Capítulo 33 #2
Cuando volvió a su habitación, sacó de nuevo el pasaporte y lo observó.
¿Acaso estaba imaginándose cosas? Entre sus largos horarios y las sesiones de copas con Benzema después del trabajo, no se había sentido él mismo durante los últimos meses.
Guardó el pasaporte. Las paredes de la lujosa habitación parecían caérsele encima.
Decidió salir. Se puso una camisa hawaiana de tonos apagados, unos vaqueros y unas gafas de sol, y se dirigió a la zona del puerto.
Se sentó en la terraza de un bar del muelle y pidió una cerveza Red Stripe.
Le sirvieron simplemente la botella. El resto de la clientela estaba formado principalmente por los tripulantes de los yates, vestidos con bermudas y camisetas, que consumían cerveza y buñuelos de caracol a ritmo acelerado.
Dio un trago a su Red Stripe. El líquido fresco y ambarino le tranquilizó.
No había nada de qué preocuparse. Un par de cervezas más, una degustación de la cocina local y volvería al hotel para acostarse temprano…
Entonces apareció una sombra sobre su mesa y alguien se sentó bruscamente en la silla contigua.
—Así que los muertos siguen bebiendo —dijo el recién llegado, poniéndole otra Red Stripe delante.
Ed se volvió para mirarlo. Un hombre bajito con una estridente camisa hawaiana y unas Ray-Ban sobre la frente estaba sentado ahí sosteniendo su propia botella de Red Stripe.
Había transcurrido casi una década, pero lo reconoció en el acto.
Su pelo rojizo mostraba ahora grandes entradas y su tez pálida estaba cubierta de pecas a causa del sol tropical.
Su sonrisa era igual, aunque los dientes le amarilleaban por el tabaco.
Era Moss, el alumno de Northeastern del que se había hecho amigo durante aquella única y breve jornada en la universidad.
—¿Vas a fingir que no me conoces? —preguntó Moss.
Ed no dijo nada. Las palabras se le atascaban en la garganta. Sintió frío, pese al sol ecuatorial de mediodía.
Moss se echó hacia delante.
—No pasa nada, hombre. Ya lo entiendo. Todos leímos los periódicos entonces: «Alumno de Northeastern desaparecido.
Muerte sospechosa de su padre adoptivo».
Déjame adivinarlo. Se te fue la olla: otro patriarca abusivo que muerde el polvo…
—Se echó a reír—. Ojalá yo hubiera tenido cojones para hacer lo mismo.
—Le dio otro trago a su cerveza—. Pero, oye, si me hubieran pagado un dólar cada vez que me interrogaron sobre ti…
La policía, luego los federales, después un «funcionario» del Gobierno anónimo y supersecreto…
Me hicieron creer que eras un espía ruso o algo así.
Todos estaban enloquecidos contigo, Ed…, bueno, si es que aún te haces llamar Ed.
Las palabras finalmente acudieron a sus labios.
—¿Qué quieres, Moss?
—¿Qué quiero? Jo, vaya gratitud. Te acabo de invitar a una cerveza.
—Yo no te lo he pedido.
Moss suspiró.
—Mira, Ed, yo no sé lo que te pasó. Simplemente me alegro de que las cosas parezcan haberte ido bien.
Aquí estamos: dos tipos agradables pasando un rato en un lugar agradable.
¿Y qué si enviaste al tipo a la mierda? Igual que yo.
—Señaló el océano azul—. Ahora voy allí donde la hierba sea buena y nadie me atosigue.
Tengo un bonito yate amarrado ahí. Se llama Shona.
El sucesor de Madeline. ¿La recuerdas de Northeastern?
Era atractiva, pero resultó ser muy temperamental.
La misma historia con Shona. Ella también cortó conmigo.
Así que ahora necesito otro yate. Trae mal karma conservar el que lleva ese viejo nombre, ¿sabes? Bueno, dime, ¿qué te pasó realmente?
Ed se levantó con brusquedad.
—Mira, Moss —dijo—, nosotros no nos conocíamos entonces.
Solo nos vimos un día. Pero, en contra de lo que crees, yo no maté a nadie.
Desaparecí, cierto. Por un motivo. Hice lo que tenía que hacer, aunque implicara dejar la universidad incluso antes de empezar.
Eso es lo único que voy a decirte. Así que ahora olvida, por favor, que me has visto, ¿vale?
—Dejó un billete de diez sobre la mesa—. Con esto bastará para pagar la bebida.
El rostro de Moss se demudó. La cordialidad había desaparecido de golpe. Ahora en sus ojos claros había una expresión rencorosa, como si le irritara que se le negara una jugosa historia.
—Como tú quieras. Para ser sincero, ya eras un poco gilipollas entonces, Ed —dijo.
Él giró sobre sus talones y se alejó en la dirección opuesta a su hotel.
No quería que Moss supiera a dónde iba. Echó un vistazo hacia atrás y vio que Moss seguía mirándole con la misma expresión hostil.
Tomó una travesía lateral y luego retrocedió por las callejuelas dando un rodeo.
