Número desconocido Capítulo 30
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Capítulo 30

Bajo los árboles, apenas veía nada. Los retoños, helechos y ramas caídas que se habían acumulado a lo largo de nueve años le bloqueaban el paso.

Nadie había pasado por allí desde que el FBI había abandonado la investigación.

Ed aún temía usar la linterna. El monstruo no debía ser advertido de su llegada.

La luz de la luna se abría paso entre las ramas y los troncos con dedos espectrales.

Dejó de mirar hacia arriba. Aquel recorrido era interminable. Podría escalar el equivalente de cien Everest y, aun así, no llegar a la cumbre de aquella montaña maldita. Ese era el castigo de Tifón para aquellos que rechazaban el sacrificio: este camino interminable…

Ahora estaba tan entumecido por el agotamiento que, cuando volvió a tomar conciencia, descubrió que había dejado de caminar y que estaba ante un tramo abierto de grava infestado de matojos.

Delante, había una segunda valla. Oxidada y hecha pedazos, con el cartel: PELIGRO: EXPLOSIVOS SIN DETONAR .

colgado del revés, y las verjas abiertas y vencidas hacia delante.

Solo quedaban cuatrocientos metros, nada más. Siguió caminando como un zombi.

Su sombra agonizante iba por delante. Sus pies crujieron sobre un objeto.

Parecía un hueso quebradizo, pero reparó en que era un trozo de madera carbonizado, esparcido por la onda expansiva de aquella explosión de tantos años atrás.

El suelo se hallaba sembrado de otros escombros ennegrecidos. Ahora estaba muy cerca.

Dobló el último recodo y vio la boca del infierno: el enorme agujero negro allí donde se había alzado la cabaña.

Seguía reinando un silencio mortal. No se oía ni una brizna de viento. Ni el grito de un animal. La creación entera temía hacerse oír allí.

Justo en ese momento la luz se extinguió a su espalda y comprendió que se había ocultado la luna.

De repente, estaba todo oscuro. Una punzada gélida le recorrió la columna de arriba abajo.

Las constelaciones se habían desvanecido al hacerse la oscuridad, y sus pupilas se dilataban inútilmente, ahora solo veía con un ojo interior.

En la negrura, surgieron los fantasmas. Primero, los niños.

Silenciosos como siempre: la señora Frome no toleraba que nadie alzara la voz.

Los muertos salieron lentamente del foso negro: la rubia Hope y el melancólico Kevin; Carl, todavía con sangre brotando de su boca.

Luego se esfumaron como semillas de abrojo en la noche, sin hacer ningún ruido.

A continuación, aparecieron otros, muchos otros.

Uno de ellos le llamó la atención. Se alejaba hacia el norte y, a diferencia de los demás, se volvía para mirarlo: pelo oscuro, ojos oscuros, tez oscura.

Sonrió con tristeza. Luego su espectro se disipó en jirones de humo y desapareció.

Ed cayó de rodillas. Tal vez se desmayó en esa posición.

Cuando volvió en sí, los ruidos de la noche habían regresado.

El viento murmuraba en lo alto de las píceas y los abedules; los grillos cantaban entre el sorgo de Alepo.

La noche estaba de repente llena de ruidos.

La luz de las estrellas también había reaparecido.

La estela de un avión partía el cielo en dos.

Recordó que los niños creían que esas estelas eran las marcas de tiza de Dios.

Miró el patio al otro lado. Los recuerdos le llegaron en cascada.

El pasado parecía haber sucedido ayer. Antes de esa noche, los Frome habían sido solo nombres: nombres de personas que habían quedado reducidas a cenizas justo en ese lugar.

Pero ahora estaban ahí de nuevo, en el ojo de su mente, tal como habían sido: ella, con su gélido rostro y sus gélidos ojos azules, y con aquel acento que Ed, retrotrayéndose en el tiempo, comprendió que era irlandés; él, el matón gigantesco y apestoso, con su barba cerrada, sus ojos de verdugo y sus dedos rollizos como morcillas.

El recuerdo de ambos se había desvanecido cuando el crucifijo empezó a oscilar aquella noche, nueve años atrás.

Ahora recordó todo eso, lo del zumo con droga después…

Todas esas horas de terapia, y lo único que necesitaba era volver allí y ver ese lugar para que las cosas le vinieran a la memoria.

Su mente estaba de repente demasiado llena para procesar ningún pensamiento. Necesitaba dormir.

