Capítulo 33 #3
Eran las ocho de la noche. Condujo por la vía fluvial, junto a la MacArthur Caseway, y giró a la izquierda en Lenox.
Era una larga avenida de unos dos kilómetros, interrumpida entre las calles Once y Doce por el parque Flamingo y sus instalaciones deportivas.
El 1330 estaba justo al norte de la primera de ellas, el estadio Abel Holtz.
Se detuvo allí, aparcó a sotavento, bajó del coche y tomó el camino que bordeaba el parque.
No había nadie a aquella hora. Al llegar al estadio de béisbol, giró a la izquierda hacia su casa.
Rodeó con sigilo el muro situado a la altura de la intersección de Lenox con la calle Catorce y atisbó hacia el sur el 1330, a cincuenta metros de distancia. Ningún movimiento.
Se acerco sigilosamente a la casa, pegado a la sombra de los arbustos que sobresalían de los muros de la propiedad vecina.
Allí había un sendero de acceso y una zona pavimentada de aparcamiento, ahora solo ocupada por el Cavalier de Sarah.
Se veían luces a través de las cortinas de la sala de estar.
Todo parecía normal. Pero no lograba zafarse de la sensación de que algo le estaba esperando.
A uno y otro lado de la casa, había senderos que conducían al jardín de detrás.
Tomó el de la izquierda y dobló la esquina.
Como siempre, la puerta trasera no estaba cerrada con llave.
Aquella era una zona prácticamente libre de delincuencia.
Abrió la puerta con sigilo y entró en la cocina, que estaba a oscuras.
La temperatura era todavía de unos 25 ºC y se oía el zumbido amortiguado del aire acondicionado en el interior de la casa.
Rodeó a tientas la isla de la cocina. La puerta que daba al pasillo y a las habitaciones de delante estaba abierta.
Ahora, por encima del aire acondicionado, distinguió una voz.
Venía de la sala de estar. Era Sarah. ¿Con quién hablaba?
Avanzó por el pasillo más allá del dormitorio.
Ahora que estaba más cerca, la oyó mejor y dedujo que hablaba por teléfono.
Pero había algo raro en su voz. Sonaba… ¿asustada?
—No, no se ha quejado, pero parece muy cansado…
Daba la sensación de que elegía cuidosamente las palabras. La persona al otro lado de la línea debió interrumpirla, porque hubo un silencio durante unos segundos.
—En un mes. Quizá en dos —respondió Sarah.
Hubo otra pausa.
—Sí, será mejor que cuelgue. Estoy esperando a que me llame. —Luego sonó el ruido del auricular sobre el soporte. Ed oyó que Sarah respiraba profunda y entrecortadamente.
Una parte de él había decidido retroceder en silencio, salir de casa, recoger el coche y llevarlo hasta allí como si no hubiera pasado nada. Pero la otra se hallaba en el umbral de un lugar muy oscuro. Y exigía respuestas ya.
Entró en la sala de estar. Sarah dio un grito. Su rostro, casi irreconocible, era como una máscara de terror primitivo. Ed sintió lo que debe sentir un asesino antes de apretar el gatillo o de clavar el puñal…, cuando está decidido a actuar y ya es demasiado tarde para detenerse.
Ella dio un paso atrás y estuvo a punto de derribar la lámpara de la mesita que tenía detrás.
—Ed, ¿qué haces aquí? —acertó a decir.
—¿Con quién hablabas por teléfono? —preguntó él.
Titubeó unos instantes
—Era… solo era Emma.
Ed no respondió enseguida. Por motivos que no habría sabido explicar, dado que estaban hablando de una conversación telefónica, primero recorrió la habitación, buscando señales que indicaran que alguien más había estado allí.
Incluso apartó las cortinas para comprobar que no había nadie escondido detrás. Luego se volvió hacia ella.
—¿Qué es lo que va a pasar dentro de un mes o dos?
De nuevo, ¿volvió a titubear?
—Ella estaba hablando de venir a vernos.
—¿Y qué tiene eso que ver con que yo esté muy cansado?
—Solo… por si era un buen momento para visitarnos, nada más. Por el amor de Dios, Ed. Me has dado un susto de muerte. ¿Qué estás haciendo aquí? Se suponía que debías estar en el Caribe.
—¿Sí? Bueno, ha surgido algo.
—¿Qué quieres decir?
Él trató de calmar su respiración, de aplacar sus palpitaciones.
—Me he encontrado a alguien…, a alguien del pasado.
—¿Quién?
—Un tipo llamado Moss. Nos conocimos el primer día en Northeastern. Y ahora, de repente, aparece como salido de la nada en el mismo bar que estaba yo de Tórtola.
Ella permaneció callada mientras asimilaba sus palabras.
—¿No podría tratarse de una coincidencia? —dijo, al fin.
—Yo ya no creo en las coincidencias —respondió Ed—. ¿Ha estado alguien aquí?
—Nadie. Aparte de Emma, no he hablado con nadie en toda la tarde.
—¿No has visto a nadie fuera? ¿Ningún coche de policía?
—Nada. —Sarah se puso a llorar. Una reacción ante la impresión—. Estás asustándome, ¿sabes? Asustándome de verdad.
Él notó que el pulso le latía con fuerza en los oídos.
Tenía un trozo de la cortina estrujado en la mano, y los nudillos muy pálidos.
En la expresión de Sarah, sin embargo, había algo tan suplicante que poco a poco su corazón se aplacó y los oídos dejaron de zumbarle.
Sintió que la ola de oscuridad empezaba a alejarse.
Estaba hablando con Sarah, simplemente con Sarah.
Pero el demonio que tenía en su interior le susurró: ¿por qué no le había oído nunca ese tono asustado con el que hablaba por teléfono? Esa no parecía Sarah.
En todo caso, si no era Emma la persona con la que estaba hablando, ¿quién era? Podía llamar a la operadora y preguntar el número, pero no delante de Sarah. Y las posibilidades de rastrear una llamada eran escasas: podía haber sido redirigida a través de una serie de conexiones distintas.
Soltó la cortina y se acercó a Sarah. Ella dio un respingo hacia atrás y esta vez la lámpara de la mesita se tambaleó y cayó con estrépito.
Él alzó las manos.
—No te voy a hacer daño, Sarah —dijo—. Escucha, ahora voy a buscar el coche. ¿Por qué no preparas unas copas? Así hablamos de todo esto, ¿vale?
Sarah asintió, pero había una expresión de recelo en su rostro.
Ed retrocedió y fue hacia la puerta principal.
—Solo tardaré cinco minutos —dijo.
Ella no respondió.