Número desconocido Capítulo 24 #2
35%

Capítulo 24 #2

—No lo entiendo. ¿Por qué están interesados en ti? ¿Y por qué ese David actúa como una especie de matón? ¿Él no está en la misma situación?

—En primer lugar, deduzco que quien está detrás de esto, sea quien sea, ha seleccionado a David.

Ahora él es uno de ellos. En segundo lugar, parece que todos sufrimos un profundo condicionamiento cuando éramos críos.

Es algo que tenemos enterrado muy adentro, pero, cuando se activa, no sabemos lo que hacemos.

Nos ponemos en marcha y hacemos cosas terribles.

—¿Como qué?

Ed lo miró fijamente.

—Como volar cosas por los aires.

Jim meneó la cabeza.

—No es posible. Para eso necesitarías explosivos.

—Esa gente los tiene, Jim. Con ese subdirector en sus filas, deduzco que son capaces de desatar una guerra. Para ellos, un camión de explosivos no es gran cosa.

Jim respiró hondo.

—No sé qué decir, chaval.

—Solo necesito que alguien me crea.

—Yo te creo. Viniendo del Gobierno, nada me sorprende. Nosotros solo somos carne de cañón.

—Escucha, Jim. Hay otra persona de la que puedo fiarme: aquella agente de la que te hablé que se encargó de mi caso al principio, Gloria Gonzalez.

—Lo recuerdo. ¿Qué pasa con ella?

—La he llamado antes de salir de Boston y se lo he contado todo. Ella me ha dicho que quizá se le ocurra alguna solución. Tengo que volver a llamarla mañana a medianoche. Iba a usar tu teléfono público.

—¿Y pensabas quedarte aquí hasta mañana?

—No tenía otra alternativa.

—Podrías haber venido a la tienda y hablado conmigo.

—Tú no tienes que implicarte en esto, Jim.

—A mí me parece que ya lo estoy, teniendo en cuenta esa pistola.

—Me dijiste que era imposible de rastrear.

—Quizá sí, quizá no. Si esa gente realmente es tan poderosa como dices, será capaz de cualquier cosa: incriminar a alguien, comprar a un juez, comprar a un jurado, comprar unas elecciones, comprar a todo el maldito país…

No habrá obstáculo para ellos. Tú tienes el arma que ha matado a un hombre.

Si quisieran, podrían acusarte de asesinato.

—Supongo que ellos prefieren ocuparse de las cosas por sí mismos, y no involucrar a la policía. De lo contrario, ya habría una orden de búsqueda y dudo mucho que hubiera podido llegar hasta aquí.

—¿Ellos conocen este lugar?

—Ellos son los dueños de este lugar, en la práctica. O al menos lo eran antes de que Stu pusiera la escritura a mi nombre hace unos meses.

Jim se volvió hacia la pista que se hallaba sumida en la oscuridad.

—Bueno, ahora no están aquí. Hasta donde ellos saben, podrías haber huido en cualquier dirección. —Frunció el ceño—. A menos… —Fue a la camioneta, dejó el rifle y cogió una linterna. Luego se acercó al Volvo.

—¿Qué haces? —preguntó Ed, siguiéndole. Pero Jim no le hizo caso, se arrodilló junto al guardabarros más cercano del vehículo y enfocó el hueco con la linterna.

—Me has dicho que esta gente tiene conexiones —dijo. Pasó una mano por debajo del guardabarros—. Un viejo amigo mío de la Marina está metido en mierdas de espionaje y me dice que actualmente las agencias de inteligencia y los militares tiene rastreadores conectados con satélites.

Al parecer no encontró nada bajo el primer guardabarros.

Rodeó el coche hacia el lado derecho, examinó el guardabarros delantero, luego el trasero, y finalmente repitió el proceso en el trasero del otro lado.

En cuanto pasó la mano, encontró algo. Tiró con fuerza y sacó una cajita metálica negra de la que colgaban unas tiras de cinta adhesiva.

Sostuvo a la luz el artilugio. Estaba salpicado de barro y parecía un bicho amenazador, con una lucecita verde parpadeante y una antenita.

Jim lo contempló con cierta repugnancia.

—Vaya, vaya. Fíjate tú.

Se acercó a la orilla del lago y, como un quarterback ensayando un pase largo, lo lanzó a gran altura a través del cielo nocturno. El artilugio desapareció con un plop a unos quince metros. Los faros del Chevy iluminaron unas ondas diminutas que se extendían hasta la orilla.

—Bien, un problema resuelto —dijo Jim. Se volvió hacia Ed—.

Escucha, chaval. Deben estar en camino, no podemos quedarnos aquí.

Tendrás que hacer esa llamada desde otro sitio.

Ellos sabrán que alguien te ha llevado en otro vehículo si dejamos el Volvo aquí.

Sube con él a Dickson Camp. Yo me reuniré allí contigo después de recoger algunas provisiones, ¿de acuerdo?

—¿Sabes que no tienes por qué hacer esto?

—Sí, y ya lo hemos hablado, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Y gracias, Jim.

