Capítulo 33
Durante su primer año en Merriweather’s, Ed fue invitado a acompañar a algunos socios y asociados senior al extranjero para reunirse con clientes expatriados.
Benzema, la jefa de recursos humanos, le dejó claro que aquello era un trato de favor que no se dispensaba a demasiados asociados: Robertson y el resto de compañeros se quedaron trabajando como esclavos en sus mesas, en el edificio de oficinas del distrito financiero, mientras él se iba de viaje.
«Haz lo que te pidan los socios, y diviértete», le dijo Benzema antes de que se fuera.
Daba la impresión de que lamentaba no poder acompañarle.
Él miro el sello del visado. El primero en su inmaculado pasaporte falso. El despreocupado agente lo había estampado del revés.
Después, los tres días de estancia se relajaron, con solo una o dos reuniones a media mañana.
Golf, buceo, piscina… Daba la impresión de que aquellos viajes eran unas vacaciones extraoficiales para descansar del bufete y de la familia.
Los socios, tanto los solteros como los casados, perseguían a las turistas jóvenes.
Tal como había hecho en el Over muchas veces, cuando se sentaba en una esquina de su mesa, su falda de tubo subía lo suficiente como para mostrar una buena parte de sus muslos.
Ella le daba golpecitos en el brazo, y le decía que se relajara: lo estaba haciendo muy bien.
Su trabajo no pasaba desapercibido. Los clientes estaban satisfechos.
Se habían ahorrado grandes sumas de dinero en impuestos.
El ascenso ya estaba en el horizonte si lograba tenerlo todo controlado, si seguía dedicando aquella cantidad de horas tan brutal.
Infaliblemente, cuando él se quedaba trabajando hasta tarde, Benzema también se quedaba y lo invitaba a pasar a su despacho a tomar una copa.
Para entonces, todos los socios se habían ido a casa.
Se tomaban dos o tres copas. Más roces, más coqueteo, hasta que ella le decía de repente: «Será mejor que te vayas a casa con tu mujercita, Martin, antes de que acabe haciendo una tontería»; y él, avergonzado, se escabullía del despacho, recogía su maletín y se iba.
Notaba que tenía el corazón acelerado, se sentía eufórico, no sabía si por el alcohol o por la compañía.
Se daba cuenta de que deseaba a Maria Benzema.
Mucho. Después de aquellas sesiones, estaba demasiado excitado como para poder acostarse hasta pasadas unas horas.
Benzema anunció que era el Empleado del Mes.
Normalmente este premio consistía en unos vales para Bloomingdale’s o Neiman’s, pero cuando el personal se reunió para felicitarle, ella le dio una caja que contenía un teléfono móvil Motorola DynaTAC.
Solo los socios senior tenían ese tipo de teléfono.
Los demás asociados soltaron exclamaciones y le dieron palmaditas, pero Ed notó que empezaban a sentirse resentidos con él.
Aquel móvil representaba para la mayoría de ellos el sueldo de un mes.
Él se sintió incómodo con aquel premio. Y no solo por el resentimiento de sus compañeros. Había algo extraño, más bien amenazador, en aquel brutal trozo de plástico. Cuando llegó a casa, ni siquiera lo encendió. Lo volvió a meter en la caja y lo dejó en un cajón de la mesita de noche.
Dormir estaba convirtiéndose en un problema. Se sentía permanentemente acelerado. Los largos horarios, los viajes, el alcohol, Benzema, los silencios de Sarah…, todo se sumaba. Cuando lograba conciliar el sueño, experimentaba constantes flashbacks.
La segunda vez que voló a Tórtola fue él solo; únicamente tenía que certificar los documentos de un cliente antes de archivarlos.
Un viaje rápido de ida y vuelta. El agente fronterizo era menos amigable que el de la otra vez.
Inspeccionó con mucha atención su pasaporte y luego lo miró severamente y pulsó un timbre que tenía bajo el mostrador.
Acto seguido, anunció a los que hacían cola detrás de él que debían dirigirse al siguiente mostrador.
Ellos empezaron a rezongar y a mirarle como si fuera un delincuente, mientras discutían para poder situarse al principio de la otra cola.
Llegó un oficial superior, que se sumó al agente que estaba en el mostrador.
Ambos conversaron entre susurros, sin dejar de echarle miradas.
Finalmente, el oficial le dijo:
—Señor Cruz, hay una irregularidad en su visado. Venga por aquí, por favor.
