Capítulo 27 #2
—No podemos quedarnos atrapados ahí —dijo—. Podría ser que fueran más de uno. —Señaló la pista por donde pasaban los raíles—. Seguiremos las vías hacia el norte.
Echó a andar en aquella dirección. Ed lo siguió.
¿Unas vías? ¿Qué demonios? Las traviesas y el balasto formaban un camino medio enterrado y aquí el suelo era más firme.
Pero seguían estando al descubierto. Miró nervioso hacia la izquierda, la dirección por la que presumiblemente el tirador iba a tratar de cerrarles el paso.
Oyó un crujido entre los árboles por ese lado.
Giró sobre sus talones, se arrodilló y apuntó el cañón del rifle hacia esa dirección.
No se veía nada, salvo la cara impasible del bosque, pero algunas ramas se agitaban, indicando un movimiento reciente.
Se volvió hacia la pista y de repente descubrió que Jim y Laramie habían desaparecido.
—Mierda —masculló. Se sintió traicionado. Pensó en llamarles, pero eso solo serviría para alertar a quien acechaba en el bosque.
Siguió adelante, avanzó agazapado, con la sensación de que iba a recibir el disparo mortal en cualquier momento.
Al fondo, el bosque iba abriéndose. Llegó a un desolado margen del lago, con restos de grúas, raíles retorcidos, troncos y maderos en el lodo de la orilla, como una imagen de la tierra de nadie en la Primera Guerra Mundial.
Había estructuras de hierro abandonadas entre matojos, y árboles jóvenes que asomaban a través de ruedas dentadas y generadores de vapor oxidados.
Más allá, la superficie gris metálica del lago se extendía a lo largo de kilómetros.
Se puso a cubierto detrás de un generador de color rojo oxidada y miró por encima hacia la línea de árboles.
¿Dónde demonios se habían metido Jim y Laramie?
Oyó un ladrido hacia el oeste, que fue rápidamente silenciado.
Laramie. Abandonó las vías y se deslizó hacia los árboles en esa dirección, pisando con cautela, consciente de que tal vez avanzaba directamente hacia el tirador.
Un manto solemne cayó sobre él cuando se adentró entre la maleza sofocante.
El suelo estaba húmedo y lleno de musgo, con un amasijo de árboles caídos y nuevos brotes.
Intentó distinguir con detalle entre la maleza, pero aquello era absolutamente salvaje, completamente hostil al hombre: marrón, gris, verde; ramas entrelazadas; troncos caídos cubiertos de musgo; árboles jóvenes y arbustos sin un camino definido.
Lo único que se oía era su respiración y el crujido de las ramas al partirse.
Ed se detuvo. Todo estaba sumido en un completo y terrorífico silencio.
Ni siquiera se oía el canto de un pájaro.
Como si la naturaleza estuviera conteniendo el aliento y esperando a…
¿qué? Entonces lo oyó, no muy lejos, hacia su izquierda: otro cuerpo moviéndose a través de la maleza entre un murmullo de follaje y crujidos de ramas.
Demasiado grande para ser Laramie. ¿Era Jim o el tirador?
Fuese quien fuese, allí resultaba invisible.
Nada se distinguía más allá de diez metros en la verdosa penumbra.
Estaba ligeramente mareado. El bosque parecía girar en la periferia de su campo visual.
Se puso a cubierto tras un árbol. Notó que se le erizaba el vello de la nuca.
De repente, le pareció que el crujido del follaje sonaba a su espalda.
Estaban acechándole. Giró en redondo, con el cañón del Winchester en ristre, pero lo único que vio fue el mismo panorama asfixiante que tenía delante.
El murmullo se desvaneció. Se apoyó en el árbol y recuperó el aliento.
Luego avanzó de nuevo, siguiendo la dirección por donde habían sonado los pasos.
Había luz más adelante, una luz esmeralda y no parduzca como la de la espesura del bosque.
Un claro. Se acercó lo más sigilosamente posible.
La luz del día de septiembre volvía a filtrarse entre las ramas y, al final, pasó bruscamente de la penumbra a la linde de un claro moteado de rayos de sol y cubierto de florecillas blancas.
Y aquí, en este claro, se desplegaba el panorama más extraño que había visto en aquel último día de su vida Edward Burns Constance.
En el centro, como caídos del cielo, se alzaban dos gigantes rojizos y herrumbrosos en un corto tramo de raíles: dos locomotoras de vapor de cien toneladas, una al lado de la otra.
Sus ruedas motrices eran tan altas como un hombre y sus chimeneas debían medir unos ocho metros.
Ambas estaban ligeramente ladeadas a causa del hundimiento de los raíles en el barro.
La puerta de la caja de humos de una de ellas se había perdido, dejando a la vista un oscuro ojo de Cíclope.
Los raíles desaparecían en los márgenes del claro.
Si los signos dispersos de actividad humana habían resultado anómalos hasta ahora, la presencia de aquellos engendros en mitad de los bosques vírgenes venía a ser como encontrar un esqueleto de dinosaurio o la estatua fragmentada de Ozymandias en un paraje desértico.
