Capítulo 28
David y Carl habían llegado al camping de Seboomook en plena madrugada, pero no encontraron ni rastro del Volvo o de Ed.
David le dijo a Carl que se quedara atrás: él podía aparentar que tenía veintitrés años, la edad mínima para pertenecer al FBI, pero Carl no.
Despertó con brusquedad al dueño del súper, un canadiense llamado Hervey Leflaive, y le mostró un documento falso del FBI.
Leflaive acababa de salir de un profundo sueño y, con los años, ya se había hartado de los agentes federales y los sheriffs que se presentaban de improviso para preguntar por personas que cruzaban de un lado a otro la remota y apenas vigilada frontera situada a ocho kilómetros.
Dijo que no sabía si alguien había pasado por allí alrededor de medianoche para usar el teléfono.
Para entonces, él ya llevaba tres horas durmiendo.
Y no, nadie había llegado más temprano para comprar provisiones o alquilar una canoa, aunque había un montón de los primeros en el supermercado y muchas de las segundas amarradas esperando a que alguien se atreviera a desafiar el clima de aquellos días postvacacionales para navegar por el lago.
David le pidió si podía comprobar que no le hubieran robado alguna de las canoas.
—Supongo que ya estoy despierto —dijo Leflaive. Se puso un abrigo encima del pijama y cogió una linterna. Pero cuando llegaron a la orilla del lago comprobaron que las doce canoas estaban atadas al embarcadero.
Cabía la remota posibilidad de que Ed estuviera aún en Seboomook. En ese caso, estaba escondido. No había ningún tráfico en las carreteras madereras. Los faros se verían a varios kilómetros a la redonda. En toda la zona reinaba un silencio sepulcral.
Dos hombres trajeados que viajaban en dos Crown Vics negros llamarían demasiado la atención en aquellas tierras salvajes. Hacer que acudieran más agentes falsos a la zona empeoraría las cosas. Si podían encontrar a Ed sin pedir refuerzos, mucho mejor.
David y Carl abrieron los maleteros de los coches, se pusieron la ropa de montaña que llevaban, cogieron unas linternas y empezaron a explorar la orilla del lago.
A un kilómetro y medio del camping encontraron una camioneta Chevy desvencijada y una zona de terreno removido donde parecía que alguien hubiese montado una tienda de campaña recientemente.
Pero ni la tienda ni el dueño de la camioneta se veían por ninguna parte.
En el barro de la orilla había una leve marca de la quilla de una canoa.
Daba la impresión de que quien había estado allí había seguido a través del lago.
Volvieron al camping. Una cosa era segura.
Ed no habría vuelto hacia el este. Las dos alternativas que quedaban eran la frontera o la accidentada carretera sin salida que iba hacia el norte, hasta el lago Caucomgomoc, a unos treinta kilómetros.
Había solo una pequeña posibilidad de que Ed hubiera ido en esa dirección para intentar huir a través de los bosques, pero David debía prever todas las posibilidades.
Carl había sido adiestrado en rastreo y supervivencia en los campamentos de verano en medio de la naturaleza, y su instructor, un antiguo agente de las fuerzas especiales, lo consideraba uno de los mejores alumnos. Él podía seguir en esa dirección.
Carl deslizó sin hacer ruido una M40 con mira telescópica en su maletín. Sonrió para sí; luego sus ojos mortecinos tropezaron con los de David.
—¿Piensas usar eso? —preguntó este.
—Primero dispara y luego pregunta, ya sabes —dijo Carl.
—En este estado no —repuso David.
—¿Esto es un estado? —preguntó Carl, recorriendo con la vista los bosques oscuros que los rodeaban—. Si lo quieres muerto, está muerto.
David no respondió. Vermeulen quería a Ed vivo, pero él tenía motivos para desear otra cosa.
—Bueno —dijo Carl—. Voy a Caucomgomoc. Me comunicaré por radio.
Arrojó el maletín del rifle en el asiento del copiloto del Crown Vic y se sentó frente al volante.
A través de la ventanilla, Carl le dirigió otra mirada con aquellos ojos mortecinos.
Eso fue lo último que David vio de él. Luego encendió los faros, pisó a fondo el acelerador y se alejó rugiendo por la pista de tierra hacia el norte.
David condujo de vuelta hacia el oeste, hasta Dole Pound, y se detuvo en un desvío cerca de la frontera junto a un letrero que decía: Todos los camiones cargados deben parar en la Aduana de EE.UU.
El mismo mensaje aparecía debajo en francés.
David sabía que no había ningún puesto de aduana en las inmediaciones; el más cercano controlado por la policía, en la Autopista 201, quedaba a treinta kilómetros hacia el sur.
La frontera estaba protegida únicamente con una verja que dejaban abierta y casi siempre sin vigilancia.
La política aduanera en aquellos parajes remotos era en gran parte una cuestión de honestidad (o deshonestidad, en el caso de los contrabandistas), y los vehículos solo eran sometidos a inspecciones aleatorias cuando el sheriff o los agentes de aduanas estaban en la zona, algo que raramente ocurría.
