Número desconocido Capítulo 22
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Capítulo 22

Era un atardecer caluroso en El Paso y el aire acondicionado estaba puesto en la casa suburbana estilo rancho que Gloria Gonzalez, ahora Gloria Santiago, compartía con su marido.

Habían decidido prolongar las vacaciones un día más.

Juan estaba mirando en la tele Días felices y las interrupciones no le gustaban.

La llamada de aquella tarde ya le había irritado.

Como ejecutivo de ventas, se pasaba el día recibiendo llamadas, y en su día libre desconectaba del teléfono, e incluso de su esposa.

No se había percatado de la inquietud de Gloria después de aquella llamada, ni le había prestado atención durante el resto de la tarde.

Cuando volvió a sonar el teléfono, soltó una maldición.

—Si es ese crío, dile que vuelva a llamar mañana como cualquier persona normal —dijo.

Gloria se fue a la cocina y levantó el auricular. Reapareció al cabo de dos minutos.

—Juan, es de la oficina —dijo—. Tenemos un soplo. Tráfico de niños en Lejana. Están reclutando agentes extra. No me esperes levantado. —Se ató la correa de la cartuchera y recogió su bolso.

Juan la despidió con un gesto. La telecomedia estaba llegando a un momento especialmente divertido.

La granja abandonada se llamaba Casa Lejana. Estaba lejos, en efecto, en pleno desierto, rodeada por un arroyo y matorrales. Los federales llevaban semanas vigilándola. Sospechaban que era un centro de distribución de tráfico infantil a través de la frontera escasamente poblada de Chihuahua.

Había tres sedanes negros en una intersección del camino de tierra, a quince kilómetros en dirección sur de la I-10.

Anochecía, casi estaba completamente oscuro.

El agente especial al mando Hennessey no estaba presente, pero sí su adjunto, Fuentes.

Este ordenó a los agentes que se pusieran los chalecos antibalas y las gorras de béisbol con el logo del FBI y que avanzaran con cautela hacia el solitario rancho, que quedaba a poco más de medio kilómetro.

Los agentes fueron a los maleteros de los coches y empezaron a ponerse los chalecos; dos de ellos se armaron con carabinas.

Gloria se disponía a imitar a los demás, pero Fuentes alzó una mano.

—Tú no, Gloria. Quédate aquí y controla la radio.

Ella dejó el chaleco en el maletero con cierto alivio.

No lamentaba demasiado no tener que ocultarse entre los matorrales con los otros cinco.

Tener que tumbarse boca abajo en un arroyo posiblemente infestado de serpientes no le parecía nada divertido.

Se apoyó en un lado del sedán mientras los otros cinco agentes se adentraban sigilosamente en la ahora oscuridad total hacia Casa Lejana.

La luna creciente brillaba en lo alto. A lo lejos, aullaba un coyote.

Aquella llamada inesperada le había impedido pensar en el día siguiente, cuando se reuniera a solas con Hennessey y le revelara lo que había descubierto al hablar con Ed.

Se le aceleraba el pulso solo de pensarlo.

Toda su carrera dependía de que Hennessey la creyera o no.

Sacó un Salem y cuando estaba a punto de encenderlo oyó que un coche se acercaba por el lado de la 1-10.

Llevaba los faros apagados, y el único edificio que había allí era Casa Lejana.

Abrió su cartuchera mientras el vehículo ascendía por un montículo y aparecía a la vista bajo la luz de la luna.

Suspiró aliviada al reconocer la silueta de otro sedán del gobierno.

Un Crown Vic, igual que lo demás. Se aproximaba solo con las luces laterales encendidas, cabeceando por las ondulaciones de la pista.

Eran simplemente más agentes que se unían a la operación.

Se preguntó por qué no habían avisado por radio.

El sedán se detuvo a su lado. Le sorprendió ver que su único ocupante era el agente especial Hennessey. Últimamente, raras veces se presentaba en las operaciones de campo. Mientras se bajaba del coche, Gloria volvió a meter el cigarrillo en el paquete.

—Hola, Gloria —dijo Hennessey.

—Buenas noches, señor.

—¿Los demás ya se han ido para allá?

—Hace unos veinte minutos.

—Trata de menores, como en los viejos tiempos —comentó él.

A Gloria le pareció que tenía un aspecto un poco triste bajo la luz de la luna.

—De hecho, señor, ya que está aquí —dijo ella, carraspeando—, hay algo que querría hablar con usted.

Hennessey bajó la mirada y sacó algo de su abrigo. Gloria vio que era una Luger con un silenciador de quince centímetros en el cañón y que la apuntaba hacia ella.

—Lo sé —dijo él, y con una expresión vagamente apenada le pegó un tiro en la frente.

Más tarde, cuando acorralaron a los traficantes, que después de todo no habían pasado por Casa Lejana, sino muy cerca del lugar donde estaban aparcados los Crown Vic, descubrieron que uno de ellos llevaba un arma del mismo calibre que la utilizada para disparar a Gloria.

El traficante tenía restos de pólvora en los dedos.

Aunque él juró en el juicio que el arma se la había metido en el bolsillo el agente que lo había arrestado, el jurado no le creyó.

Por el contrario, consideró que era otro maleante que vivía de la miseria humana y que había disparado a una agente solitaria al recibir el alto.

Aunque era un ciudadano extranjero, fue sentenciado a muerte de acuerdo con la ley federal.

Debido a la moratoria de las ejecuciones federales entonces vigente, estaba cumpliendo cadena perpetua en la Penitenciaría Terre Haute cuando fue apuñalado en las duchas por otro recluso.

La trayectoria profesional de Gloria Gonzalez fue homenajeada en el Muro de Honor de Quantico y en la oficina de campo de El Paso.