El cobertizo donde Frome guardaba el autobús escolar seguía en pie, aunque con un lado reventado y carbonizado por la explosión.

Allí donde una pared se había desmoronado sobre la opuesta, había un espacio angosto de acceso.

Se acercó tambaleante, encontró un sitio seco bajo la antigua mesa de trabajo de Frome y se ciñó bien la parca. En cinco segundos estaba dormido.

El sótano apareció otra vez, igual que en la cascada.

Pesadas sillas de roble; correas de cuero en brazos y piernas; sujeciones de cuero y metal en la nuca, como las de la sala de ejecuciones del corredor de la muerte; cuerpos espasmódicos; espaldas arqueadas; calaveras de neón plateado iluminadas desde dentro.

Los niños cantando, siempre cantando, deseosos de obedecer a Tifón, la mayor fuerza —abrumadora e indómita— de todo el universo.

Cuando despertó se percató de que estaba amaneciendo. Había sobrevivido a la noche. Salió a gatas de debajo de la mesa de trabajo. Las herramientas de Frome seguían esparcidas sobre ella, aunque las llaves y los botes de aceite estaban cubiertos de óxido.

Miró hacia el este. Iba a hacer buen día.

Wheelerville se hallaba a mil doscientos kilómetros. Tenía que ponerse en marcha. Pero, aunque todo su ser clamaba para que abandonara ese lugar, había algo que lo retenía allí: algo que debía encontrar.

Se acercó al borde del foso donde en su día había estado la cabaña y contempló su interior. Había un amasijo de barro, madera carbonizada y fragmentos metálicos. Sin duda los federales lo habían cribado todo después de encontrar los huesos ahí abajo.

Se volvió hacia el este y, en ese momento, el sol asomó por encima de la ladera de Round Mountain, a ocho kilómetros de distancia, y algo destelló débilmente entre los escombros en el borde de la fosa.

Ed se acercó y lo recogió. Se trataba del ojo de un muñeco, con una pupila negra que giraba bajo una circunferencia de plástico. De algún modo, tuvo la convicción de que aquel era el ojo de Oso.

Lo apretó con el puño y se lo metió en el bolsillo.

—No me puedo morir —susurró.

Echó a andar hacia el sol, ahora ya desgajado de Round Mountain. Al este de la cabaña había una roca desde la que, de niños, él y Shannon habían tenido un atisbo del mundo exterior.

El enorme promontorio de granito se alzaba en la ladera de la montaña como una cabeza calva y ceñuda.

Aunque las píceas crecían entre treinta y sesenta centímetros al año, su ritmo de crecimiento se estancaba cuando alcanzaban alrededor de veinte metros, y esa zona no había sido talada desde los tiempos de Eriksson.

Desde allí se veía a lo lejos un tramo de Realty Rod, como una franja marrón a través del bosque interminable.

Más allá, se abría el ojo azul de Carr Pond entre la ondulante fronda verde.

En la cara oriental de la roca había una gran hendidura. Inspeccionó su interior. El hueco parecía haber encogido; solo medía un metro veinte de altura. Y ahí, raspadas en la roca, estaban las iniciales de ambos: «E» y «S». Aquello era lo más cerca que habían estado entonces de la libertad.

El perímetro de la valla interior se alzaba un poco más abajo, en la ladera sembrada de rocas. Esa valla también se había oxidado, pero parecía tan infranqueable ahora como veinte años atrás.

Aunque se encontraba a unos cien metros del terreno de la cabaña, observó que también allí había fragmentos dispersos por la explosión: vigas de madera carbonizada, tejas, trozos de metal y de plástico retorcidos por el calor.

Un poco más abajo de aquel escondite vislumbró una anomalía.

Casi junto a la valla, había un objeto gris atrapado entre dos rocas.

Necesitó cinco minutos para bajar y abrirse paso hasta allí.

Era un archivador gris. De algún modo, al FBI se le había pasado por alto.

Las tapas estaban chamuscadas y raídas por la acción de los elementos.

Lo sacó del hueco entre las rocas y lo abrió.

Las hojas interiores se hallaban protegidas por fundas de plástico.

Aun así, había entrado humedad y las primeras y las últimas estaban podridas.

Las del medio, en cambio, se habían conservado intactas.

