Capítulo 23
Vermeulen regresó a su despacho en la casa señorial de diez habitaciones de Mount Lebanon.
El estilo medieval del exterior de la mansión —torretas, almenas y arcos góticos—, se repetía en la austeridad monástica de sus aposentos privados.
El mobiliario era de roble macizo, no había ni un cojín, ni una manta ni siquiera un espejo.
Las ventanas emplomadas eran angostas y estaban hundidas en los muros, como si temieran un asedio.
El único adorno de la suite era una vidriera de una criatura monstruosa —un ser con un centenar de serpientes saliendo de su cabeza, sus pies y sus garras— en una de las ventanas.
Tifón. Padre de Hidra y de otras muchas criaturas mitológicas espantosas. Y la creación actual de Vermeulen.
Se asombró de su orgullo. El pecado original.
Esa había sido su flaqueza incluso en Saint Joseph.
Si le hubieran preguntado por su fe, habría tenido dificultades para responder.
Tal vez la había perdido hacía muchos años.
Cristo no habría aprobado lo que él había hecho en su nombre.
Pero Coughlin lo había adiestrado bien: los mansos no heredarán la Tierra.
La ventana con el vitral, junto con una serie de libros de ocultismo del siglo XVI escritos en latín y encuadernados en cuero (nunca leídos, por lo demás), eran un simple decorado por si alguna vez se producía allí una redada, algo improbable dadas las amistosas relaciones que mantenía con los cuerpos de seguridad locales.
Vermeulen sabía que el ocultista británico Aleister Crowley había abrazado lo que él llamaba un sistema de magia «tifoniano», y sus obras estaban también representadas en las estanterías, igualmente con el fin de desviar la atención si llegaba a ocurrir lo peor.
¿Tifón? Chifladuras de ocultistas, nada más.
Los libros que había atesorado en el seminario habían desaparecido hacía mucho.
No quedaba el menor vestigio de su pasado católico.
El único atisbo de modernidad era un teléfono interno de disco: el mismo con el que le había llamado el operador hacía una hora.
Se sentó pesadamente y contempló los bloques de granito de la pared.
La conversación con Fitzgerald seguía pesando en su ánimo.
Era cierto, las cosas no habían ido bien.
La financiación de la Operación CHAOS, el plan de la CIA para infiltrarse y desacreditar a las organizaciones izquierdistas en Estados Unidos bajo la presidencia de Johnson y Nixon, había sido en su momento más que generosa, pero ahora el dinero se había agotado.
La operación se hallaba sometida a investigación en el Congreso y muchos antiguos aliados huían despavoridos.
Antes de retirarse, Richard Helms, el director de la CIA, ordenó destruir todos los documentos relacionados con MKUltra.
Al menos, los niños de la Granja y de otros enclaves nunca llegarían a asociarse con el proyecto.
Las palabras del subdirector le habían puesto nervioso.
Solo quedaban Edward, Shannon, Carl y Catrine para llevar a cabo la misión.
Por orden de Coughlin, David había sido desprogramado años atrás, aunque Vermeulen se preguntaba a veces si era tan fácil librarse del condicionamiento.
David era un psicópata de pies a cabeza.
Así pues, solo cuatro de los siete niños seguían siendo operativos: apenas los suficientes para provocar los cataclismos que en su momento habrían cambiado la mentalidad de todo el país.
Todas las operaciones habían sido reducidas respecto al plan original, salvo la misión de Edward en la presa Hoover.
Quizá bastara con la presa, pero al parecer Edward había desarrollado sus propias ideas y estaba contando historias a una agente federal; tal vez, si había recordado su pasado, tenía pruebas guardadas en alguna parte que podían ponerlo todo en peligro.
A partir de ahora, solo quedaban dos alternativas: liquidarlo si no era posible llevarlo al redil o continuar con la misión si era capaz de ejecutarla. No había medias tintas.
Vermeulen nunca se había fiado del todo de Stuart Constance, pese a la enorme deuda que tenía contraída con Tifón.
Al negarse a responder a sus llamadas, le había demostrado que su intuición era correcta.
Por suerte, él había redoblado las medidas de seguridad: el teléfono de Winthrop Road estaba intervenido desde hacía mucho y, además, en el último año se había colocado un rastreador bajo el guardabarros de la rueda trasera izquierda del Volvo de Stu.
Ese rastreador estaba conectado con el satélite GPS Rockwell Block-I, que acababa de ser puesto en órbita.
Tifón había invertido mucho en Rockwell y, por ello, contaba con el privilegio de un acceso tan temprano.
Pese a la reducción de todo el plan, Vermeulen aún pudo experimentar con todos aquellos juguetes nuevos.
El resultado era el impresionante mapa retroiluminado del cuartel general de Mount Lebanon, que no habría desentonado con el Centro de Control de la NASA en Houston.
A pesar de la instalación de alta tecnología que tenía delante, o quizá porque era tan nueva y tan poco familiar, el operador estaba más pendiente de la línea telefónica de Winthrop, por si se producían más llamadas, que del mapa del rastreador.
Solo una hora después de la partida de Ed se estiró por fin, bostezó y reparó en que el marcador se había desplazado en el mapa retroiluminado y que ahora se aproximaba a Seabrook, New Hampshire.
Inmediatamente, levantó el teléfono interior.
—El vehículo de Constance está en movimiento —informó.
—¿Dónde están David y Carl?
—En Brookline, señor.
—Bueno, Constance les ha dado el esquinazo. Dígales que lo sigan. Con dos coches. Tienen que aguardar a que se presente una oportunidad. Si opone la menor resistencia, deben liquidarlo. De lo contrario, tienen que llevarlo al punto de encuentro. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Además, contacte con Washington Street.
Dígale a Smith que envíe un agente a Winthrop Road.
Un aviso anónimo. Un ruido de un disparo en el interior de la casa.
A ver si se puede arreglar para que parezca un homicidio.
De ese modo, si llega a suceder lo peor, la policía puede atrapar a Constance y nosotros nos ocuparemos de él durante su detención.
—Ahora mismo, señor.
El operador contactó rápidamente por radio con David.
—Se dirige al norte por la interestatal. Seguidlo. El rastreador está conectado. Cambio.
—Mierda —respondió David—. Vamos para allá.
El operador frunció el ceño. La comunicación iba a ser un problema.
David y Carl estarían pronto fuera del alcance de la radio.
Aunque podía ver lo que estaba pasando, David y Carl tendrían que detenerse y llamar por teléfono para pedir la información.
No importaba. Estaba casi seguro de que Ed se dirigía a la cabaña de los Constance en Lake Tranquility. ¿A dónde podía ir, si no?
Pese a su despiste con el rastreador, que estaba seguro de que Vermeulen no olvidaría, al menos este habría de sentirse complacido al conocer ese dato.
Tranquility era un callejón sin salida. Con sus aptitudes, David y Carl no tendrían demasiados problemas para acorralar a Edward.
Luego ya dependería de él si estaba dispuesto a colaborar o no.