Capítulo 27
No dijeron una palabra mientras recogían sus cosas a la mañana siguiente.
Ambos estaban cansados y silenciosos. Ed no conseguía zafarse de su sueño.
Jim se puso unas gafas oscuras. No solo sus ojos, sino su presencia parecía desvanecerse tras ellas.
Ed sabía que cuando la sombra de la depresión lo atrapaba podía pasarse horas sin decir prácticamente nada.
Solo Laramie parecía entusiasmado ante la nueva jornada.
Remaron hasta la cabeza del lago Chesuncook, más allá de Gero Island.
El trabajo duro empezó en una ensenada de la orilla más alejada.
Descargaron las provisiones, la tienda, las armas y los aparejos de pesca y luego llevaron la canoa tierra adentro a lo largo de un kilómetro y medio.
El terreno era cenagoso; el camino, rocoso y húmedo, aunque las rocas proporcionaban puntos de apoyo entre los charcos.
Los árboles de hoja perenne se inclinaban cada vez más cerca por encima de sus cabezas.
El agua estaba estancada y los insectos, que hasta entonces habían estado prácticamente ausentes, alzaban el vuelo y pululaban a su alrededor: mosquitos, moscas alce, moscas negras, todas ávidas de sangre.
Atravesados en el camino, había enormes troncos de cedro podridos, algunos de diez o doce metros, aunque en algún momento los habían cortado con una sierra mecánica para permitir el paso.
Un musgo esponjoso ensombrecía a menudo la ruta.
Había senderos laterales que se ramificaban en varias direcciones, despistando a Jim momentáneamente, hasta que volvía a encontrar el camino principal.
Las águilas pescadoras soltaban su chirridos intensos y sibilantes en los alrededores, asustadas por la aparición inusitada de aquellos intrusos.
Llegaron a otro lago, dejaron la canoa allí y rehicieron el camino para recoger los equipos.
Al aproximarse a la orilla del Chesuncook, aminoraron el paso, con el temor de estar retrocediendo hacia sus perseguidores, pero el lago seguía desierto a aquella hora temprana; el único movimiento que se detectaba era el de la niebla que surgía de su superficie bajo el calor del sol.
Laramie, el único que no percibía la tensión, correteaba de aquí para allá, ajeno al esfuerzo aparentemente inútil que suponía rehacer sus pasos.
Espantaba a las aves silvestres y sobresaltó a una nutria en un canal de agua salobre.
Cruzaron el segundo lago, que Jim llamó Mud Pond, una extensión de agua tan anodina como su nombre.
En la orilla más alejada, repitieron la operación de transportar la canoa y los equipos.
El camino era idéntico al que habían recorrido hasta Mud Pond y conducía a otra masa de agua, de unos cuatro o cinco kilómetros de anchura.
—Chamberlain —dijo Jim. Eso y «Mud Pond», además de alguna maldición por los insectos, fue prácticamente lo único que dijo aquel día.
Volvieron a ocupar sus asientos en la canoa, aliviados después de todo el trajín, y remaron hacia el nordeste.
Ahora hacía calor. Ed estaba sudando y, con el ejercicio de sus músculos, se sentía más despejado.
La intensa perturbación de la noche empezaba a desvanecerse, pero aun así no podía librarse de una sensación de inquietud.
Aquel lugar era tan primitivo e informe que parecía como si Dios nunca hubiera esperado o deseado que el hombre lo pisara.
Pasaron junto a una roca que sobresalía de la superficie del lago, en la que habían atornillado una herrumbrosa anilla de amarre, igual que en el relato de Thoreau un siglo antes.
Ese era el único objeto creado por el hombre, aparte de los que ellos llevaban, que había visto en todo el día.
Aquí, cualquier vestigio de vida humana no parecía una reliquia abandonada por la historia, sino por una raza alienígena.
Aquella solitaria anilla de amarre hacía que todo el paisaje circundante pareciera incluso más vasto y solitario.
Remaron sin parar durante dos horas, cubriendo quince kilómetros.
El lago se estrechaba a medida que llegaban a su cabecera.
Se dirigían hacia la orilla de la derecha, donde Ed divisó algo parecido a un claro abierto por la mano del hombre que descendía hasta el lago.
Al mismo tiempo, tras un promontorio situado a la izquierda, apareció a la vista otra obra inequívocamente humana: una hilera de grandes pilotes de madera que sobresalían como dientes de las aguas color pizarra en el extremo del lago, a poco más de medio kilómetro de distancia.
Los restos de un puente de caballetes, torcido y roto, se sostenían precariamente encima.
¿Qué hacía aquella construcción en mitad de la nada? Otra anomalía.
Pero no fue eso lo que hizo que Ed dejara de remar.
En el extremo occidental del puente ruinoso había una diminuta figura de pie.
Estaba demasiado lejos para distinguirla bien.
