Número desconocido Capítulo 32 #2
49%

Capítulo 32 #2

Ella lo miró en silencio unos instantes.

—¿Cambiaste de identidad? ¿Por qué?

—Esto va a ser un poco largo.

—No tengo ninguna prisa —dijo Sarah, llenando otra vez las copas de Chardonnay.

Así pues, Ed le contó toda la historia. Desde la Granja hasta Matilda Street. No omitió las muertes: Stu, Gloria, Carl. Ella debía conocer todos los riesgos que implicaba la situación. Cuando terminó, las velas se habían derretido y el Chardonnay se había acabado.

Se hizo un silencio, solo interrumpido por el rumor de la brisa y algún que otro bocinazo amortiguado que procedía de la calle. Pero ella seguía mirándole fijamente. Buena señal, pensó él.

—De acuerdo…, Ed —dijo Sarah finalmente—. Ed…, creo que podré acostumbrarme. —Hizo una pausa—. Bueno, Ed, dime una cosa. ¿Nosotros vamos a estar a salvo? ¿Esa gente todavía te anda buscando?

A él le reconfortó aquel «nosotros».

—Han pasado siete años —dijo—. Y no ha sucedido nada desde entonces. Todo se ha mantenido tranquilo. Quizá hemos logrado escapar. Quizá los malvados se han dado por vencidos, o han muerto.

Sarah le cogió la mano.

—Me gusta ese «quizá» —dijo—. Vamos a disfrutar de esto, Ed. De lo que tenemos. ¿Te crees capaz?, porque yo sí.

Él puso la otra mano sobre la suya.

—Sí, Sarah, me creo capaz, pero debemos tener cuidado.

—Eso siempre —respondió ella.

Se casaron en la iglesia de Saint Patrick, en South Beach.

A la ceremonia asistieron muy pocas personas.

Apenas había dos bancos ocupados en la parte delantera del gran templo de estilo románico.

Las voces y los pasos reverberaban a lo largo de la nave.

La marcha nupcial sonaba débilmente en aquel inmenso espacio.

A ellos no les importó. Se miraron a los ojos cuando Sarah se situó junto a él frente al altar y se retiró el velo.

Y no dejaron de mirarse mientras recorrían después la nave, ya convertidos en marido y mujer.

Más allá de los escalones del porche, un grupo de boda mucho más nutrido atestaba la explanada, aguardando para entrar.

Todos abrieron un pasillo educadamente y empezaron a aplaudir cuando Ed y Sarah desfilaron entre ellos en dirección a la acera.

Su única y solitaria limusina estaba aparcada en doble fila junto a una docena de la segunda boda.

El conductor se alejó rápidamente de aquel tumulto.

La recepción tuvo lugar muy cerca de allí, a solo siete minutos, en una pequeña suite del hotel Fontainebleau, en South Beach.

Fuera había un balcón con toldo desde el que podían contemplarse las palmeras, el paseo marítimo y la playa.

La vista del Atlántico solo se veía interrumpida por un carguero lejano.

Con dos mesas bastó para acomodar a las dos docenas de invitados. La familia de Sarah estaba escasamente representada: solo cuatro de los Cuervo que habían asistido al funeral de su madre acudieron esta vez a Miami. El resto de los invitados eran amigos y compañeros de trabajo de ambos.

Del brindis y los discursos se encargaron el padrino de Ed, un amigo muy reciente de Merriweather’s llamado Gordon Robertson, y Emma, la dama de honor de Sarah.

Mientras caía rápidamente la tarde, hubo champán y risas en abundancia.

Por primera vez en mucho tiempo, quizá en toda su vida, Ed se sentía ligero como una pluma, dispuesto a dejarse llevar por el viento, como si pudiera elevarse y contemplar desde lo alto el Fontainebleau, y South Beach, y todo Miami Harbor y, más allá, la ciudad, donde se iban encendiendo las luces.

Sí, tal vez las burbujas le estaban provocando un subidón.

Miró a Sarah y sintió que, con ella, por fin estaba completo. Había sido una persona sola durante mucho tiempo, sin familia, sin amigos; solo con unos enemigos desconocidos e invisibles, que tenían planes inescrutables… Había sido un extraño permanente para el mundo, y para sí mismo.

Pero ahora ella lo completaba. Y conocía su secreto.

Ese secreto solitario que había permanecido allí, esperando, durante todos aquellos años.

Ella lo conocía, pero los demás invitados, no.

Era solo algo entre ellos dos. Y qué bien interpretaba Sarah ese papel ante su tío, aquel que en New Jersey le había comentado a Ed lo de la herencia; ella no dejaba de contar maravillas de él, utilizando su nombre falso y refiriéndose únicamente al abogado de brillante futuro que pretendía ser, no a un desaparecido, no al hombre buscado que era en realidad.

Con ella estaba a salvo. Aquello era suyo; según las palabras del sacerdote, hasta la muerte.

Sarah se volvió entonces para mirarle y sonrió; y él vislumbró esa promesa en aquella sonrisa.

Aunque había en ella también un destello de algo más, un destello de picardía.

Como cuando había dicho que quizá solo había ido al Over luego cayeron también sus medias, el sujetador y las bragas, y se quedó desnuda, tal como había venido al mundo, sin inmutarse.

Ed la imitó, se quitó el esmoquin, la camisa y los pantalones; luego los calcetines y los calzoncillos.

—El último es un gallina —gritó Sarah, y salió disparada.