Capítulo 24 #3
Para entonces, ya era primera hora de la tarde.
Giraron al sur, hacia Seboomook, donde había otro pequeño asentamiento junto a una presa.
Ahí había habido un campo de prisioneros en la Segunda Guerra Mundial para los alemanes que habían sido capturados en el norte de África.
La zona de internamiento fue demolida hacía mucho y rediseñada como zona de acampada.
Hoy no se veía ninguna tienda. Junto al súper del camping, había un teléfono público.
Jim bajó con la camioneta hacia el este por una pista llena de baches y aparcó junto al lago.
La orilla embarrada estaba cubierta de juncos.
Una hilera negra de coníferas bordeada el lago.
El pico del Katahdin, libre de nubes por una vez, se alzaba hacia el noreste como un faro dorado bajo la luz del atardecer.
Las tierras salvajes propiamente dichas empezaban allí.
—Calculo que les llevamos la suficiente delantera —comentó Jim—. Acamparemos aquí y, a las doce, volveremos a ese teléfono público.
Ed no estaba tan seguro. Faltaba mucho para medianoche. Su inquietud aumentaba a cada minuto que pasaba.
Entre los dos, montaron la tienda en la orilla del lago, pero no encendieron fuego.
Jim sacó un poco de comida precocinada, que comieron con desgana.
La noche cayó a su alrededor. El aire se volvió gélido.
A las 11.30, dejaron a Laramie junto a la tienda y recorrieron a pie el kilómetro y medio que los separaba del súper del camping.
A instancias de Jim, no usaron una linterna y se orientaron con la claridad de la luna creciente y las estrellas
Las luces del súper estaban apagadas; solo había un foco de seguridad en el patio.
Reinaba el silencio. Ed aguardó junto al teléfono Bell, mirando cómo pasaban lentamente los segundos en su reloj Timex hasta la hora acordada.
Tenía el corazón en un puño cuando, por fin, descolgó el auricular, pidió en voz baja una conferencia y, siguiendo las instrucciones del operador, introdujo un montón de monedas y marcó el número de El Paso.
Sonaron media docena de timbrazos. Quien respondió finalmente no era Gloria, sino un hombre.
—¿Sí? —El tono era muy brusco. Debía de ser ese tipo tan irritable con el que vivía. Ya era muy tarde, al fin y al cabo.
—Hola —dijo Ed, vacilante—. Quisiera hablar con Gloria Gonzalez.
—¿Quién es?
Él se preguntó si debía colgar, pero Gloria era su única esperanza.
—La llamé ayer —respondió—. Habíamos quedado en hablar ahora.
—Espere un minuto —dijo el hombre. Ed oyó una conversación amortiguada. ¿Había ido a buscar a Gloria? Luego reapareció la misma voz.
—¿Es usted Edward Constance?
Ed se quedó perplejo. Miró a Jim, que permanecía a su lado en la oscuridad, y cubrió el auricular con la mano.
—¿Qué sucede? —susurró Jim.
—Es un tipo.
—¿Y Gonzalez?
Él se encogió de hombros.
—Déjame escuchar —dijo Jim acercándose e indicándole a Ed que destapara el auricular y continuara.
—Sí, soy Constance —dijo Ed.
—Señor Constance, soy el agente especial Gene Roscoe, del FBI. Estábamos esperando que llamara. Tenemos que hacerle algunas preguntas.
—No entiendo…, ¿dónde está Gloria?
—No puede ponerse al teléfono ahora mismo —repuso Roscoe.
—¿Por qué no? Habíamos quedado en hablar a esta hora.
Le dio la impresión de que el agente tapaba su auricular. Oyó otra conversación amortiguada, más larga que la primera, casi inaudible.
Luego reapareció Roscoe.
—Señor Constance, tengo que darle una mala noticia. La agente Gonzalez perdió la vida ayer durante una misión.
Ed se quedó helado.
—¿Qué está diciendo? Hablé ayer tarde con ella.
—Lo lamento, debe ser para usted una…
Jim le quitó a Ed el auricular de la mano y lo estampó sobre la horquilla. Las monedas no utilizadas cayeron con un traqueteo en la ranura de devolución. Ed las miró sin verlas.
Jim le sacudió el hombro.
—Van a rastrear la llamada. Hemos de largarnos de aquí.
Ed seguía mirando el logo de la compañía Bell en el panel de la cabina. Gloria estaba muerta. Debían haber intervenido el teléfono de Winthrop Road. Era prácticamente como si él la hubiera matado.
Jim le tiró de la manga de la parka.
—Hemos de irnos, Ed.
Finalmente, volvió en sí. Se secó las lágrimas. Las luces del súper seguían apagadas. La llamada no había despertado al dueño. Corrieron a tumbos entre la oscuridad hacia la orilla del lago y llegaron al campamento en unos minutos. Laramie ladró excitado ante su llegada.
—Chist —le dijo Jim, tranquilizándolo.
El perro se calló de inmediato. Ellos aguzaron el oído. Solo se oía el rumor del viento entre los juncos y el graznido lejano de un somormujo. Ningún ruido de un coche en la pista.
—Bueno, larguémonos —dijo Jim—. Dejaremos aquí la camioneta. Ellos solo están buscando el Volvo.
Desmontaron la tienda y cargaron los equipos en la canoa; luego la depositaron sobre las aguas quietas del extremo norte de Moosehead Lake.
Era casi la una de la madrugada, pero la luna creciente les iluminaba.
Esa noche, sin embargo, no arrojaba un trazo plateado, sino una enfermiza luz amarillenta.
Era una luna que se parecía el Mr. Punch de los espectáculos de títeres: un mentón cruel y prominente y una frente diabólica.
Se adentraron en las aguas oscuras hacia las tierras salvajes, en dirección a North East Carry.