Número desconocido Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

Él había estado observando cada detalle de su cuerpo a la tenue luz del hotel, así que Sarah partió con ventaja.

Ed corrió tras ella. Mientras lo hacía, se inquietó por un momento por los tiburones y las medusas, pero ese era el antiguo Ed, no esta nueva versión de sí mismo.

Se zambulló en las cálidas olas y fue vadeando hasta donde Sarah gritaba en medio del oleaje.

Ambos se besaron, entrelazando sus cuerpos; luego las olas volvieron a separarlos. Al fin, ella dijo:

—Volvamos.

Nadaron hacia la orilla. La corriente los había arrastrado hacia el norte.

Ahora estaban a cien metros de los edificios del Fontainebleau.

Avanzaron agachados entre la espuma en aquella dirección, confiando en que no hubiera ningún paseante por la playa.

No vieron a nadie, pero al llegar al sitio donde habían dejado la ropa, descubrieron que esta había desaparecido.

Ambos estallaron en carcajadas al unísono.

Ella le dio un golpe en el brazo.

—Mira en qué lío nos has metido.

—¿Yo?

—Vale, listillo. ¿Ahora qué hacemos?

—De perdidos al río, supongo —dijo Ed—. Vamos.

La cogió del brazo y cruzaron la playa corriendo. Había varias palmeras flanqueando el paseo entablado.

—Tengo una idea —dijo él, y arrancó tres hojas de la palmera más cercana—. Esto nos servirá para cubrirnos un poco.

Ella soltó una risita.

—Podemos decir que vamos a un baile de disfraces, en plan Adán y Eva.

Se colocaron las hojas estratégicamente y avanzaron hacia la puerta trasera del hotel.

Un par de universitarios les silbaron mientras subían por el sendero, pero por suerte no había ningún policía.

Los zapatos de Sarah seguían en el pasillo, y ella se apresuró a ponérselos.

Había unas cuantas personas en el vestíbulo.

Algunos se echaron a reír; otros chasquearon los labios al ver a la pareja desnuda y aún empapados.

Una matrona de pelo azul-plateado, a la que ya se le había pasado de largo la hora de acostarse, se acercó a Sarah.

—Jovencita, ¿qué clase de atuendo es ese?

—Dos hojas de palmera y unos Manolo Blahnik —replicó ella.

El recepcionista de noche los miró impasible desde detrás del mostrador. Quizá ya había visto de todo durante las vacaciones de Pascua.

—Ah, señor y señora Cruz. Los estábamos esperando —dijo, tendiéndoles la llave—. Aunque, para futuras ocasiones, lo normal es que nuestros clientes se quiten la ropa después de entrar en sus habitaciones, no antes.

Ellos seguían riéndose cuando entraron en el ascensor y pulsaron el botón de la última planta.

Acabaron vendiendo el piso de Matilda Street.

Un préstamo sin intereses de Merriwearther les permitió adquirir una casa a reformar de estilo hacienda y color terracota en Miami Beach, en el 1.

330 de Lenox Avenue, entre la Trece y la Catorce.

Había un jardín grande y verde, presidido por una amplia terraza, con las consabidas buganvilias, hibiscos, palmeras, gerberas, salvia azul, brezo mexicano y verdolaga.

Ed tenía escondidas en una lata de galletas Sunshine la Biblia, la libretita roja y los papeles que había encontrado en la Granja.

Poco después de su llegada a Lenox, cuando Sarah no estaba, enterró la lata en el jardín, al pie de una palmera.

No quería que ella supiera que, pese a sus promesas, todavía se aferraba a aquellos últimos vestigios de su pasado.

También había dejado una carta sellada, junto con su testamento, en manos de un abogado del bufete donde había hecho prácticas como becario.

La carta, que debía abrirse «en caso de que se produzca mi muerte», explicaba toda su historia e indicaba a los interesados dónde estaba enterrada la lata.

En el matrimonio entre Ed y Sarah no había muchas normas básicas. Pero había una que no era negociable: nada de hijos. Ed se lo había explicado aquella noche en Matilda Street: no era capaz de imaginar otra versión de la infancia que no fuera la que él había sufrido en la Granja.

Así pues, empezaron con las cosas claras; aunque, como suele suceder, los dos años siguientes los cambiaron a ambos.

El trabajo de Ed se volvió cada vez más exigente y lo retenía mucho tiempo fuera.

Ahora ocupaba un puesto en el escalafón para convertirse en socio de la firma; tenía que seguir ascendiendo, como todos los asociados, y trabajar a todas horas.

Le quedaban muy pocas energías para la vida doméstica.

Dormía mucho. Ya reservado de por sí, ahora permanecía callado con frecuencia.

La picardía de Sarah se desvaneció. En ocasiones, la sorprendía sumida en sombrías cavilaciones.

Ed se preguntaba si era por los hijos que nunca iba a tener o por aquel misterioso pasado que la obsesionaba.

O si el objeto de sus reflexiones era más bien lo que él le había relatado del suyo: la posibilidad de que ese pasado los acabara atrapando a ambos.

A veces no reconocía a la Sarah de siempre, a la que había conocido en el Over & Under. Tal vez aquel momento en la playa era el último en el que habían sido realmente felices.