Había una lista. Ed reconoció la letra de la señora Frome y, aunque la tinta estaba corrida, todavía era legible en parte:

David COPA

Kevin COPA

Edward COPA

Shannon UTENSILIO

Hope UTENSILIO

Catrine COPA

Carl COPA

Empezó a despegar las demás hojas, pero solo podían leerse algunos fragmentos. Fórmulas de las inyecciones, citas bíblicas, técnicas de lavado de cerebro… Ya había visto lo suficiente. Sacó del archivador algunas de las páginas, incluida la lista de nombres, y se las guardó en el bolsillo.

Los insectos empezaban a zumbar entre la hierba. Estaba subiendo la temperatura. Ahora tenía una larga carretera por delante, un viaje de mil doscientos kilómetros. Tenía que dar el primer paso.

Aspiró el aire fresco. Era libre. Había vuelto a la guarida de Tifón, pero el monstruo no se lo había llevado.

Bajó hacia Realty Road por la pista, que ya no resultaba amenazadora a la luz del día. Cuando llegó a la carretera, echó a andar hacia el este.

No circulaban camiones aquel día de septiembre. Había una calma misteriosa en los bosques. A media mañana, llegó a la gasolinera Texaco.

En gran parte, todo seguía igual que en 1970. El canto de las cigarras y los gorriones de garganta blanca, las flores blancas oscilando al viento, y la placa de hierro en su mástil, con una estrella roja oxidada acribillada de perdigonazos.

La oficina estaba tapiada, pero uno de los tablones de la entrada había sido arrancado.

El interior estaba oscuro. Apenas pudo distinguir, por la escasa luz que se colaba entre las rendijas, un mostrador con una antigua caja registradora metálica.

En el cristal resquebrajado que la protegía había un cartel de No está en venta. Las estanterías estaban volcadas.

Rodeó la oficina hasta la parte trasera.

Además de los baños, allí había una bomba de aire, un montón de neumáticos mohosos y un contenedor de basura oxidado.

El bosque había empezado a invadir aquel trecho despejado.

Ya crecían arbolitos entre las grietas del asfalto.

Había restos de basura adheridos en sus ramas y también junto a las paredes de la oficina.

Uno de ellos le llamó la atención. Era un gurruño de nailon con la viñeta de un perro: la cara blanca, el hocico puntiagudo, un botón negro a modo de nariz.

La imagen estaba cuarteada por la exposición al aire libre, pero la tela de nailon, aunque gris y deteriorada, se había conservado.

Ed se arrodilló, conteniendo el aliento.

La chaqueta de Shannon. Alzó la mirada, casi esperando ver a la niña de nueve años junto al autobús amarillo.

Decidió dejar la chaqueta colgada sobre la bomba de aire. La siguiente ventisca se la llevaría lejos.

En ese momento, un zumbido se impuso a los ruidos del bosque. Un helicóptero. A lo lejos. Su corazón empezó a latir con fuerza; de repente, entró en modo persecución.

Echó a andar rápidamente hacia Ashland por el lado de la carretera sombreada por los árboles.

Por ahora, oía el helicóptero a mucha distancia; el ruido aparecía y desaparecía como si estuviera siguiendo un patrón de búsqueda; más lejos, más cerca.

Hacia las diez divisó el puesto forestal.

Dio un rodeo por el bosque y volvió a la carretera a la altura de un aserradero que se hallaba unos centenares de metros más allá.

Al cabo de dos o tres kilómetros, aparecieron los primeros campos despejados y, poco después, algunas granjas de madera.

Por primera vez desde que había salido de Seboomook sintió que había suficientes testigos en la zona como para correr el riesgo de exponerse abiertamente.

Se situó en la cuneta con el brazo extendido.

Quince minutos después, un viejo granjero que se dirigía a la Ruta 11 se detuvo y accedió a llevarlo en su desvencijada camioneta.

Ed le dijo que era un excursionista, que regresaba después de una salida durante el día del Trabajo.

El hombre se dio por satisfecho con esa explicación, aunque ni siquiera a él le sonaba convincente.

No llevaba una tienda ni otros equipos, solo una mochila mediana.

Pero el viejo parecía distraído. Estaba mirando el cielo y señaló hacia lo alto con un dedo nudoso.

—Mire ahí —dijo—. Ese helicóptero lleva dando vueltas desde el alba. Algún pobre incauto que se habrá perdido en Eagle Lake o en Chamberlain, supongo. —Dicho esto, bajó la ventanilla y escupió la bola de tabaco que había estado mascando.

Media hora después, Ed estaba en la Ruta 11 haciendo autostop hacia el sur. El primer tramo de un viaje que lo convertiría en otra persona.