Capítulo 26
Jim y Ed remaron por un riachuelo secundario cerca de North East Carry. La luna les alumbraba débilmente. No se molestaron en acampar; simplemente pusieron una lona en el suelo y otra sobre una rama.
Durmieron cuatro horas. Bajo la luz gris del amanecer, se pusieron unos impermeables y llevaron la canoa y las provisiones por un sendero hasta el ramal oeste del Penobscot.
El río medía solo treinta metros en esa parte, y estaba casi estancado a causa de la sequía del verano.
Remaron hacia el nordeste. En un par de tramos la canoa encalló entre los guijarros y ambos tuvieron que bajarse y arrastrarla; en otros, las cascadas los obligaron a seguir por los caminos de la orilla.
Laramie nadaba en las aguas poco profundas o iba de un lugar a otro.
Las moscas negras y los mosquitos del estío habían desaparecido en gran parte.
De no ser por las miradas que los dos echaban atrás constantemente, cualquier observador habría creído que andaban en una expedición de caza de principios de otoño.
Al atardecer llegaron al Chesuncook. Como Seboomook, se trataba de otro embalse, construido hacía un siglo, para la tala forestal de primavera.
Había un asentamiento de solo diez residentes permanentes, ninguno de los cuales parecía estar realmente allí esa noche.
La pensión, que parecía remontarse a los tiempos de Thoreau, estaba cerrada y sin luz.
En un claro entre las píceas había un pequeño cementerio cubierto de hierba, con las lápidas de un par de docenas de pioneros que habían convertido aquel lugar salvaje en su hogar.
Jim sacó el equipo de pesca y ambos lanzaron el sedal hasta que sacaron un par de truchas. Esa noche se arriesgaron a encender una hoguera. Limpiaron y destriparon los peces y luego los ensartaron en ramas de pícea y los cocinaron.
—Qué tranquilidad —dijo Ed, simplemente para llenar el silencio.
—Quizá nos han perdido —dijo Jim. Luego arrancó con los dientes la carne blanca ensartada en la rama y masticó pensativamente.
Ed no estaba tan seguro. Roscoe era sin duda uno de los hombres de Fitzgerald.
Debían haber rastreado la llamada desde Seboomook.
Sus hombres estarían ahora dirigiéndose hacia la zona.
Aunque le reconfortaba pensar que los North Woods de Maine consistían en un millón y medio de hectáreas boscosas desprovistas de toda obra humana, salvo caminos sin asfaltar y unos pocos asentamientos diminutos como ese.
Quienes atravesaban la región en canoa o a pie eran prácticamente imposibles de rastrear.
La alegría por haber escapado momentáneamente de sus perseguidores no le duró mucho. Ahora mismo no tenía ningún futuro. Stu y Bettie estaban muertos. Gloria también. Solo le quedaban Jim, Laramie y la canoa. Una pequeña burbuja de seguridad en medio del vasto y peligroso universo.
—Oye, chaval. ¿A dónde has ido? —Era la voz de Jim. Ed se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados y los puños apretados.
Volvió en sí con un sobresalto y contempló a su alrededor la orilla del lago, que iba sumiéndose en la oscuridad.
Casi se le había olvidado que tenía la rama con la trucha en la mano.
Laramie lo miró ladeando la cabeza, tal como hacen los perros cuando quizá pueden ofrecerles las sobras de la comida.
Jim estaba abriendo el tapón de una garrafa de plástico de cuatro litros llena de un líquido marrón espumoso.
—Creo que no te vendría mal un trago.
—¿Qué es? —preguntó Ed, aturdido.
—Cerveza de savia, chaval. Hecha con abedul. Así te convertirás en un hombre de pelo en pecho.
Ed cogió la garrafa de cerveza y se la llevó a los labios. Era amarga. Amarga como el ajenjo, pero estaba buena. Echó unos tragos. Una leve sensación de paz inundó su mente.
El lago estaba tranquilo. Los agudos graznidos de los somormujos se elevaban a lo lejos.
Salieron las estrellas y luego la luna creciente.
Esa noche parecía menos siniestra que la anterior.
Pero había unos nubarrones negros hacia el noreste, y otro frente que venía de Canadá.
Haría frío más tarde. Al menos el aire no se llenaría de los últimos mosquitos.
Jim lio un canuto y lo encendió con su Zippo.
El olor de la hierba White Widow impregnó el ambiente.
Una estrella fugaz recorrió el cielo, reflejándose en el espejo del lago, de manera que por un instante lo de arriba parecía estar abajo y lo de abajo arriba, y el cielo y la tierra resultaban indistinguibles. Laramie soltó un gañido.
Jim le ofreció el canuto; él dio una calada y se estremeció. Todo estaba bien y, a la vez, no lo estaba. Miró hacia el bosque y recordó su última expedición. El problema no estaba en la naturaleza; a la naturaleza le daban igual los humanos. El hombre tenía la suficiente maldad por sí solo.
