Número desconocido Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

—Esto es el ferrocarril Eagle Lake and West Branch, o lo que queda de él.

Quince kilómetros de vía en mitad de la nada, yendo a ninguna parte.

Al principio tenían un teleférico para transportar la madera; después, este ferrocarril construido en 1927.

Arrancaba de aquí, daba la vuelta hacia el oeste por el puente del Chamberlain y bajaba hasta Umbazooksus, desde donde los troncos descendían flotando por el río hasta la fábrica de Millinocket.

Cuando el negocio se desmoronó con el Crac del 29, decidieron que no valía la pena llevarse las locomotoras ni siquiera como chatarra.

Y las dos se han quedado aquí desde entonces.

En las calderas de ambas había grandes pintadas blancas. Nombres y fechas, declaraciones de amor, o notificaciones de que una persona había estado allí, en el fin del mundo, sin otro motivo que pintar grafitis.

—Así es, y supongo que pronto estas viejas damas se volcarán en el lodo y quedarán enterradas hasta el Día del Juicio —añadió Jim.

Luego, saliendo de su ensoñación, dijo:

—Vamos, chaval. Tenemos un cuerpo que enterrar. Mira a ver si por casualidad hay una pala de carbón en alguna de las cabinas, ¿quieres?

Jim cogió el cadáver de Carl por los pies y empezó a arrastrarlo hacia los árboles.

Como perdido en un sueño, Ed subió los escalones oxidados de la cabina de la locomotora más grande.

Observó el complejo panel de control: un montón de indicadores y medidores rotos y amarillentos, cuyas agujas habían desaparecido.

Una serie de palancas herrumbrosas subidas y bajadas sin orden aparente, permanecían en la posición en la que habían sido dejadas cuarenta y seis años atrás, cuando la locomotora concluyó su último viaje.

La puerta del fogón estaba abierta, aunque su interior se hallaba sumido en una completa oscuridad.

Encima, había una placa donde figuraba el nombre del fabricante, Schenectady Locomotive Workshop, y el año 1897.

En la parte trasera de la cabina, junto a la carbonera, había dos palas oxidadas. Ed las cogió y siguió el rastro de sangre que mostraba por dónde se había internado Jim en el bosque.

Este estaba a unos seis metros junto al cadáver. Cogió una de las palas.

—Podríamos dejárselo a las alimañas —dijo—. Pero suelen esparcir los huesos y quizá los encontrarían. Será mejor que empecemos a cavar.

Era un duro trabajo abrirse paso entre la maraña de raíces.

Casi enseguida, la pala de Ed tropezó con algo metálico.

Sacó el objeto del lodo. Era una placa rectangular de unos cincuenta centímetros de ancho y quince de alto, con dos orificios de remache a cada lado y una leyenda grabada en mayúsculas: LOC N.

8 NÚMERO DE REGISTRO 4553 PRESIÓN PERMITIDA 190LBS PRESIÓN HIDROSTÁTICA 239LBS.

El «3» del número de registro estaba invertido. El número de Carl. Al revés. Ed lo miró unos instantes; luego lo dejó a un lado.

Tardaron dos horas en cavar lo suficiente para llegar hasta donde el barro se volvía casi en líquido.

Arrojaron ahí el cadáver, que quedó hundido a medias.

Los ojos de Carl estaban llenándose de agua; los insectos reptaban por sus córneas.

Era como si estuviera dándose un último baño en el lodo.

Ed reparó en la placa de la locomotora, que había quedado junto al montón de barro.

Lo mejor, pensó, sería devolverla a la tierra, que quedara olvidada, igual que Carl, y la tiró sobre su pecho.

De la boca del cadáver salió una exhalación.

Su último aliento, impulsado por el peso de la placa. Ed se inclinó hacia un lado y vomitó.

—Ve a sentarte al lado de las locomotoras —dijo Jim—. Yo acabo esto.

Ed volvió al claro y se sentó con Laramie en los escalones de una locomotora.

Era media tarde cuando Jim emergió del bosque, a esas alturas en mangas de camisa, sudoroso y cubierto de barro. La luz empezaba a desvanecerse por el oeste.

—Vamos a tomarnos un momento —dijo. Se sentó en los escalones de la cabina de la otra locomotora y sacó unas galletas y una cantimplora. Ed hizo otro tanto, pero reparó en el suelo manchado de sangre y no pudo comer.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Jim le arrojó a Laramie un poco de carne seca. El animal la engulló rápidamente y alzó la mirada pidiendo más.

—He estado pensando —dijo Jim—. Este no era el tipo que te asustó en Boston, ¿verdad?

—No, ese era David.

—O sea que David aún podría andar por ahí, quizá con otros. Podría estar cerca.

—Supongo.

Guardaron silencio un momento. Se oía el rumor del viento entre el follaje y el canto de los pájaros, nada más.

Jim se volvió y miró fijamente a Ed. Este detectó algo en sus ojos que nunca había visto antes: tristeza. Sabía lo que se avecinaba. Algo se desvaneció en su interior. Quizá la esperanza.

—¿Ellos nunca van a dejar de perseguirte? —preguntó Jim.

Ed negó con la cabeza.

—Supongo que no. Y supongo que han decidido que es mejor que esté muerto.

Cuando llamé a Gonzalez, comprendí que soy un lastre.

Del peor tipo. Si están dispuestos a matar a una agente federal y a enviar a Carl a por mí, no van a dejarlo correr.

En el sitio de donde salió él, tienen a muchos más.

A la mitad de los agentes federales de este país, para empezar.

—Miró cómo descendía el sol entre el follaje.

El futuro parecía un enorme vacío desprovisto de esperanza.

—Yo pienso lo mismo —dijo Jim—. No sé cómo se las arregló ese chico, pero debía de estar muy bien adiestrado para encontrar nuestro rastro. —Miró el rifle que yacía en el suelo—. Un M40. Modelo A1. Lo recuerdo del Vietnam. Estas armas no crecen en los árboles.

Hubo un breve silencio. Luego Jim preguntó:

—¿Tienes dinero?

—Algo. Estaba en la caja fuerte de Stu.

—¿Cuánto?

—Unos diez de los grandes.

Jim soltó un silbido.

—Supongo que Stu lo reservó por si venían malos tiempos. —Pensó durante unos instantes—. ¿Recuerdas que te hablé de un tipo con el que estaba en los Marines?

—Claro.