Capítulo 24
Había casi quinientos kilómetros, un poco más de cinco horas, hasta Tranquility.
El tráfico circulaba principalmente en sentido contrario, de vuelta a la ciudad tras el día del Trabajo.
Mientras anochecía, sus ojos estaban puestos tanto en el retrovisor como en la autopista que se extendía delante.
El trazado subía y bajaba por las ondulantes colinas de New Hampshire.
Encendió los faros traseros. En las cimas de las colinas, tenía la sensación de poder abarcar con la mirada muchos kilómetros hacia delante y hacia atrás a la luz del crepúsculo.
La Colt le pesaba en el bolsillo de la cazadora.
No había encontrado la caja de municiones, de manera que, aparte de la bala que había acabado con Stu, le quedaban siete en el cargador.
Recapacitando, comprendió que llevarse la pistola había sido un error.
Cuando la policía acabara encontrando a Stu, se preguntaría a dónde había ido a parar el arma suicida.
De hecho, cuando vieran las huellas de sus dedos ensangrentados en el vade del escritorio, empezarían a preguntarse a dónde había ido a parar el arma homicida .
Y todos los cuerpos policiales a lo largo de la Costa Este se pondrían a buscar el Volvo azul claro.
Sintonizó la WBZ. Ninguna noticia de un suicidio u homicidio en Brookline.
¿Tal vez un incidente aislado no justificaba una noticia?
Los medios informaban de cosas como la docena de homicidios cometidos en Roxbury durante los primeros meses del año.
La muerte de Winthrop Road, de haber sido descubierta, debía considerarse un asunto menor.
Estos pensamientos ocuparon su mente durante las cinco horas que duró el trayecto.
Eran alrededor de las once cuando se aproximó a Brantwood.
Con las luces largas, descendió por la vieja pista que salía de la carretera forestal.
La verja que daba acceso a las cabañas de los Constance y los Sproule estaba cerrada.
Abrió el candado y luego continuó descendiendo.
Era una noche despejada, iluminada por las estrellas y la luna creciente.
Al pie de la pista, el bosque se alejaba y el lago se extendía frente a él.
La silueta del Nakuset se elevaba a lo lejos como la punta de una flecha.
A medianoche del día siguiente haría la llamada desde el teléfono público de la tienda de Jim.
Tenía todo un día por delante hasta ese momento.
Si las cosas no funcionaban con Gloria, la frontera no quedaba lejos, pero sus posibilidades de cruzarla y poder quedarse allí sin un documento falso eran escasas.
Encontró la llave en el dintel de la entrada, abrió la puerta de la cabaña y percibió el olor ligeramente enrarecido del ambiente.
Solo habían transcurrido dos meses. Había un farol colgado de un gancho junto a la puerta.
Lo encendió y echó un vistazo alrededor.
Sobre la polvorienta mesita del vestíbulo había una naranja podrida y cubierta de moho azul.
Se le debía de haber olvidado cuando había recibido el mensaje de que a Betty solo le quedaba unos días de vida y se había apresurado a regresar a Boston.
Dejó el libro que se había traído de Winthrop junto a la naranja.
Decidió que no iba a encender el generador. En primer lugar, porque no iba a quedarse demasiado tiempo. Y, en segundo lugar, porque el ruido no le permitiría oír si se acercaba un coche.
La puerta de la sala de estar crujió cuando la empujó.
El farol proyectaba sombras inquietantes.
Se acercó al escritorio de Bettie, junto a la ventana que daba al lago, abrió un cajón y sacó papel de carta, un sobre y un bolígrafo.
Se puso a escribir rápidamente. Era un relato fidedigno de todo lo que había sucedido aquel día: el encuentro con David, la amenaza y el «apagón» que había sufrido, la confesión de Stu, cómo había cogido la pistola de la mano sin vida de su padre adoptivo.
Eso no sería suficiente para exonerarlo si alguien quería echarle la culpa de la muerte de Stu, pero algún día, tal vez, alguna persona leería aquello, sacaría conclusiones y no le culparía de lo que había pasado después.
Metió el mensaje en el sobre, lo cerró y volvió al vestíbulo.
El reloj de pared estaba parado. Nadie le había dado cuerda desde el penúltimo verano, el último que Bettie y Stu habían pasado en la cabaña.
Abrió la caja, deslizó el sobre entre los pesos del péndulo y la cerró de nuevo.
Luego escondió la llave. Después, cogió el libro de Auden, puso el marcapáginas en una página y volvió a dejarlo sobre la mesita.
A continuación, fue a su habitación, en la parte trasera.
Había una litera y banderines deportivos y pósters de películas en la pared: Raquel Welch con un biquini de piel de ciervo en Hace un millón de años , Star Wars , La naranja mecánica .
Levantó la tabla suelta que había debajo de la litera y sacó uno de los libros que tenía en aquel escondite: El libro de cocina anarquista .
Fue a la cocina y cogió la llave del cobertizo de los botes.
Salió a la noche y aguzó el oído. Oyó el ulular de un búho.
Ningún ruido de un coche. Desde allí, podían oírse a más de medio kilómetro de distancia.