Ed meneó la cabeza. Quizá se despertaría ahora en la tienda de campaña, a la orilla del Chesuncook, y la jornada volvería a empezar.
Su corazón palpitante, sin embargo, le decía otra cosa.
El disparo fue como una bofetada en la cara. Salió como de la nada. Demasiado rápido para sentir dolor o percibirlo siquiera. Una bala de rifle viaja a mil quinientos metros por segundo. Ed respiró y se dio cuenta de que no estaba muerto. No le habían dado.
Jim apareció entre la maleza a unos veinte metros a su derecha. Del cañón de su Winchester salía aún una nubecilla de humo. Laramie se agazapaba detrás, con el vientre casi pegado al suelo.
Jim accionó la palanca del rifle, expulsando el cartucho y metiendo otro en la recámara.
Tenía la vista fija en un punto situado junto a la cabina de una de las locomotoras.
Ed siguió su mirada. Al lado de los escalones, entre las altas hierbas, había algo que se retorcía ligeramente.
Jim apoyó el rifle en el hombro y volvió a disparar.
El cuerpo se estremeció al recibir el impacto y dejó de retorcerse. Jim expulsó el cartucho y avanzó.
Ed se sacudió su parálisis y lo siguió. Dejó atrás a Laramie, que se había tumbado a cierta distancia de las locomotoras, obedeciendo una orden silenciosa de Jim. El animal gimoteaba, con la lengua fuera.
Ed alcanzó la sombra de la gigantesca locomotora abandonada y miró el cuerpo que yacía en el suelo.
Aunque habían pasado nueve años, lo reconoció al instante, tal como había reconocido a David. Era Carl. La cara paliducha y la mata de pelo negro, el cuerpo achaparrado y las piernas robustas. En el suelo, a suficiente distancia como para no entrañar peligro, había un rifle con mira telescópica.
La chaqueta de camuflaje del chico estaba empapada de sangre.
Al parecer, una de las balas de Jim le había dado en la parte superior del tórax, justo por debajo de la clavícula derecha; la otra, le había perforado el costado izquierdo.
La sangre rezumaba de su boca hasta el lodo.
Ed recordó que los ojos hundidos de Carl tenían unos iris particularmente negros y diminutos.
Ahora estaban fijos en él, con ese aspecto vidrioso de la muerte cercana que había visto en animales moribundos.
Carl, sin dejar de mirarlo, movió los labios, pero de su boca no salió una palabra, solo otro hilo de sangre.
—¿Le conoces? —preguntó Jim.
Él tardó un momento en responder.
—Uno de los siete —susurró—. Se llama Carl. —Luego, de modo espontáneo, acudieron a su mente unas palabras: «Y el tercer ángel derramó su copa sobre los ríos y las fuentes de las aguas, y se convirtieron en sangre».
La respiración de Carl se volvió más trabajosa. De su boca y su nariz salían burbujas de sangre.
El chico, en medio de su agonía, estaba intentando decir algo. Otro hilo de sangre salió de su boca. Ed miró sus dientes amarillentos y ensangrentados.
—Háblale —le dijo Jim—. Quizá te enteres de algo.
Ed dejó su rifle en el suelo y se arrodilló junto a Carl. Este dejó escapar un gorgoteo estrangulado.
—No te oigo —dijo Ed.
Carl volvió a emitir el mismo sonido y Ed se inclinó aún más sobre él.
Con lo que parecía un último esfuerzo sobrehumano, Carl alzó la cabeza y le escupió en la cara unas gotas de sangre.
Ed sintió en su boca un gusto amargo y ferroso.
Carl se derrumbó de nuevo con un extraño suspiro.
Ahora sus ojos estaban abiertos e inmóviles.
Ed se echó hacia atrás y se quedó en cuclillas mirando la cara del muerto.
—No tengo ni idea de cómo nos ha encontrado este chaval —dijo Jim.
—Quizá tengan un sexto sentido, ¿sabes? —respondió él—. En cualquier momento, en cualquier lugar…, ellos saben dónde estamos.
—Bueno, espero que no sea así, maldita sea; de lo contrario, vendrán más —respondió Jim—. Al menos, ya no tenemos que preocuparnos de este.
Cuando a Ed se le pasó la conmoción le apareció la rabia. Se levantó de golpe.
—Has seguido sin mí.
—Es que lo he visto, Ed, y quería alejarlo de ti. A ver, chaval, tú sabes disparar muy bien, pero ¿alguna vez le has disparado a un hombre? —Aunque él acababa de hacerlo, no había ni un ápice de emoción en su rostro.
Ed se preguntó si habría vacilado al enfrentarse a Carl. Miró para otro lado. Las enormes locomotoras abandonadas que se erigían junto a ellos no hacían más que aumentar la hipnótica sensación de irrealidad.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
—Prácticamente en mitad de los bosques —respondió Jim—. En la línea divisoria del Allagash y el Penboscot. Todas las fábricas de celulosa estaban en el sur, y la madera que venía del norte había que traerla por esta lengua de tierra, así que construyeron una línea férrea a través de ella.
—¿Un ferrocarril aquí?
Jim asintió