Tenía en la mano un objeto largo, semejante a una caña de pescar, que apuntaba hacia ellos.
Jim también había visto la figura y también había dejado de remar.
La luz resplandeció en un cristal desde lo alto de la caña.
Una mira telescópica, pensó Ed. Un agudo silbido cruzó el aire entre ellos dos.
El ruido de la detonación le llegó al cabo de un segundo.
Luego un eco sordo. Al parecer, la capacidad de razonar de su mente seguía intacta.
Jim soltó una maldición.
—¡Vamos! —gritó, y se puso en marcha de nuevo, manejando el remo frenéticamente.
Ed lo imitó. Sonó otro silbido en el aire, allí donde había estado una o dos paladas antes, y luego otra reverberación.
Todavía no se le había disparado la adrenalina; aún tenía la mente fría.
Se agachó y siguió hundiendo el remo a fondo.
Se arriesgó a mirar hacia el puente; la lejana figura se había echado el rifle al hombro y ahora trepaba como una araña por las astilladas ruinas del puente hacia la orilla este.
El estado de los caballetes y las traviesas ralentizaba su avance en comparación con la velocidad frenética de la canoa.
Fondearon en la orilla norte, junto a una ensenada cubierta de lodo.
Jim saltó de la canoa y, antes de que Ed se levantara de su asiento, ya había empezado a arrastrarla fuera del agua.
Luego sacó la bolsa de las armas, abrió la cremallera y le pasó a Ed uno de los Winchester y una caja de municiones.
—Cárgalo —dijo, y él empezó a hacer lo mismo con el otro rifle. Hizo callar a Laramie que se había puesto a ladrar. El animal enmudeció en el acto.
En aquel momento, Ed tenía el corazón a punto de explotar entre el violento ejercicio y la adrenalina que al fin dejaba sentir su efecto.
Metió el cargador con un golpe seco. Moverse con un rifle sin el seguro puesto solía ser un error según las normas de Jim.
Se volvió hacia él, que asintió. Ambos liberaron el seguro de sus armas y utilizaron la palanca para meter una bala en la recámara.
Ed se dio cuenta de que había llegado el momento, tal vez hoy tendría que matar a un hombre.
—De acuerdo, vamos —dijo Jim. Y echó a correr hacia el norte, hacia la hilera de árboles.
Ed miró a la izquierda, pero el puente quedaba ahora oculto por el bosque.
Antes le había parecido que el final del puente alcanzaba la orilla oriental a poco más de medio kilómetro de su actual posición.
Supuso que el tirador tardaría unos minutos en atravesar el puente destrozado, y luego unos cuantos más en interceptarlos a través de la espesa maleza. Pero no debía andar muy lejos.
Como en gran parte de aquel territorio salvaje, el suelo era húmedo y esponjoso.
Nunca se secaba del todo a lo largo del verano.
Sus botas se hundían a cada paso. Ed se cuidaba de mantener el dedo fuera del guardamonte, pero lo bastante cerca del gatillo por si empezaba el tiroteo.
Más adelante, el bosque que ahora les rodeaba por ambos lados parecía tener una pista abierta entre los árboles, como un cortafuegos recto como una flecha.
Rodearon una arboleda y allí, como caída del cielo, al azar, se alzaba una cabaña.
Dos pisos: dos habitaciones arriba y dos abajo; un tejado de chapa ondulada, cubierto de óxido; una chimenea de piedra y una antena de radio.
La puerta y las ventanas estaban tapiadas con tablones, y las paredes de tablilla y los canalones, cubiertos de clemátides silvestres y enredaderas de Virginia.
Las columnas del porche, la puerta y los marcos de las ventanas habían sido, en su día, pintados de blanco, pero ahora la pintura estaba gris y descascarillada.
Bajo el hastial de la fachada, por encima de las dos ventanas del segundo piso, había colgado un letrero del Servicio Forestal de Maine, con la pintura del nombre del estado medio desconchada.
A la izquierda, en una zona que debía haber sido un jardín, y cubierta de maleza hasta la altura de las rodillas, se alzaba un mástil de bandera.
Más allá de la cabaña se veían los restos de unos cobertizos, que estaban hundidos en la arcilla húmeda.
Los tejados casi tocaban el suelo y la enredadera lo cubría prácticamente todo, salvo un par de enormes ruedas dentadas y un generador de vapor herrumbroso que asomaban apenas entre el amasijo de hierros, maderas y matojos.
Unos raíles sobresalían como lenguas a uno y otro lado de los escombros.
Un extremo discurría hacia la orilla que ellos habían dejado a su espalda, pero se perdía rápidamente entre el barro y los juncos; el otro seguía hacia delante, a través de una maraña de matorrales y árboles jóvenes, a lo largo de la pista despejada en la que Ed había reparado al acercarse.
Pensó que iban a refugiarse en la cabaña, pero Jim meneó la cabeza.