Número desconocido Capítulo 32
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Capítulo 32

La relación sobrevivió a más momentos similares al que se había producido tras las revelaciones de Emma. Y con el tiempo, por supuesto, él comprendió que tenía que contarle la verdad sobre sí mismo.

La madre de Sarah había muerto poco después de que ellos se conocieran.

Ed había asistido al funeral con ella. Sarah era hija única, y su padre había fallecido hacía mucho.

En el cementerio de New Jersey, no había mucha gente alrededor de la tumba.

Al parecer, los Cuervo no eran un clan muy numeroso, ni tampoco muy sociable: incluso en el velatorio, los pocos tíos, tías y sobrinos presentes apenas charlaron entre sí.

Casi todas las conversaciones se reducían a una inclinación y un par de frases.

La mayoría de los asistentes permanecían sentados dando sorbos de café.

¿Acaso toda la familia tenía secretos que ocultar?

Un tío le explicó a Ed que Sarah, la única heredera, iba a recibir algo de dinero. Lo bastante para un apartamento.

Ese nuevo y modesto patrimonio sirvió para adquirir un bonito pisito sin ascensor en Matilda Street, en Coconut Grove.

Por fuera, las paredes eran de tablilla azul celeste.

Las calles estaban flanqueadas de robles y palmeras.

La vida nocturna era abundante y accesible.

Ed dejó su apartamento de Overtown sin ningún pesar.

Pese al ritmo implacable de la universidad, su vida era agradable.

La mayor parte del tiempo la pasaban al aire libre, en cabañas sombreadas por palmeras o en playas soleadas donde nunca era invierno.

Pero el éxito suponía un peligro. Su fotografía volvía a figurar en varios anuarios y revistas.

En parte estaba contento; en parte se sentía un poco paranoico con tanta atención.

Durante el último año lo habían entrevistado varios bufetes especializados en derecho tributario internacional.

Esta especialidad había sido cuidadosamente elegida: era discreta, no había que aparecer en público.

A aquellas alturas era un joven reservado que no dejaba traslucir gran cosa de sí mismo, pero tenía un aire de tranquila determinación que encajaba en el perfil de algunas de las firmas más prestigiosas.

Llegaron las ofertas. Uno de los bufetes, Merriweather’s, tenía una vacante en Miami de asociado junior en el departamento de derecho fiscal.

Le entrevistó un panel de socios senior.

Tres hombres grises con trajes grises, expectantes y taciturnos.

Como contrapartida, la jefa de recursos humanos, Maria Benzema, que también participaba en la entrevista, iba ataviada con un estilo más propio del Over & Under que de Merriweather’s: un vestido Emilio Pucci con un estampado caleidoscópico que venía a ser como un viaje psicodélico para la vista, con casi todos los colores de una isla tropical.

Llevaba el pelo recogido en un moño, los labios pintados de rojo y una exótica sombra de ojos.

Pese a que le llevaba al menos veinte años, examinó a Ed con una expresión que él sospechó que iba más allá de lo profesional.

En todo caso, no iba a ganarse el puesto con su atractivo, suponiendo que los socios tuvieran algo que decir al respecto.

Probablemente aquello estaba por encima de sus posibilidades.

La entrevista no pasaba de ser una ocasión para practicar.

Los socios grises recitaban su discurso monótonamente: se trataba de «planificación tributaria» o, si se quería, de «evitación, nunca de evasión» de impuestos.

Habría que viajar un poco, básicamente a paraísos fiscales caribeños, entre otros las Caimán, Panamá y las Bahamas.

Su dominio del español sería útil. Le hicieron algunas preguntas técnicas sobre las normas fiscales y el departamento de Hacienda de Estados Unidos. Él apenas recordó luego las respuestas.

Al concluir la entrevista, se puso de pie. Benzema hizo otro tanto.

—Señor Cruz —dijo con una sonrisa—, ¿le importaría esperar fuera un minuto?

Mientras aguardaba en el pasillo, oyó a través de la puerta un murmullo de voces. Luego apareció Benzema y le invitó de nuevo a entrar.

El socio más veterano se levantó.

—Señor Cruz —dijo—, hemos decidido por unanimidad que es usted la persona idónea para este puesto de asociado. ¿Está interesado?

Ed dijo algo, que tampoco recordaría después, y luego Benzema lo llevó a su despacho, donde había plantas tropicales, murales llamativos y una vista del puerto.

Ella le expuso los términos y condiciones del contrato: veinte mil dólares, más bonificaciones.

Le pidió que reflexionara veinticuatro horas y que después le comunicara su respuesta.

Aún seguía en sus ojos aquel brillo especial y, por lo demás, la mujer no parecía pensar en modo alguno que él fuera a rechazar la oferta.

¿Cómo iba a rechazarla, pese a la inquietud que sentía?

Sus ahorros estaban prácticamente agotados.

No obstante, se pasó la noche dándole vueltas.

El pasaporte que Dumfries le había dado sería examinado atentamente en aquellos viajes al extranjero.

El permiso de conducir y los demás documentos habían funcionado, pero no estaba seguro de que el pasaporte pudiera superar el escrutinio mucho más atento al que lo someterían al cruzar la frontera.