Los transmisores que llevaban ellos dos estaban funcionando casi al límite. Carl llamó. Estaba en Caucomgomoc. Eran alrededor de las cuatro de la madrugada. No había ni rastro del Volvo familiar, pero la pista continuaba desde el lago hacia el norte. Pensaba recorrerla hasta el final.
Esa fue la última noticia suya que tuvo David.
Todo el día siguiente se lo pasó esperando que volviera a llamar.
Por la noche, trató de conectar con él a cada hora.
El transmisor permaneció obstinadamente muerto.
Entre tanto, seguía sin haber tráfico en la carretera maderera.
Sus ropas empezaban a apestar. Pensó en volver a llamar a Vermeulen, pero titubeó.
Apretó los puños en el volante del coche, deseando que apareciera el Volvo.
Pero no apareció. Mientras esperaba, tuvo mucho tiempo para pensar.
No le habían devuelto su vida para que fallase ahora.
A él le habían eximido de la misión que tenían los demás.
Y había sido escogido como líder, primero por la señora Frome y luego por Vermeulen, y después por quienquiera que controlara a Vermeulen.
Estaba ascendiendo hacia lo más alto. A los nueve años lo habían adoptado unos miembros de la Federación Germano Alemana, integrantes clandestinos pero fervientes del Partido Nazi Americano.
Los fascistas y sus amigos se habían encargado de su educación cuidadosamente.
Había necesitado años de desprogramación para convertirse en lo que era ahora.
El mejor médico de la organización le había administrado las drogas que lo habían llevado poco a poco a su estado actual.
A ese médico lo llamaban Doctor Muerte: era un genio de las pócimas, con frascos y jeringas utilizadas en las cámaras de ejecución de media docena de penitenciarias.
En el caso de David, las drogas lo habían traído de vuelta de la muerte.
Había recuperado la memoria, y lo que recordaba del sótano de la Granja no era agradable.
Desde luego, era lo suficiente para quebrar la mente de un hombre más débil.
Pero no la suya. Él era David, el rey de la señora Frome.
Con el tiempo, se había enfrentado al monstruo que albergaba en su interior.
Por fin, había aprendido a no obedecer a Tifón, solo a temerlo.
Había mirado el abismo y el abismo le había devuelto la mirada.
Ahora podía contemplar aquella pesadilla con cabeza de serpiente, si no con ecuanimidad, sí al menos sin una obediencia ciega. Ningún detonante funcionaba con él.
Ahora era capaz de recordar libremente. Pero, en cierto modo, Ed también.
David lo recordaba de los años en la Granja, y todo lo que recordaba le provocaba odio.
Por muchos golpes que recibiera, el chaval nunca se derrumbaba.
Nunca. El labio partido, la nariz ensangrentada, el ojo morado.
Nada lo detenía. Y cuando él estaba agotado y ya le había asestado todo su repertorio de golpes…
Ah, todavía recordaba con odio la humillación que había sufrido en dos ocasiones, cuando Ed lo había hecho caer de culo de un puñetazo y todos los demás, salvo Carl, se habían reído de él.
Cuando pensaba en Ed, el suyo era un odio absoluto, rojo y sangriento.
Quería verlo muerto. No había contradicho a Carl cuando este había insinuado que la M40 no era solo para aparentar.
Primero dispara. El fin de Ed. El fin de un problema, además.
Si la casuística estaba permitida en Tifón, tal vez Vermeulen debería desear también que Ed estuviera muerto.
¿Acaso no se había librado del bloqueo mental en la residencia?
Lo mismo podía ocurrir fácilmente durante su misión. ¿Qué sucedería entonces con Tifón?
Así pues, argumentaba David en silencio, ¿no sería mejor que muriera ahora? Ya habría otro chaval criado en el complejo de Tifón en el desierto de Sonora que pudiera ocuparse de la presa. Un chaval sin memoria, sin remordimientos ni resistencia.
A la segunda noche se dio por vencido. Usó el teléfono público del camping.
Leflaive lo observaba desde el interior del súper.
Él le dio la espalda por si el tipo era capaz de leer los labios.
La conversación fue tan mal como temía. Vermeulen le dijo que estaba relevado.
Enviarían al norte a otros cuatro agentes de Tifón que podrían usar como tapadera la inminente temporada de caza de pavos salvajes mientras buscaban a Carl y a Ed en los bosques.
Mientras tanto, él debía largarse de allí cuanto antes.
Fue después de colgar el teléfono, mientras contemplaba el lago con la mirada vacía, cuando vio a la luz del crepúsculo la desvencijada Chevy que habían descubierto dos noches antes subiendo por la pista desde la orilla.
Tenía los faros encendidos, así que no pudo ver bien a su ocupante, pero le dio la impresión de que era un tipo viejo con un collie sentado a su lado.
No Ed. El tipo parecía un amante de la naturaleza que sonreiría desdeñosamente ante la idea de pagarle a Leflaive una plaza en el camping.
Más por puro reflejo que por suspicacia, David memorizó el número que figuraba en la matrícula por encima del emblema: ZONA DE VACACIONES .
Había algo raro en esa camioneta que se le quedó grabado en el fondo de la mente.
Solo mucho más tarde comprendió de qué se trataba.