Número desconocido Capítulo 29
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Capítulo 29

Ed llegó a la presa en el extremo norte del lago Churchill alrededor de las cinco de la mañana.

Ya había un atisbo de luz gris hacia el este.

El punto de porteo de canoas parecía muy utilizado.

Un sendero subía hasta la presa y la carretera que la atravesaba.

Si hubiera tenido una canoa individual habría podido cargar con ella y su mochila, y llegar al otro lado al amanecer, pero la canoa doble era muy pesada y la posibilidad de que todavía estuviera acarreando ese peso muerto por la cuesta cuando empezara a haber tráfico en la carretera constituía un riesgo excesivo.

Así pues, la arrastró entre los juncos y, después de sacar la mochila, la inclinó para que le entrara agua.

Terminó de hundirla arrojándole una roca grande en el casco inundado.

La canoa desapareció de inmediato bajo la superficie.

Finalmente, separó los dos remos que habían atado con cinta adhesiva y los tiró entre la maleza.

Cuando los primeros rayos de sol iluminaban las copas de los árboles hacia el este, cruzó la carretera.

Enseguida encontró el principio del tenue y centenario sendero nativo, que tenía siglos de antigüedad y discurría sinuosamente entre los árboles de hoja perenne.

Las telarañas y el follaje que crecía a baja altura le bloqueaban el paso y le evidenciaban que nadie había pasado por allí desde hacía tiempo.

Dos horas más tarde, oyó un leve rumor que iba aumentando a medida que avanzaba.

La superficie de color pizarra del Allagash, moteada de espuma aquí y allá, apareció entre los árboles a su izquierda.

Pasó junto a una pequeña ensenada de guijarros con un trecho cubierto de hierba.

Por ahí habían pasado cazadores: había un par de círculos de piedras para encender hogueras, y armazones de madera de pícea para poner las pieles a secar.

La senda se abría en ese punto y parecía más trillada que el antiguo tramo nativo americano que había dejado atrás.

A su izquierda, aparecieron rápidos, una vorágine de rocas afiladas y aguas bravas que terminaban en una pequeña cascada.

Abajo, en la poza cristalina donde se amansaba la corriente, Ed vislumbró una trucha deslizándose por el fondo.

Incluso distinguió los guijarros, magnificados por la pureza del agua.

Sobre la superficie se deslizaban zancudos y libélulas con rapidez.

En la orilla se veían los restos de otro campamento parecido al anterior.

Ahí, en un trecho iluminado por el sol, extendió la lona y se tumbó.

Sacó el cuchillo de su cinturón, lo sostuvo sin apretar sobre su pecho, apoyó la cabeza en la mochila y se bajó la gorra hasta los ojos.

Pese al peligro, se hundió en un profundo sueño.

Volvió a soñar con el sótano. El sueño era tan vívido como el que había tenido en el «apagón» que había sufrido en la residencia Stetson East.

Él bajaba por las escaleras. La única bombilla que iluminaba las paredes de cemento de la mazmorra oscilaba ligeramente, arrojando sombras espeluznantes.

Esta vez solo había un niño. Estaba sentado en una silla plegable, y le daba la espalda.

Ed se acercaba. Entonces el otro se volvía bruscamente.

Era Carl, pero no el niño que había sido entonces, sino el chico de dieciocho años al que Jim había disparado el día anterior: la mata de pelo negro, las pupilas diminutas, la cara paliducha.

Carl alzaba las manos ensangrentadas de su chaqueta de camuflaje y trataba de agarrarlo de la garganta…

Ed se despertó sobresaltado, blandiendo el cuchillo. Pero allí no había nadie.

El claro estaba tan desierto como cuando había llegado. Había mariposas blancas de la col revoloteando erráticamente sobre las últimas flores silvestres. El rumor de la cascada sonaba igual que antes. Los latidos de su corazón se apaciguaron.

Llenó la cantimplora en la poza, bebió abundantemente y luego comió unas galletas.

Examinó el mapa de Jim. Estaba tan grasiento y manoseado, con los pliegues rotos y raídos, que parecía a punto de deshacerse.

Los saltos de agua se llamaban Chase Rapids.

El pequeño asentamiento de Clayton Lake quedaba al oeste.

Allí había una oficina postal por algún motivo, tal vez para atender a los campamentos forestales; más allá, solo kilómetros de carretera maderera y la lejana frontera.

La idea de la frontera le atraía. Sin embargo, se preguntaba si allí estaría a salvo.

¿Y qué podría hacer en Canadá? Probablemente Tifón tenía allí tanto poder como aquí.

Necesitaba una nueva identidad. Aquel George Dumfries, de Wheelerville, era su única posibilidad.