Ed sintió que se le helaba el corazón. Un sudor frío empezó a cubrirle la frente.
Apenas se dio cuenta de lo que hacía mientras lo llevaban a través de una puerta lateral a un cuarto anodino donde solamente había una mesa y una silla, un dispensador de agua vacío y una maceta con un plátano amarillento en miniatura.
El oficial le dijo que se sentara y se fue con su pasaporte.
Se oía el ruidoso tictac de un reloj colgado en la pared.
Pasaron cinco minutos, cinco minutos que le parecieron una eternidad; luego regresó.
Ahora era todo sonrisas y se disculpó; dijo que su visado estaba en orden después de todo y que lamentaba las molestias.
Le devolvió el pasaporte y le deseó una feliz estancia.
Lo acompañaron de nuevo a la sala de llegadas.
Cuando salió afuera, donde brillaba un deslumbrante sol tropical, tomó un taxi para dirigirse a Road Town, la principal población de la isla.
Observó que el conductor estaba sentado a la derecha, algo con lo que no estaba familiarizado.
El corazón le latía acelerado, las manos le temblaban y su traje de verano estaba empapado de sudor.
En el taxi no había aire acondicionado, solo el chorro de aire caliente que entraba por las ventanillas abiertas.
Circularon por la carretera de la costa: asfalto alrededor del aeropuerto, luego tramos sin pavimentar, con socavones que hacían traquetear la suspensión, y de nuevo el asfalto.
Por un lado, la carretera estaba flanqueada de colinas verdes y, por el otro, se extendían las playas blancas impolutas y el océano azul.
Ed sacó el pasaporte del bolsillo de su chaqueta y lo hojeó.
Ahí estaba el sello del visado de su primera visita.
Lo examinó atentamente. Había algo raro en él, aunque no sabía precisar de qué se trataba.
¿Qué era lo que había despertado las suspicacias del agente fronterizo?
¿Qué podía ser lo que él había visto y que al agente del primer viaje se le había escapado?
Todo parecía igual que antes. Ese pasaporte había dejado satisfechos desde entonces a más de media docena de agentes de inmigración.
Volvió a examinar el visado. Un simple sello de «Visitante, Islas Vírgenes Británicas», la fecha de entrada y una fecha límite de permanencia, junto con la firma del primer agente.
En todos los aspectos, por lo que él recordaba, no había cambiado nada.
Solo que ahora reparó en un detalle: en lugar de estar del revés, el sello estaba del derecho.
Había sido modificado. Hojeó las demás páginas.
A primera vista, los otros sellos de entrada tenían el mismo aspecto de siempre.
Y, sin embargo, era como si también hubiera en ellos algo sutilmente anómalo.
El pasaporte se parecía mucho al que Dumfries le había dado, salvo por algunas pequeñas diferencias: un pliegue en la tapa, la lámina del águila de EE.UU.
desgastada, un borrón de tinta en una de las páginas…
Si alguien había sacado una copia, debería haberlo tenido en su poder durante un tiempo para poder reproducirlo tan fielmente.
En todo caso, la versión que tenía en las manos no parecía la correcta.
Estaba seguro de que le habían dado el cambiazo mientras esperaba en el cuartito de inmigración.
El taxi entró en Road Town. Era un lugar destartalado, no emperifollado como muchas de las trampas turísticas del Caribe, pese a contar con un muelle de cruceros para los «turistas-piratas», como solían llamarlos los lugareños.
Había bastantes yates amarrados, con banderas estadounidenses, canadienses y europeas.
El taxi giró repentinamente y se detuvo con un frenazo frente al hotel. Se oyeron bocinazos y algunos improperios de los vehículos que iban detrás.
Ed pagó al conductor y entró en un vestíbulo con suelos de parqué y un mostrador de caoba.
El hotel, de la época colonial, resultaba bastante austero en su conjunto, después del abigarrado panorama de fuera, con aquellas casas pintadas de vistosos colores frente a un mar de tono aguamarina.
En el vestíbulo, refrigerado con ventiladores de techo, había muy poca gente.
Y, sin embargo, él tenía la sensación de que lo estaban observando.
La reunión con el cliente se celebró a la hora del almuerzo y solamente duró unos minutos. El vuelo de vuelta no salía hasta la mañana siguiente, así que tenía el resto del día para él.