¿Era posible que las autoridades siguieran buscando a Ed Constance? En Estados Unidos había unos trece mil casos de personas desaparecidas. A estas alturas ya se habrían dado por vencidos con él, ¿no?

Solo los documentos podían delatarlo. Hacía mucho que él había puesto su vida entera en manos del trabajo de Dumfries. Sin la confianza que tenía en esos papeles no podría seguir viviendo, sencillamente.

Ya habían transcurrido siete años desde que se había ido de Boston.

Siete años era el período estipulado para que una persona desaparecida fuera considerada muerta.

Se preguntaba qué habría pasado con la casa de Winthrop Road y con la cabaña de Tranquility.

La casa debía haber sido vendida para saldar las deudas de Stu.

Pero la cabaña estaba a su nombre. ¿Existía un plazo de prescripción?

¿Podía ser que el acreedor hubiera solicitado al Estado que lo declarasen muerto para que la propiedad quedase liberada?

¿O tal vez los ejecutores del patrimonio estaba tratando todavía de encontrar a un pariente lejano para poder legársela?

Stu y Bettie habían sido hijos únicos. Se necesitarían años para localizar a un pariente consanguíneo y cerrar el proceso sucesorio de la cabaña.

Pero incluso después de siete años, Ed sabía algo con certeza: que la gente que figuraba en la libretita roja no lo había olvidado, que estaban buscándolo.

Con todo, él no podía vivir bajo esa sombra.

Ahora había empezado una vida inesperada: una novia, un hogar, una oferta de un trabajo regular.

Si Sarah iba a formar parte de todo ello, tendría que contarle la verdad.

La cuestión era simplemente decidir cuándo.

A la mañana siguiente, llamó a Benzema y aceptó la oferta. Y esa noche se lo contó todo a Sarah.

Preparó tamales y una tarta de lima. Compró velas y una botella de Newton Chardonnay.

Le explicó que le habían ofrecido un puesto de asociado en una prestigiosa firma legal.

El sueldo estaba bien: lo suficiente para el depósito de una casa quizá, para comprarse un coche nuevo.

Fue sincero: el trabajo implicaría asesorar a clientes del extranjero sobre temas tributarios, empresas ficticias y operaciones inmobiliarias.

Los viajes a los consabidos paraísos fiscales ocuparían una parte de su tiempo.

Se dio cuenta de que estaba nervioso. La luz de las velas y el cálido aire nocturno que entraba por la ventana le confería a Sarah una belleza inefable que lo conmovía hasta lo más hondo. Se daba cuenta de que podía perderla para siempre en los siguientes minutos.

—Sarah —dijo—, hay otra cosa que necesito decirte.

¿Era esto lo que se sentía antes del primer salto en paracaídas?

—¿Que piensas que soy preciosa? —bromeó ella, aunque de repente parecía inquieta.

—Siempre pienso que eres preciosa —respondió él, muy serio.

—La belleza está en el ojo del observador —dijo Sarah.

Por muy a la ligera que ella tratase de actuar, por muy maravillosa que fuese la velada, Ed no podía suprimir la seriedad de su tono de voz.

—Escucha, Sarah. Diga lo que diga ahora, y pase lo que pase con nosotros, te juro que nunca pretendí engañarte.

Ella frunció el ceño.

—Te estás poniendo tremendamente serio esta noche, Martin.

—Es porque tengo algo muy serio que contarte.

Ella no apartó los ojos de los suyos.

—Lo suponía —dijo Sarah en voz baja.

—¿Ah, sí?

—Martin, llevamos tres años juntos…, ¿crees que no he notado nada?

—Entonces ¿por qué no me lo preguntabas? —dijo él.

Ella sonrió casi con tristeza.

—No quería poner esto en peligro —dijo.

—¿El qué?

Sarah recorrió el apartamento con la vista.

—Esto —dijo, señalando las velas, la mesa, las cortinas que ondeaban levemente—. La felicidad.

—Vale —dijo Ed.

Ella alzó la mirada.

—Bueno, ¿de qué se trata, Martin? ¿Hay alguien más? Yo me prometí a mí misma que nadie me volvería a hacer daño, ¿sabes? Pero luego tropecé con aquel camarero tan mono del Over & Under…

Él levantó una mano.

—No es eso —dijo.

—Entonces ¿qué es?

Ed bajó la mirada. ¿Por dónde empezar?

—¿Recuerdas lo que te conté cuando nos conocimos? Que era de Minnesota, que era huérfano…

—Sí.

—No es cierto. Quizá sea huérfano, pero mis padres, por lo que yo sé, no murieron en un accidente de tráfico. Y nunca he estado en Minnesota.

Ella lo miraba fijamente, aguardando a que continuara.

—En segundo lugar, mi verdadero nombre no es Martin Cruz.

—¿En segundo lugar? —dijo ella—. ¿Eso no sería lo primero que deberías decir, Martin… o como sea que te llames?

—Me llamo Ed… Edward Burns Constance. Si te molestas en mirarlo, verás que mi nombre figura en la lista de personas desaparecidas del FBI.