Número desconocido Capítulo 27 #4
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Capítulo 27 #4

—George Dumfries. Un buen tipo. Igual que yo, nunca se adaptó completamente a la vida civil.

Vive desconectado de todo en el norte del estado de Nueva York, cerca de Wheelerville.

Trabaja un poco como detective privado. Pero sus verdaderos ingresos los obtiene fabricando documentos.

Documentos falsos. Creo que es el hombre que necesitas para conseguir un pasaporte, un permiso de conducir, el número de la Seguridad Social y el certificado de secundaria. Ese tipo de cosas.

—¿Estás diciendo que podría resolver mi situación? —preguntó Ed.

—No lo haría a cambio de nada.

Ed lo miró fijamente.

—¿Cuánto?

—Para un amigo, quizá uno de los grandes.

—¿Y su trabajo es fiable?

—Totalmente.

Ed guardó silencio. Estaba a punto de desprenderse del último fragmento de lo que había sido hasta hora. El pasado se desvanecía en la oscuridad. Ya no existiría Maine, ni Boston, ni Northwestern, ni Winthrop Road. Stu y Bettie estaban muertos. Gloria también. Jim pronto iba a desaparecer.

Este rompió el silencio.

—Escucha, chaval, tenemos que movernos. Me imagino que ese chico debería de haber informado a estas alturas.

—Bueno, ¿qué vamos a hacer?

Jim le expuso su plan. Mientras lo hacía, atardeció, y luego cayó la noche.

—Una última cosa —dijo Jim al terminar.

—¿Qué? —respondió Ed.

Jim se miró las botas. La luna se había alzado y aparecía ahora en lo alto del cielo.

Ed observó que parecía otra vez el Mr. Punch de los espectáculos de títeres y que arrojaba una lasciva luz amarillenta sobre el claro.

Las locomotoras parecían moverse bajo las sombras moteadas.

Solo dos días antes había escuchado Rust Never Sleeps en la habitación de Moss.

El óxido nunca duerme. La decadencia nunca se detiene.

—Hasta ahora hemos tenido suerte —dijo Jim—.

No hay nada que nos relacione. Pero a partir de ahora tenemos que seguir caminos separados.

Lo entiendes, ¿verdad, chaval? —Ed se limitó a asentir—.

No vuelvas a contactar conmigo, a no ser que sea cuestión de vida o muerte.

¿Entendido? Por el bien de los dos. ¿Me lo prometes?

Ahí estaba. El último fragmento a punto de desaparecer.

—Sí, te lo prometo. Solo en caso de vida o muerte —se oyó decir Ed.

—Buen chico —dijo Jim con tristeza. Se puso de pie—. De acuerdo, en marcha. Tenemos cosas que hacer.

Ambos se levantaron. Ed echó un último vistazo a las dos moles de las locomotoras. Unos dinosaurios perdidos en el tiempo en las profundidades de los bosques de Maine.

Rehicieron el camino hasta la orilla del Eagle Lake.

Las ruinas de las cintas transportadoras que en su día subieron los troncos del lago y los cargaban en los vagones sobresalían como colmillos de la superficie del agua.

Jim se había llevado consigo la M40. La sujetó por el cañón, adoptó la postura de un lanzador de martillo y la arrojó al lago.

El chapoteo espantó a un par de somormujos, que se perdieron en la noche dando graznidos.

Luego lanzó su querido Winchester, y también el de Ed.

—¿Tienes la Colt? —preguntó Jim.

Él asintió y se la mostró.

—Tírala —le ordenó Jim. Ed obedeció y se oyó otro chapoteo.

—Hay suficiente hierro hundido en el lago como para que un detector de metal pueda localizar esas armas —dijo Jim.

Volvieron atrás siguiendo la vía. Al acercarse a la cabaña forestal, se detuvieron y aguzaron el oído, pero todo estaba en silencio. Fueron a la orilla del lago Chamberlain, cogieron las linternas frontales, descargaron la canoa y lo dejaron todo allí, salvo la mochila de Ed.

Transportaron la canoa hacia el norte. Tardaron más o menos una hora en recorrer los casi tres kilómetros hasta el lago Eagle. Dejaron la canoa en el agua y arrojaron dentro la mochila de Ed. Luego Jim ató los dos remos con cinta adhesiva para convertirlos en uno solo.

—Debería aguantar —dijo—. No va a resultar tan fácil estando tú solo.

—Supongo que tendré que apañármelas.

Jim sacó un viejo mapa y se lo dio. Parecía un ejemplar del departamento forestal de los años cincuenta.

—Necesitarás esto, chaval. Recuerda, sigue siempre hacia el norte.

Este lago y el siguiente te llevarán al río.

Después, el primer punto de porteo de canoas está en la presa Churchill.

Tendrás que dejar la canoa allí. Escóndela bien.

Hay una vieja pista maderera junto al río.

Síguela. Luego toma hacia el este y de vuelta hacia el sur.

—¿Y tú?

—Ya te lo he dicho, chaval. Ellos no saben nada de mí. Ni lo sabrán nunca. Cruzaré ese puente y seguiré el sendero hacia el sur. Debería llegar a la camioneta sin llamar la atención.

Ed sabía que si alguien era capaz de evitar a una patrulla era él.

—Bueno, nos vemos, Jim —dijo, y se inclinó para acariciarle la cabeza a Laramie. Luego subió a la canoa, se sentó, y sujetó el improvisado remo.

—Nos vemos, chaval. Espero que las cosas te salgan bien —dijo Jim.

Ed tragó saliva.

—Gracias por todo.

—Tú cuídate. Con eso basta.

Ed asintió, empujó la canoa para apartarla de la orilla, dio la vuelta y, con una última mirada hacia atrás, empezó a remar hacia el norte a lo largo de aquella extensión de tres kilómetros de agua gris.