Debía seguir hacia el este, no hacia el oeste. Pero la ruta hacia allá lo llevaría precisamente por el lugar que lo había atormentado toda su vida: Realty Road se hallaba a ocho kilómetros. Era como si todos los caminos lo condujeran de vuelta a la Granja.

Estrujó el viejo mapa con fuerza. Tras un minuto, su respiración se aquietó. Si tenía que salir vivo de allí, y rápidamente, necesitaba pasar por Realty Road y luego seguir la Ruta 11. No había alternativa. Una vez pasado Ashland, podría arriesgarse a hacer autostop hacia el sur.

Se puso en marcha de nuevo, con las aguas agitadas y a veces rugientes del Allagash a la izquierda y los bosques sombríos a la derecha.

Ahora que estaba lejos de los embarcaderos de canoas, el camino tenía un aspecto casi salvaje, como si, una vez más, nadie lo hubiera pisado entre una estación y la siguiente.

Era consciente de que iba dejando un rastro de ramitas rotas y vegetación pisoteada.

No importaba. Lo único que necesitaba era avanzar deprisa.

El día otoñal empezaba a desvanecerse. Amplias franjas de luz anaranjada barrían el curso del río y cruzaban el camino; luego, gradualmente, fueron engullidas por los árboles de la orilla opuesta, hasta iluminar solo sus copas; finalmente, estas se apagaron también y las estrellas aparecieron como faros solitarios en el cielo púrpura.

Ed mantenía la vista fija en la estrella polar, en torno a la cual el cielo nocturno empezaba a girar lentamente.

El camino era más peligroso en la oscuridad, pero optó por no usar la linterna; ahora ya estaba cerca de la carretera.

Pronto las formas naturales del bosque terminaron abruptamente y se abrió ante él un trecho despejado: la cinta oscura de un puente de la carretera cruzaba el río. Había llegado a Realty Road.

Dobló hacia el este, hacia la Granja.

Los árboles de hoja perenne se inclinaban a uno y otro lado de la carretera.

La Vía Láctea se desplegaba en lo alto. Las estrellas parpadeantes y el amasijo de constelaciones perforaban la negrura del firmamento.

De vez en cuando, una corriente invisible atravesaba una alcantarilla por debajo de la carretera y, a lo lejos, entre los árboles, se divisaba el resplandor de un lago.

No había ni una sola luz de procedencia humana en aquel universo negro.

Pero la lasciva luz de la luna seguía allí. Ahora estaba en fase menguante, más cerca del horizonte occidental que las tres noches anteriores, y proyectaba sobre la carretera de grava una enorme sombra de sí mismo, como si un gigante informe caminara por delante de él.

Continuó así durante cinco horas, caminando sumido en un trance, tan deprisa como podía, consciente de que la oscuridad iba creciendo y de que aquella sombra se alargaba cada vez más a medida que la luna se hundía en el cielo.

Al llegar a una curva del camino, no muy distinta de las muchas que había recorrido, supo sin más que había llegado.

Había un farallón de roca y, más allá, la primera construcción humana que había visto durante todo ese tiempo: una valla metálica que se extendía en la oscuridad por el lado izquierdo de la carretera.

Se detuvo. El rítmico crujido de sus botas, el único que le había acompañado durante aquellas cinco horas, se interrumpió de golpe. El silencio que le siguió era penetrante, aterrador. No se oía nada: ni aves nocturnas, ni rumores entre la maleza. Un silencio mortal.

Pero algo le esperaba más adelante. El monstruo. Tifón.

Se sacó el cuchillo del cinturón. Tenía la mano muy fría, pero la cerró sobre las hendiduras del mango. Veinte centímetros de acero reluciente. Un arma como esa transmite coraje. El coraje suficiente para dar unos pasos hacia un monstruo. Sus pies se pusieron otra vez en marcha.

Más allá de la curva, la carretera estaba desierta.

La doble verja oxidada se alzaba en mitad de la valla envuelta en sombras y cubierta de enredaderas muertas.

Una cinta policial amarilla colgaba de la puerta.

Un resto de lo ocurrido en 1970. Las propias verjas habían sido ajustadas otra vez de cualquier manera pero el candado había desaparecido hacía mucho y, entre ambas, como invitándole a pasar, había un hueco suficiente.

Ese no había sido su plan; jamás habría sido su plan. Pero ahora había descubierto que no había alternativa.

Si no te enfrentas a tus demonios, te acabarán devorando.

Respiró hondo, absorbiendo todas las circunstancias de aquella noche, la luna, sus dieciocho años, el oscuro camino que tenía delante. Estaba en la Granja, y la Granja estaba en él.

Pasó entre las verjas oxidadas y siguió la vieja pista surcada de socavones que ascendía por el bosque.

A fin de cuentas, aquel era el último lugar a donde irían a buscarlo.