Número desconocido Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Quizá su elección para la primera cita no fue suficientemente buena.

Quedaron en la fiesta de Tom. Ed no conocía tanto a Tom, solo jugaban juntos a frontón de vez en cuando.

De hecho, lo único que Tom sabía de Ed es que era mejor jugador que él, lo cual difícilmente constituía una buena base para establecer una sólida amistad.

¿Por qué había decidido quedar con ella en el sitio más público que se le había ocurrido?

Música a tope, conversaciones ruidosas, cuerpos apretujados y un hedor a cerveza y vino Hirondelle.

Después de tantos años escondiéndose, ¿pretendía demostrarse a sí mismo que podía reunirse con alguien abiertamente, como una persona normal?

Se acordó de los loqueros; lo normal no existía, en especial para un Apóstol.

Ya llevaba allí una hora y estaba seguro de que ella no iba a presentarse.

La conversación telefónica había sido muy breve, y más bien con nervios por su parte.

Tal vez su torpeza la había desanimado. Se estaba apoyando en la encimera de la cocina, con una cerveza entre las manos, al margen de la gente que atestaba la sala de estar.

Pensó en marcharse. Aquello había sido un error.

Y de pronto, entre la nube de humo y las luces estroboscópicas, surgió ella como una aparición.

Más encantadora todavía a causa de ello, incluso más preciosa que cuando la había visto en el bar.

Ella se plantó frente a él decididamente, tan cerca que Ed sintió el calor que desprendía la parte delantera de su vestido estampado de punto.

—¿O sea que tú eres ese Martin, el amigo de Tom del que he oído hablar? —dijo con tono teatral, sonriendo.

Él no dejó de percibir su pelo oscuro y su figura, el pintalabios rojo, aunque no demasiado rojo, alguna que otra imperfección de su piel bajo la base de maquillaje; pero realmente eran sus ojos, aquellos ojos de tono castaño oscuro, lo único que de verdad veía.

—¿Otra cerveza? —preguntó ella.

Y al bajar la vista, Ed descubrió que hacía rato que había apurado la que tenía en las manos.

Se recompuso y respondió:

—Claro, ¿por qué no?

Tuvo que repetirlo, porque se dio cuenta de que estaba susurrando, y la música resultaba ensordecedora incluso en la cocina.

Luego, cuando fueron a la sala de estar, el ruido vino a salvarle.

No era posible conversar. Solo podías gritar, ponerte la mano en la oreja sin oír nada, encogerte de hombros y sonreír. Ya le iba bien así. No sabía qué decir.

Acabaron bailando, simplemente, y luego, cuando sonó una canción más lenta y todos empezaron a bailar abrazados, ellos hicieron otro tanto.

Cuando abandonaron la fiesta, ella dijo: «Ven.

Mi apartamento no queda lejos y mi compañera no está».

Así que acabaron en su casa, sin que él supiera muy bien cómo había llegado hasta allí, y de repente estaban en la cama, besándose furiosamente, las manos enloquecidas, desabrochando botones, cremalleras y cierres, y después, cuando ya estaba dentro de ella, la cama empezó a balancearse y a crujir con el ruido suficiente, no le cabía duda, para despertar a todo el vecindario.

Después de esa noche, la había visto casi todos los días.

Como si ella lo hubiera absorbido dentro de su burbuja, una burbuja feliz, y el mundo exterior hubiera quedado lejos, amortiguado.

Por una vez en su vida, la soledad había desaparecido, y Ed tenía la sensación que solo reaparecería si abusaba de su suerte.

Nunca le preguntó a Sarah a quién estaba esperando aquel día en el bar.

Ed no tenía muchos amigos en la universidad.

Llevaba una vida reservada, compartimentada.

No se relacionaba con los amigos de Sarah.

Ellos se veían en horarios estrictamente acotados.

A la única que vio varias veces fue a Emma, la amiga con quien Sarah compartía un pequeño apartamento fuera del campus.

Un día, Ed llegó a la hora que creía que habían acordado, pero se encontró solo a Emma.

Ella le ofreció café y le dio conversación mientras él esperaba a que Sarah llegara de clase.

Obviamente, había habido un malentendido.

No tardaría, le dijo Emma. Pero, de hecho, no apareció hasta el cabo de más de una hora.

Y esa hora dio mucho de sí. Emma tenía unas ganas locas de hablar sobre Sarah.

Quizá demasiadas, pensó él después. Acaso tenía sus propias intenciones.

Tal vez su compañera no le caía bien. O tal vez, en las pocas ocasiones en las que se habían visto, se había encaprichado de él.

Le dijo que Sarah tenía mucha suerte de haberle encontrado, teniendo en cuenta lo que le había sucedido en París.

Hubo una pausa significativa. Ed la miró inexpresivamente.

Dedujo que Emma pretendía que él siguiera tirando del hilo.

Y comprendió que, si lo hacía, se ponía en una posición peligrosa, porque acabaría formulando todas aquellas preguntas que había dejado de lado durante demasiado tiempo.

—Sí, ya —dijo, sin comprometerse.

—¿Sabes?, eres una persona genial por no dejar que algo así se interponga entre vosotros.

Emma estaba lanzándose a fondo.

—Supongo —respondió él, todavía con un tono neutro. Pero sin duda le picaba la curiosidad.

—Quiero decir, Sarah quedó totalmente destruida por ese tipo, ¿sabes?

Ed tuvo una gélida sensación de angustia en el estómago.

—Pero ahora que has aparecido tú, está volviendo a vivir, ¿entiendes lo que quiero decir?

Por mucho que él no quisiera oír la historia, Emma parecía decidida a ir exponiéndola con cuentagotas, como en una lenta tortura. Y en una hora habría habido tiempo de sobra para que Ed la oyera no una, sino dos veces, si ella hubiera querido repetírsela.

Emma se la explicaba con acotaciones del tipo «como sabes», «como sin duda te habrá contado Sarah…», cuando debía estar bien claro, por la expresión de Ed, que esa era la primera vez que escuchaba todo aquello.

Sarah había decidido estudiar en París, en la Sorbona, en su tercer año universitario.

Como era brillante y atractiva, solo tenía veinte años y estaba lejos de casa, podría haber optado simplemente por pasárselo bien.

Pero durante los dos primeros meses en la capital francesa se había aplicado con diligencia a perfeccionar el idioma, mediante la asistencia a clase sobre literatura francesa y la realización de trabajos.

Al terminar el semestre, uno de los profesores, un adjunto en Literatura llamado Alex Leroy, se quedó hablando con ella tras una clase y la invitó a una fiesta que daba un colega.

En este punto, Emma se extendió en la descripción del personaje: Alex era un hombre de aspecto enternecedor, con unos ojos oscuros de spaniel medio cubiertos por un mechón de pelo oscuro, y con un deslumbrante encanto galo, a la vez urbano y bohemio.

Le llevaba ocho años a Sarah y tenía el aire de un hombre de mundo, de alguien que había conocido a muchas mujeres, pero que tal vez había sido herido por ellas.

Antes de que Sarah pudiera darse cuenta, empezaron una relación.

No faltaba mucho para que Sarah regresara a Estados Unidos de vacaciones.

La noche de la despedida, él la llevó al aeropuerto Charles de Gaulle en su 2CV, se separaron entre lágrimas y ella le puso en la mano un papel con su número de teléfono.

Ed pensó en el papel que Sarah le había dado en el Over & Under y que todavía guardaba en su cartera.