Cruzó el patio de grava y abrió la puerta del cobertizo.
En la mesa de trabajo tenía todo lo que necesitaba: botellas viejas y polvorientas, trapos, queroseno y gasolina.
Ya había terminado de preparar el cóctel Molotov cuando la noche se iluminó con unos faros que se aproximaban desde la carretera forestal.
El corazón le dio un vuelco. Apagó el farol, cogió la Colt, quitó el seguro y metió una bala en la recámara.
Desde la ventana del cobertizo, apuntó hacia la pista de grava que descendía desde la verja.
No sabía lo que cabía esperar: un sedán sin distintivo o un coche patrulla tal vez.
Los faros enfocaron directamente hacia el cobertizo y, cuando el vehículo dio la vuelta y se detuvo frente a la cabaña, Ed vio que era la desvencijada camioneta Chevy de Jim Dove.
Jim miró la cabaña y el Volvo aparcado con recelo; Laramie estaba a su lado. Ed suspiró aliviado, desarmó la pistola y se la guardó. La mano le temblaba.
Jim le dijo algo a Laramie, cogió su rifle y bajó lentamente del vehículo. Se acercó al Volvo y echó un vistazo alrededor.
Ed lo llamó en voz baja para no sobresaltarle.
—Jim, soy yo, Ed.
Jim bajó el rifle mientras él salía del cobertizo.
—Hola, chaval —dijo—. He visto luces por aquí al pasar por la carretera. He pensado que podía haber algún problema. —Señaló el Volvo—. ¿Stu está contigo?
Ed respiró hondo.
—Stu está muerto, Jim —dijo.
Jim se lo quedó mirando.
—¿Muerto?
—Esta tarde —dijo Ed.
—¿Qué ha ocurrido?
—Se ha pegado un tiro.
—¿Que se ha pegado un tiro…?
—Sí, Jim. Ha usado esta pistola. —Ed sacó la Colt de su cazadora—. ¿La recuerdas?
Jim la miró unos segundos.
—Sí, la recuerdo —dijo en voz baja—. ¿No la estará buscando la policía?
—La policía no ha intervenido, al menos que yo sepa. No llamé a los servicios de emergencias.
—¡Joder! ¿Por qué?
Ed dio un suspiro.
—No estoy seguro de que vayas a creerme.
—Prueba.
—De acuerdo. Es una larga historia. Hoy ha ocurrido algo extraño antes de que Stu se volara los sesos.
—Extendió el brazo. Aún llevaba en la muñeca el brazalete blanco con la leyenda Semana de Bienvenida 1979 N—.
Hoy era el día de Orientación en la universidad.
Yo estaba haciendo cola para recoger información cuando he visto a un tipo que estaba mirándome fijamente.
Un tipo que me sonaba mucho. Como si lo conociera bien.
Entonces algo ha hecho clic en mi cerebro.
Era David, uno de los niños de…, ya sabes, lo de entonces.
El shock ha sido muy fuerte. Casi me he desmayado.
Un amigo me ha llevado otra vez a la residencia y ha intentado tranquilizarme.
Pero más tarde llamaron a mi puerta y era David otra vez.
»Nos hemos enfrentado, pero entonces, y esto es lo más extraño, él ha pronunciado unas palabras y yo me he quedado en el limbo, Jim. Como si fuera una especie de hechizo. Estaba completamente ido.
—¿Te sientes bien, hijo? Parece una cosa de locos —dijo Jim.
—Ya te he dicho que no me creerías. Pero te juro que es la verdad.
Todavía estaría allí si el encargado de la residencia no hubiera subido y nos hubiera interrumpido.
David se ha largado, pero yo sabía que volvería.
Y lo que quería de mí era algo realmente terrible.
Entonces he decidido ir a casa a buscar la pistola.
—¿Para qué? —preguntó Jim.
—He pensado que iba a dispararle. Así es como me sentía, Jim. Pero cuando he llegado a casa, Stu estaba allí. Resulta que llevaba semanas fingiendo que iba a la oficina. Pero la oficina ya no existía. Me ha dicho que estaba en la ruina.
»Yo le he explicado lo de David y entonces él se ha derrumbado y lo ha confesado todo.
Me ha dicho que había estado a sueldo de una gente que me tenía bajo vigilancia.
Él actuaba como su espía: les informaba de todo lo que yo hacía, como si fuera una especie de experimento.
Hemos discutido y luego me he ido a buscar la pistola.
Pero cuando he llegado a donde la tenía escondida, he descubierto que no estaba allí.
Él debía de haberla encontrado. Nunca habría creído que tuviera las agallas para matarse…
—Supongo que había tocado fondo —dijo Jim.
—Podría decirse así.
—Pero ¿por qué no has llamado a la policía?
—Por lo que Stu me ha contado. El proceso de adopción estuvo amañado. Todo el mundo estaba en el ajo. Y tengo una libreta de Stu con sus contactos. Uno de ellos es el subdirector del FBI, joder. Dime un motivo por el que Stu podría conocer a un personaje semejante.
Jim meneó la cabeza.