Se dio cuenta de que la hierba era demasiado fuerte y estaba aturdiéndole. Las estrellas giraron con polaridad inversa por un momento, como si el tiempo estuviera moviéndose hacia atrás.
—¿Te parece bien este lugar? —preguntó, más bien para romper el silencio.
Jim no respondió enseguida. Miró la cara de la luna en el lago inmóvil.
—De momento sí. No hay mucha gente que conozca el sitio al que vamos mañana.
—No me has dicho a dónde vamos.
La cara curtida de Jim se iluminó con una ligera sonrisa.
—Ah, si te lo dijera ahora, no me creerías.
Ed se encogió de hombros. Su viejo amigo se ponía a veces misterioso.
—Sí, será un buen sitio para acampar y poder pensar qué hacer a continuación —añadió Jim—. Nadie podrá encontrarnos allí.
Tras una pausa, prosiguió.
—¿Sabes?, yo amo los bosques, pero también los temo.
En gran medida han sido olvidados, pero por aquí hay fantasmas.
Los wabanaki, que cazaban y vivían en estas tierras, pese a que ahora solo queden puntas de flecha y pequeños claros donde tenían sus campamentos de invierno.
Y muy de vez en cuando, pues ya no se los ve a menudo, lobos que te miran como si hubieran sido medio perros no hace tanto tiempo, y te preguntas si hace una o dos generaciones no eran realmente perros que aguardaban alrededor de una hoguera a que los indios les echaran los huesos de la caza.
»No, señor. Nunca andan muy lejos los fantasmas.
A veces, cuando paso por estos bosques en invierno y hace un frío del demonio, noto aquí arriba —se dio un golpecito en la frente— que me sube la temperatura.
Y de repente estoy sudando, como si estuviera otra vez en Vietnam.
—Hizo una pausa—. Supongo que son los árboles diciéndome que es aquí donde acabaremos todos.
Ellos se apoderarán de mí cuando sea un montón de huesos.
Arrojó la colilla al fuego y observó cómo se convertía en ceniza gris.
—No, no lo supongo; lo sé.
Todo estaba en silencio, salvo el crepitar del fuego. Laramie estaba dormido. Ya no había más estrellas fugaces.
—Vamos a acostarnos —dijo Jim.
Dos horas más tarde llegó el frente de nubarrones, pero no llovió. La noche estaba negra como la boca de un lobo. La cerveza de abedul puede cegarte. Puede hacer que hables en lenguas extrañas. Todo ese manganeso. Seguramente es mejor no mezclarla con la hierba White Widow.
Ed despertó en lo más oscuro de la noche con el corazón acelerado.
Durante unos momentos se sintió totalmente desorientado, tal como se había sentido aquella noche de la corza muerta.
Estaba seguro de que había ido muy lejos mientras dormía sin sueños.
¿Qué había ocurrido durante ese lapso de tiempo?
Oyó la respiración de su compañero en la pequeña tienda de vivac.
Aquello era como estar en un vientre oscuro, sofocante, completamente negro.
No se veían las estrellas ni la luna a través de la abertura de la lona.
Jim había estado murmurando en sueños. Su voz se volvió más aguda y, de improviso, empezó a gritar a pleno pulmón.
Fuera, Laramie se puso a ladrar y gemir mientras trataba de colarse por la solapa de la tienda.
Jim se había despertado al fin.
—Tranquilo, chico —le dijo al perro, jadeando un poco—, tranquilo. No es nada.
Y luego debió quedarse dormido de nuevo, porque Ed ya no escuchó más que una respiración pesada y ruidosa. Al menos no estaba solo en esto; Jim también conocía la oscuridad.
Permaneció despierto, escuchando. El viento susurraba alrededor de la tienda; Laramie gimoteó, otra vez dormido.
Pasaron los minutos. Ed estaba en esa fase entre el sueño y la vigilia.
Sintió un temblor a través de la tierra, como un paso pesado seguido de otro; la vibración era cada vez más fuerte, como si algo grande se acercara a la tienda.
¿Un oso? Escuchó una respiración, el ruido de algo reptando, como si el suelo hubiera cobrado vida de repente y docenas de serpientes pulularan alrededor de la tienda.
¿Iban a colarse por la solapa? ¿Por qué no se despertaban Jim y Laramie?
Contuvo el aliento hasta que sintió que se asfixiaba.
Luego el ruido se fue alejando. Se hizo de nuevo el silencio.
Abrió los ojos de golpe. Se había dormido, después de todo. Laramie no se había movido de su sitio. Solo se oía la respiración de Jim.
No, pensó, no iba todo bien. La antigua oscuridad de la Granja estaba aquí, en el bosque. La cuestión era: ¿ya estaba también en su interior? Pasó mucho tiempo hasta que pudo volver a dormirse.