Capítulo 31
Ahora era un fantasma, con pasaporte, tarjeta de la Seguridad Social y permiso de conducir falsos. El resto del dinero de la caja fuerte de Stu le daría un margen de tiempo, allí donde fuese a parar.
Mientras los árboles cambiaban la hoja, se había dirigido hacia el sur con un autobús Greyhound.
Había estado leyendo los periódicos todos los días.
En aquella zona situada tan al sur, la noticia de la desaparición desde hacía un mes de un estudiante de primero de Northeastern no aparecía en ninguna parte.
Tampoco la investigación sobre la muerte sospechosa de Stuart Constance, destacado promotor de Brookline, aunque la desaparición del arma fatídica y del hijo adoptivo del finado desde ese mismo día debía haber despertado sin duda el interés de la policía y, a estas alturas, del FBI.
El dinero de Stu no le había dado para tanto.
Necesitaba un empleo para mantener su apartamento de una habitación en un antiguo bloque de viviendas sociales de Overtown.
Así pues, acabó trabajando de camarero en el Over y la tez olivácea, como él, aunque la suya era más luminosa.
Sus ojos castaños resultaban insondables.
Antes de que se sentara, Ed había observado su figura esbelta, realzada por un vestido negro con vuelo.
Una pequeña gargantilla destacaba la delicada base de su cuello.
Pese a que el bolso fuera prestado, tenía un aspecto lujoso. ¿O quizá era todo prestado?
Ella lo sacó de sus pensamientos.
—Me suena tu cara —dijo—. ¿Eres estudiante?
—Miami Dade, pregrado de Derecho —dijo él—. ¿Y tú?
—Lenguas romances. Francés… y español. —Se echó a reír al decirlo. Más de dos tercios del alumnado hablaba español con fluidez.
—«Suena interesante» —dijo Ed en ese idioma. Ella se encogió de hombros. Él sondeó a ciegas—: ¿No puedes estudiar en el extranjero?
—Claro. Pasé un tiempo en Francia.
—¿Qué tal?
—Estuvo bien —dijo ella, pero bajó la mirada hacia la barra, como si no le apeteciera hablar del tema.
Él puso hielo en la bebida. Era extraño que ella hubiera dicho que había pasado «un tiempo en Francia», y no un año, cosa que sería lo normal para una estudiante de intercambio. ¿Cuál debía ser el motivo?
—¿En algún sitio interesante? —preguntó. De repente, percibía en sí mismo una extraña persistencia. Tenía que saberlo.
—En París —respondió ella sin levantar la vista, soltando un suspiro y torciendo un poco la boca. Él colocó la bebida en un posavasos delante de ella. París albergaba un sinfín de posibilidades exóticas y, teniendo en cuenta ese suspiro, también misteriosas.
La chica sacó del bolso un paquete de More y cogió un cigarrillo.
—¿Tienes fuego? —preguntó.
Ed cogió el mechero Bic que llevaba en el bolsillo de la camisa y se lo encendió. Ella le sujetó la mano un instante mientras aspiraba y luego exhaló una elegante nube de humo por la nariz. Él observó cómo se disipaba en el aire, igual que un hermoso fantasma.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
—Martin… Martin Cruz.
—Encantada, Martin. Yo me llamo Sarah. Sarah Cuervo.
Le tendió la mano, una mano que casi desapareció en la suya mientras se daban un apretón.
—¿Viajas mucho? —preguntó Sarah.
—Nunca he salido de aquí —respondió Ed.
—¿De dónde eres?
—De Minnesota, Saint Paul.
—Muy frío —dijo ella.
—Ya no voy nunca por allí.
—¡Ah!, ¿no?
—Mis padres murieron en un accidente de coche cuando era niño. —Por algún motivo, estas mentiras le resultaban particularmente estridentes al decírselas a ella. La observó para ver si había alguna suspicacia en su cara.
—Debió de ser duro —dijo Sarah, como si lo sintiera y sin apartar los ojos de los suyos.
Ed notaba que algo estaba derritiéndose en su interior.
Se dejó llevar, se soltó un poco. La conversación no tenía nada de especial: el campus, el alojamiento, los profesores, los amigos.
De estos últimos, no tenían ninguno en común.
Ella mencionó más de una vez a una tal Emma, la aficionada a la moda que le había prestado sus artículos de lujo para hoy.
En otras ocasiones, Ed había comprobado que estas conversaciones con los clientes carecían de importancia y acababan extinguiéndose de forma natural.
Pero esta vez sentía que había algo vivo por debajo del intercambio de comentarios insustanciales.
La conversación no pasaba de ser un juego.
No tenía sentido en apariencia, pero quizá sí lo tenía.
¿Por qué? ¿Y dónde estaba la cita de Sarah, suponiendo que fuese una cita?
Ahora empezaban a entrar más clientes y algunos llegaban hasta el extremo de la barra.
Él los atendía sin prestar atención. Luego volvía a colocarse frente a ella y seguía sacando brillo a las copas.
Las bromas, si eran bromas, continuaron.
Tras unos veinte minutos, ella miró su reloj.
Luego dio un último sorbo a su bebida y dejó un billete de cinco dólares sobre el mostrador.
—Quédate el cambio —dijo.
Su expresión era indescifrable.
—¿Ya no esperas más? —preguntó él.
Ella volvió a encogerse de hombros.
—Supongo que algunas personas no lo merecen.
—Lo lamento —dijo él.
Ella sonrió.
—No tienes por qué. Además, quién sabe. A lo mejor solo he venido a coquetear con el camarero.
Se bajó del taburete. A él le salieron las palabras sin poder evitarlo.
—¿Te gustaría salir algún día?
Ella ya había empezado a alejarse, pero se volvió y lo miró a los ojos. Por un momento, a Ed le dio un vuelco el corazón porque creyó que ella iba a poner una excusa. Pero no, lo que hizo fue sacar de su bolso un trozo de papel, coger un bolígrafo de la barra y anotar un número.
—Llámame aquí —dijo con naturalidad, y desapareció.
Aparte de los de Gloria y Jim, ese era el único número que nunca olvidó.
Aguardó hasta el día siguiente antes de llamar, preguntándose si realmente quería hacerlo. Y descubrió que sí. Hacia mediodía, tragó saliva, cogió el teléfono y marcó el número.