Capítulo 31 #3
Ya en Estados Unidos, Sarah aguardó su llamada. Todos los días buscaba una explicación para justificarse a sí misma que él no la había llamado.
Tomó un vuelo de vuelta antes de lo previsto. Cuando lo llamó desde su apartamento una fría mañana de enero, él pareció sorprendido al escucharla. No podía verla de inmediato. Tenía algo importante entre manos.
En la universidad, Sarah preguntó por ahí.
La historia fue revelándose poco a poco: al parecer, era sabido que Alex solía salir con alumnas suyas.
Al menos, según descubrió, había otras tres.
Durante las Navidades había estado con una de aquellas chicas: por eso no la había llamado, por eso le había dado largas cuando había reaparecido de forma inesperada.
Sarah regresó a su apartamento, donde el viejo conserje, siempre con un Gauloise en los labios, le dirigió una mirada tediosa de condolencia con la que recibía a todas las chicas que aparecían con los ojos manchados de rímel después de un trágico desengaño.
Sin terminar su año en Francia, Sarah había vuelto a casa. Al llegar el otoño, no andaba buscando ningún romance; solo estaba concentrada en sus estudios. Pero hacia el final de ese semestre, había conocido a Ed…
Los dos se sobresaltaron cuando Sarah entró en el apartamento. Ella se detuvo en el umbral y los miró, intentando adivinar qué pasaba allí. Lentamente, con aire culpable, él se levantó del sofá, donde había permanecido sentado junto a Emma.
—Hola —dijo.
De repente, no sabía qué hacer con las manos, así que se las limpió en los tejanos, como si las tuviera sucias, y luego se las metió en los bolsillos.
Sarah, sin decir nada, dejó sus libros sobre la mesita de café.
—Ostras, se me ha pasado la hora. Llego tarde a mi clase —dijo Emma, toda agitada, levantándose rápidamente del sofá y cogiendo su cartera. Se detuvo un segundo ante un espejo para pintarse los labios y desapareció con un alegre «Hasta luego».
Ed se quedó torpemente de pie mientras Sarah entraba en la cocina.
—¿Quieres café? —preguntó ella con frialdad.
—Sí, estaría bien.
Sarah se puso a trajinar con el café molido y la cafetera de émbolo.
—¿De qué estabas hablando con Emma?
—De nada en particular, ya sabes.
Sarah estampó el medidor sobre la encimera y el café salió volando por todas partes.
—¡No me vengas con esas, Martin! Estabais hablando de mí, ¿no es así?
Él bajó los ojos, incapaz de responder.
Ella dio un par de pasos y se situó tan cerca que Ed ya no pudo evitar su mirada.
—Me lo imaginaba. Bueno, Martin, en primer lugar, si tienes algo que decir, me lo dices a la cara. No me gusta que hablen de mí a mis espaldas. En segundo lugar, yo no le pertenezco a nadie, y mucho menos a ti. La vida es demasiado corta para aguantar a idiotas, así que quizá deberías largarte.
—Escucha, Sarah, solo estábamos charlando, ¿vale? —acertó a decir Ed finalmente.
—¿Solo charlando? Ya. ¿Tú sabes que ella está colada por ti?
—¿Emma?
Sarah se puso roja, otra vez enfurecida.
—No me vengas con gilipolleces. Siempre te está haciendo ojitos. Casi tenía la mano en tu cremallera cuando he entrado.
—Estábamos sentados, simplemente. No pasaba nada.
—¿Ah, sí? Dime una cosa. Emma es una fantasiosa redomada. Apuesto a que te estaba contando todo tipo de locuras sobre mí, ¿no es cierto?
Ed se ruborizó ligeramente.
—No ha sido así. Estábamos hablando de cosas de la universidad.
Sarah refunfuñó, pero se notaba que empezaba a calmarse.
—Voy a prepararte algo de comer —se apresuró a decir Ed.
Había llegado a apañárselas muy bien en la cocina.
Limpió el café que había esparcido por la encimera y luego hurgó en la nevera.
Había ingredientes para preparar quesadillas y salsa roja.
Se afanó con un cuenco y una sartén. Por suerte, también había un par de latas de cerveza Pabs, y se las bebieron durante la comida.
La tormenta había pasado, aunque Ed se sentía turbado por lo que había atisbado de la vida oculta de Sarah.
Fueron al dormitorio casi por puro reflejo: Emma estaba fuera, así que tenían que aprovechar para hacer el amor.
Ejecutaron los movimientos acostumbrados, pero incluso cuando ella arqueó la espalda y se corrió, Ed tenía la mente en otra parte.
No estaba del todo presente y no pudo alcanzar el orgasmo.
Era la primera vez que le pasaba. Había una gran lucha en su interior.
Sarah le había ocultado la verdad. Quizá solo estaba con él por despecho, después de esa historia con el tal Leroy.
En el relato de Emma había lo suficiente para convencerlo de ello.
Por otro lado, ¿quién era él para juzgarla?
Toda su vida en Miami era una gigantesca mentira, una mentira que no se atrevía a confesarle a nadie, ni siquiera a Sarah por el momento.
Aquel atisbo del temperamento volcánico de ella, por lo demás, no le animaba a sondearla más a fondo sobre su pasado.
Evidentemente, Sarah estaba tan poco dispuesta a darle información por propia voluntad como él lo estaba para ofrecérsela por su parte.