—No me las des hasta que se nos ocurra algún modo de salir de este embrollo. Espérame allí. —Dicho esto, Jim volvió a subir a la camioneta, arrancó y dio la vuelta hacia la pista.

Ed miró cómo se alejaba. Dickson era un campamento maderero abandonado con barracas prefabricadas desvencijadas, a unos ocho kilómetros al norte.

Se preguntó si le quedaba algo más que hacer allí.

De repente, le pareció que sus preparativos quizá no habían sido necesarios.

Tal vez Jim encontrara otra salida para él.

Volvió a entrar en la cabaña. Dejó en su sitio la llave del cobertizo y luego, siguiendo un impulso, se quitó el brazalete de la universidad y lo depositó sobre la mesita del vestíbulo, junto al libro que había puesto antes allí. Cerró la puerta y volvió a dejar la llave en el dintel.

Tardó media hora en llegar a Dickson. Las barracas prefabricadas de corrugado, abandonadas desde la guerra, estaban cubiertas de óxido. Apagó el motor y bajó la ventanilla. Allí se oía el silencio.

Al cabo de otra media hora, oyó el chirrido de un cambio de marchas por el sur y apareció la Chevy.

Ed se bajó del Volvo cuando Jim se detuvo junto a él.

Observó que en la parte trasera de la camioneta había una canoa de dos plazas, mochilas, dos Whinchester 303, aparejos de pesca, equipo de camping y provisiones suficientes para una semana.

—Bueno, en marcha —dijo Jim.

Se alejaron en caravana, el Chevy delante y el Volvo detrás.

Se dirigieron hacia el puesto fronterizo de Saint Zacharie, situado a ochenta kilómetros.

La carretera tenía un extraño nombre que le habían puesto los magnates de la industria maderera: la Golden Road.

Pero no había calderos de oro a lo largo de ella, solo baches y socavones.

Daba la impresión de que no habían hecho ningún mantenimiento desde el invierno anterior.

Las alcantarillas sobresalían de la superficie de la carretera y se habían colocado troncos de relleno bajo los puentes cuya base se había llevado la corriente.

Esos obstáculos obligaban a avanzar lentamente.

Tardaron tres horas en recorrer setenta kilómetros.

El paisaje, bajo los faros de los vehículos, era casi siempre el mismo: bosques interrumpidos por torrentes, lagos iluminados por la luna y ocasionales atisbos de las montañas lejanas.

Ni un solo coche por delante o por detrás.

A ocho kilómetros de la frontera llegaron al primer asentamiento: Dole Pont. Ahí había varias cabañas, una fábrica de jarabe de arce y una tienda de pesca no muy distinta de la Jim.

Era plena madrugada. Dejaron atrás el poblado en dirección a Saint Zacharie y tomaron una pista forestal. Tras un kilómetro, Jim le hizo una seña y se detuvo. Ed paró detrás. Ambos se bajaron y recorrieron con la vista el círculo de árboles oscuros que los rodeaba.

—Dormiremos en los vehículos y continuaremos por la mañana —dijo Jim—. Pareces exhausto, chaval. Yo haré la primera guardia.

Ed no tenía ganas de discutir. Su jornada había comenzado en su habitación de Winthrop y lo había llevado a Stetson East, al patio Krentzman, otra vez a la residencia, y de vuelta a Winthrop y a todo lo que había sucedido allí, antes emprender aquella maratón hacia el norte.

Estaba muerto de cansancio. Reclinó el asiento del Volvo y se quedó dormido en el acto.

Amanecía cuando despertó. Jim había encendido un fuego y estaba preparando café. Le pasó una bolsa de galletas.

—Más vale que comamos un poco. Tenemos una larga espera —dijo.

Después de comer unas cuantas galletas y de darle algunas a Laramie, Jim se volvió a su camioneta y durmió unas horas.

Ed se paseó con el perro, subiendo y bajando por la pista.

No había nada que ver, salvo la pista misma y los árboles.

Su mente, entre tanto, no descansaba. Toda su vida parecía girar ahora en torno a la conversación inminente con Gloria.

Las horas que faltaban hasta medianoche le parecían muy largas.

A media mañana, Jim se despertó. Volvieron a encender fuego y comieron un poco de cerdo con alubias. Luego Jim apagó las brasas con el pie.

Después de unas horas más, Jim le dijo a Ed que llevara el Volvo marcha atrás hacia los árboles. En cuanto este bajó, Jim ya estaba cogiendo ramas y arrojándolas sobre el vehículo.

—No hace falta que lo hagamos demasiado bien —dijo—. Cuando lo encuentren, pensarán que lo abandonaste aquí y cruzaste la frontera a pie.

Una vez que el Volvo estuvo bastante cubierto de vegetación, subieron los dos a la camioneta.

—¿A dónde vamos? —preguntó Ed.

—Un poco más hacia el sur, ya verás —respondió Jim.

Añadió que bajara el asiento para que se quedara oculto por el salpicadero y empezó a rehacer el camino por el que habían venido.

Solo se cruzaron con un camión maderero y con un par de jeeps llenos de pescadores que se alejaban del lago después de las vacaciones.