Capítulo 21
Acababan de dar las seis. Ed se metió la Colt en el bolsillo de una cazadora y cogió las llaves del coche que colgaban de un gancho de detrás de la puerta de la despensa.
Fue al garaje. El Volvo familiar, en su día el orgullo y la alegría de Stu, mostraba ahora claramente su edad; el cuentakilómetros ya casi había dado la vuelta completa.
Dado que la profesión de Stu consistía básicamente en derribar edificios antiguos y reemplazarlos por otros nuevos, parecía extraño que hubiera conservado su afecto por aquella vieja tartana.
Ed lo abrió, giró la llave de contacto y salió lentamente marcha atrás.
Se bajó de nuevo y cerró la puerta del garaje sin hacer ruido para no alertar a los vecinos.
La casa no la dejó cerrada con llave. No pensaba volver y, como le había explicado Stu, él no poseía ni una tablilla de aquella casa.
Condujo con cautela por Winthrop hasta el desvío de la autovía.
El tráfico hacia la ciudad era ligero. Harvard la pasó de largo; luego, cuando la carretera se convirtió en Huntington Avenue, aparecieron los edificios de las facultades y las residencias de la universidad Northeastern.
Todavía estaban recogiendo las cosas de la feria de los alumnos de primero cuando pasó frente al cuadrángulo Krentzman.
Por el retrovisor, miró cómo desaparecía aquella promesa de un futuro que nunca llegaría a vivir.