Sudaba profusamente. Se secó la frente y las manos mientras se apresuraba a entrar en el vestíbulo del hotel.
Se fue directo a la recepcionista, la misma señora caribeña —Dolores, según su placa de identificación— que lo había recibido aquella mañana.
—Tengo que dejar la habitación —dijo.
—Pero si acaba de llegar, señor Cruz.
—Ha surgido un imprevisto en la oficina. Necesito volar a Miami hoy mismo.
—No hay ningún vuelo hasta mañana, señor —le informó Dolores.
—¿Cuál es el aeropuerto más cercano que tiene vuelos hoy? —preguntó.
—El de Puerto Rico.
—¿Hay alguna compañía chárter que pueda llevarme allí?
—Claro. Island Wings. Pero le saldrá caro.
—El precio no importa. Llámeles, por favor.
Dígales que estén listos en media hora. Y aquí tiene por las molestias —añadió, deslizando un billete de veinte por el mostrador.
Sin esperar a que le diera las gracias, se apresuró a subir a la habitación que aún no había usado, recogió su bolsa de viaje y volvió al vestíbulo.
—Todo arreglado, señor —dijo Dolores—. Hay un taxi esperándole.
Ni siquiera fue consciente de lo que había respondido mientras salía del hotel precipitadamente.
Escudriñó la calle a derecha e izquierda.
Ni rastro de Moss, ni rastro de la policía.
¿Sería Moss capaz de avisar la policía? Por lo poco que lo conocía, más bien suponía que no.
Aunque probablemente debía ser una especie de millonario, Moss se creía un rebelde.
A lo mejor incluso le admiraba por lo que había hecho, tal como había dicho.
Quizá no debería haberlo tratado con tanta brusquedad.
Pero sentarse a charlar con él habría supuesto revelar más cosas sobre lo que él deseaba que permaneciera en el olvido.
Así pues, se lo había quitado de encima sin contemplaciones.
Lo malo era que la gente, cuando se sentía insultada, podía hacer cosas impropias de su carácter, como por ejemplo acudir a la policía.
Tras un cuarto de hora, el taxi lo dejó en el hangar de Island Wings. Un piloto vestido con un mono estaba revisando el motor de un Cessna. Al verle, se secó con trapo y le estrechó la mano.
—¿El señor Cruz?
—El mismo. Le agradezco que me haya podido atender con tan poca antelación.
—No hay de qué. Yo soy Sam Saint. Si me da su pasaporte, haré que lo sellen; luego cargaremos su equipaje y podremos salir.
El pasaporte. ¿Iba a tener ahora otro problema?
Al parecer, Saint contaba con una vía rápida para tratar con la aduana e inmigración.
Regresó al cabo de cinco minutos y le devolvió el pasaporte.
Luego pasó la Visa de Ed por una impresora de tarjetas de crédito: seiscientos dólares que debería justificar ante Sarah.
De hecho, iba a tener que darle muchas explicaciones.
Para empezar, por qué volvía un día antes de lo previsto.
Momentos después, estaban volando en dirección a San Juan.
Pilló por los pelos el último vuelo a Miami.
Durante las tres horas de vuelo sobre el Caribe, tuvo tiempo de sobra para pensar.
Empezaba a dudar de sus propias conclusiones.
Era posible que Moss, en lugar de acudir a la policía de Tórtola, llamara a alguno de aquellos viejos contactos que había mencionado de la policía de Boston o del FBI.
En ese caso, habría un comité de recepción esperándole en el aeropuerto internacional de Miami.
Y su vida alcanzaría un repentino final: bastaría con la sospecha de asesinato y la identidad falsa para meterlo entre rejas.
Luego se le ocurrió otra idea. Moss se había referido a un funcionario del Gobierno «supersecreto» que le había interrogado.
¿Quién podía haber sido? ¿Por qué se trataba de un personaje «anónimo»?
¿Era uno de ellos, un miembro de Tifón? Con los recursos que tenían, si ahora habían recibido noticias de su reaparición en Tórtola, ¿no habrían interrogado ya a Moss, a Dolores, a Saint, y al tipo que le había vendido el billete de American Airlines en San Juan?
¿Sabrían a estas alturas cuál era su nombre supuesto y dónde vivía?
Y en vez de montar una escena deteniéndolo en la barrera de seguridad del aeropuerto de Miami, ¿no estarían quizá esperándolo discretamente para secuestrarlo en su casa?
Como llegaba de un territorio estadounidense, en Miami no tuvo que pasar por aduana e inmigración.
Pasó el control de seguridad. No había comité de recepción de la policía.
Tomó el autobús hasta el aparcamiento, donde echó un vistazo a su alrededor con cautela antes de acercarse a su coche.
Tal vez había heredado de Stu aquella fidelidad a una misma marca: su nuevo coche de Merriweather era un Volvo familiar.
En su caso, de color negro, no azul celeste como el viejo cacharro de su padre adoptivo, abandonado tantos años atrás en los bosques de Maine.