Capítulo 25
David y Carl llegaron a Brantwood una hora después de que Jim y Ed se hubieran marchado.
Iban en dos sedanes de aspecto gubernamental.
Cuando llamaron a Mount Lebanon a las cinco, el operador les dijo que el rastreador no se había movido de las inmediaciones de Brantwood durante varias horas.
Ed estaba atrapado en una ratonera. Sin embargo, podía ir armado.
Los policías que habían ido a Winthrop Road informaron de que la pistola con la que se había suicidado Stu había desaparecido.
Pero cuando ellos se aproximaron a la cabaña, no vieron ningún Volvo azul claro ni en el sendero ni en el garaje abierto.
La cabaña estaba vacía, aunque había señales de que Ed había estado allí hacía poco.
Se dirigieron rápidamente al teléfono público más cercano: casualmente, el de la tienda de pesca de Jim.
El hecho de que allí no hubiera nadie no les sorprendió, dado que era el final de las vacaciones.
Vermeulen se puso de inmediato al teléfono.
El rastreador, que tenía una precisión de unos centenares de metros, seguía marcando la zona en torno al lago.
Ed debía haberlo encontrado, lo había arrojado por allí cerca y se había largado con el Volvo.
En Mount Lebanon, Vermeulen desplegó sobre la mesa un mapa a gran escala del condado Somerset.
Observó la carretera forestal que llevaba a Saint Zacharie.
—Debe dirigirse a Canadá por la Golden Road. Seguidle. —Dada la ventaja que Ed les sacaba, ya casi podía estar en Quebec a aquellas alturas. La autoridad de Vermeulen no estaba tan asentada en Canadá como en Estados Unidos. Podía conseguir cosas allí, pero era más complicado.
Lo único que podía hacer era esperar. Tuvieron que pasar otras veinticuatro horas para que llegaran más noticias.
Acababan de dar las doce cuando sonó el teléfono que había usado para hablar con Fitzgerald. Vermeulen lo descolgó en el acto.
Era Hennessey, de la oficina de campo del FBI en El Paso. Habían rastreado una llamada de Constance desde un supermercado de un lugar llamado Seboomook, a pocos kilómetros de la frontera.
Vermeulen colgó.
—Cuando vuelvan a llamar David y Carl —le ordenó al operador—, dígales que vayan a Seboomook de inmediato. Y despierte a nuestro hombre en Quebec para que vaya al puesto fronterizo de Saint Zacharie. Si interceptan a Constance, deben traerlo aquí vivo.