sentía que algo se le escapaba, algo tangible. Estar lejos de la oficina no hacía más que empeorarlo.

Y no lograba olvidar el extraño tono de Sarah al teléfono.

Después de su inesperado regreso, la relación entre ambos se había vuelto tensa.

Ella parecía tenerle miedo. Dormía en la habitación de invitados.

Pasaban horas sin dirigirse la palabra. En ese vacío emocional, él empezó a analizar fríamente su relación.

Empezó a preguntarse si las cosas habían resultado demasiado fáciles entre ellos.

Algunas preguntas que nunca se había planteado parecían exigir ahora una respuesta.

Una mañana, le dijo a Sarah que iba a dar una vuelta en coche para despejarse.

En lugar de eso, fue a la biblioteca pública del Centro Cívico.

Se pasó una hora hojeando las guías telefónicas de aquellos estados en los que sabía que vivían los Cuervo que habían asistido al funeral y a la boda.

Había bastantes Cuervo, sin duda; no era un apellido infrecuente.

Ahora bien, ¿las iniciales y las direcciones coincidían con las de las personas que había conocido en aquellas dos ocasiones?

A continuación, solicitó el programa de estudios del Miami Dade.

Cuando le trajeron la microficha, la pasó por el lector hasta llegar a la sección de Lenguas Romances.

El folleto del curso mostraba que la mayor parte del programa de intercambios se hacía con la Sorbona de París. Así que al menos esa parte cuadraba.

Alguien se había molestado en incluir en una microficha la información sobre el curso de la Sorbona y sobre los profesores y tutores que participaban en él.

Incluso había fotografías. Fue pasando la lista y, de repente, encontró la foto de Alex Leroy.

Era tal como se lo había imaginado. Un tipo de treinta y pocos años, de rostro galo, barbita incipiente a la moda y unos ojos penetrantes, lo mirada fijo.

La información adicional sobre sus credenciales estaba en francés, naturalmente, un idioma que apenas conocía.

Pero al final de los datos biográficos, figuraba su número personal en la facultad.

Un diablillo perverso le incitó a anotarlo.

Sus ojos se volvieron hacia los teléfonos que había al otro lado del vestíbulo de la biblioteca.

Aún no habían dado las once; estaban dentro del horario laboral en Francia.

Buscó unas monedas en su chaqueta. No tenía muchas, y las llamadas internacionales costaban 3,60 dólares el minuto.

Pero tenía las suficientes para una breve llamada.

Decidió que al menos quería escuchar la voz de Leroy.

Se levantó con rigidez y cruzó el vestíbulo hasta una de las cabinas.

Levantó el auricular e introdujo en la ranura hasta la última moneda que tenía.

Marcó el 011, y a continuación el 33 y el número que figuraba en el folleto.

Hubo una pausa, luego el curioso doble timbrazo del sistema francés, seguido de otra pausa, y vuelta a empezar.

Una parte de él estaba deseando que nadie respondiera.

Los timbrazos se interrumpieron de golpe.

— Oui? —dijo una voz masculina al otro lado de la línea. Las monedas cayeron bruscamente en la caja del teléfono.

—¿Hablo con Alex Leroy? —se oyó decir a sí mismo, sin preguntar siquiera si entendía el inglés.

—Sí, soy Alex Leroy. ¿Quién es?

Ed pensó rápidamente y le vino a la cabeza el nombre de su amigo de Merriweather’s.

—Me llamo Gordon Robertson. Soy un abogado de Miami.

—Sí, señor Robertson. ¿En qué puedo ayudarle?

—Estoy intentando localizar a una alumna de intercambio que estuvo con usted en París: Sarah Cuervo. —Hizo una pausa, y añadió—: Tengo entendido que usted la conocía bien.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea; luego Leroy dijo:

—¿Por qué está interesado en Sarah? ¿Le ha sucedido algo?

—Como le he dicho, estoy tratando de localizarla. Ha desaparecido. ¿Ha estado en contacto con usted?

Hubo otra pausa, quizá solo un instante para respirar.

—Mire, señor Robertson. No sé por qué cree que ella se habría puesto en contacto conmigo después de tanto tiempo. Yo apenas la conocí. Ella fue muy infeliz en París. Después del incidente, abandonó el curso y, por lo que yo sé, regresó a Estados Unidos.

Ed se quedó helado.

—¿Qué incidente? —preguntó.

—Seguro que usted ya lo debe saber, señor Robertson. Sarah intentó quitarse la vida. Una sobredosis. Los médicos la atendieron justo a tiempo. Supongo que me llama por eso, ¿no? Porque ha desaparecido y usted teme que haya hecho otro intento…, ¿correcto?

—¿Sabe por qué intentó suicidarse? —preguntó Ed.

—Como le digo, era muy infeliz; una persona introvertida, deprimida. No la clase de alumna que yo recomendaría para un intercambio en una ciudad como París. Bien, creo que ya le he dado toda la información que puedo proporcionar. Si tiene más preguntas, le sugiero que hable con el decano.

¿Estaba nervioso, a la defensiva? ¿Y había descrito fielmente a la Sarah que él había conocido en el Over ya no había más viajes al Caribe. Convertirse en socio parecía un objetivo imposible.

Una semana más tarde se produjo el bombazo.

El médico le había encargado que se hiciera unas «pruebas de rutina: solo para ver si hay alguna causa subyacente del insomnio».

Empezaron con una radiografía de la cabeza.

Al médico no le gustó lo que encontró, fuese lo fuese, lo derivó a un especialista llamado Godin.

Por muy frío que hubiera sido el ambiente en casa durante las últimas semanas, aquella derivación tuvo el efecto de romper el hielo.

Sarah dejó de sentirse atemorizada. Ahora estaba sinceramente preocupada y volvió al dormitorio con él.

Se abrazaron una y otra vez cuando llegó el día de la cita en el Baptist Hospital de North Kendall.

El nombre del servicio bastaba para helar la sangre: departamento de Neuro-Oncología.

Godin tenía un despacho impresionante: elegante mobiliario de cuero, escritorio de madera de cerezo, fotos familiares con marco de plata y varios diplomas en la pared.

A través de la ventana se veía un lago centelleante flanqueado de palmeras.

Godin parecía un monje bondadoso: un sesentón calvo y con arrugas de aspecto sencillo, con una sonrisa amable, unas manos expresivas de largos dedos, como las de un concertista de piano, y unos afectuosos ojos grises que parecían contener toda la sabiduría humana.

Como si obedeciera a un resorte secreto, sin embargo, la expresión del médico, inicialmente educada y cálida, se volvió empática y preocupada cuando les mostró la radiografía del cráneo.

Había una pequeña masa que comprimía el lóbulo frontal, lo cual, entre otras cosas, estaba afectando a sus patrones de sueño.

Esa masa podía resultar maligna. Había que practicar una biopsia, dijo Godin.

Si sus sospechas se confirmaban, debería operarse y someterse luego a radioterapia.