Número desconocido Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Bueno, ese había sido el plan. Pero las cosas habían cambiado con la muerte de los dos primeros niños.

Entonces Coughlin se había empeñado en sacar a David del grupo.

Vermeulen se preguntaba por qué había hecho tal cosa.

¿Acaso había empezado a albergar dudas sobre él?

¿Acaso el ascenso de David estaba pensado para que llegara a reemplazarlo en último término?

¿Un niño con lavado de cerebro en lugar del alumno más destacado de su generación en Saint Joseph: un alumno al que sus profesores habían descrito como «excepcionalmente brillante»?

No, por muy alterada que se hubiera visto la misión Maine, antes de que llegara ese día Vermeulen pretendía que se llevara a cabo una parte del plan original.

Ya no era posible imaginar el mundo en llamas.

Ya no habría más Noches de los Cristales Rotos, ni más estandartes nazis alineados en las calles, ni más botas militares desfilando.

La escala de la operación había tenido que reducirse.

Aun así, tal como estaban las cosas, miles de personas morirían gracias a Edward.

Quizá bastara con eso para demostrar a quienes tenían dudas que él no había perdido facultades.

Después de Ed, aún quedaban Shannon, Catrine y Carl.

El hecho de que Edward y Shannon pertenecieran total o parcialmente a minorías raciales constituía una ventaja adicional.

Seguirían represalias, disturbios raciales y una sublevación contra el Gobierno. La Guardia Nacional y el ejército restablecerían el orden. Y luego serían el orden. Se instauraría una dictadura. Las minorías y los grupos de izquierda serían sometidos y, finalmente, erradicados.

Edward llegaría a la presa en una semana. La leyenda de Edward Constance, el terrorista de izquierdas más famoso de Norteamérica, ya estaba fundamentada en notas dejadas en Winthrop Road, y si todo funcionaba según el plan, en el equipaje que abandonaría en la universidad Northeastern.

Pero la llamada de David esa tarde había supuesto otro retraso más: al parecer, se había tropezado con un celoso funcionario de la universidad cuando se disponía a llevarse a Ed.

El tipo había estado a punto de llamar a seguridad.

David iba a tener que esperar hasta más tarde, cuando el funcionario hubiera terminado su turno, para volver a la residencia Stetson East. Aun así, estaba seguro de que Edward se hallaba lo bastante aturdido como para esperarle.

Un retraso irritante, pero no decisivo. Vermeulen se retiró a sus aposentos y esperó novedades.

El teléfono de Stu había estado pinchado por Tifón durante nueve años.

El operador encargado de las escuchas se había puesto a grabar en el sótano la conversación entre Ed Constance y Gloria Gonzalez nada más comenzar.

Sabía que Vermeulen querría escucharla de inmediato, así que cogió el teléfono especial que conectaba con sus habitaciones privadas.

Vermeulen apareció al cabo de un par de minutos. El operador miraba fijamente al frente, tratando de sortear su mirada mientras él escuchaba la grabación.

Al terminar, Vermeulen dijo:

—Así que Edward ha escapado. ¿Dónde está David?

—Con Carl. Están aparcados en la zona de Back Bay esperando a que el encargado de la residencia termine su turno a las cinco.

—Llámelos por radio.

El operador estableció la conexión con la radio bidireccional y le pasó el transmisor.

—Soy yo —dijo Vermeulen sin preámbulos—. El objetivo ya no se encuentra en vuestra ubicación. Ha vuelto a Winthrop. Id a buscarlo cuando haya oscurecido y, ya puestos, ocupaos de su padrastro. Cambio.

Sin esperar respuesta, cortó la conexión. Luego deambuló por la sala de control.

—Así que Constance tenía una libreta, ¿eh? —se dijo a sí mismo. Su expresión estaba ahora a medio camino entre la de una esfinge y la de un ser terrorífico.

Se quitó las gafas y se las limpió con la corbata. Sus gélidos ojos azules se volvieron hacia el mapa retroiluminado de Estados Unidos que había en la pared frente a ellos. Varios marcadores coloreados parpadeaban.

Cuando se hubo decidido, cogió un teléfono cualquiera, levantó el auricular y marcó el número exclusivo de Grant Fitzgerald en la central del FBI.

Sonó un tono de llamada amortiguado durante unos segundos hasta que descolgaron y respondió una voz huraña.

—¿Quién es?

—Sabes perfectamente quién es —dijo Vermeulen.

Se oyó un profundo suspiro al otro lado de la línea.

—¿En qué puedo ayudarte? —respondió Fitzgerald sin entusiasmo.

—Parece que tenemos un problema con una de tus agentes. La que fue asignada a Edward Constance hasta que empezó a entrometerse más de la cuenta. ¿La recuerdas?

—¿Gonzalez? ¿Qué pasa con ella?

—Al parecer, le dio su número de Texas a nuestro chico y, adivínalo, él acaba de llamarla ahora. Después de nueve años.

—¿Para qué?

—Digamos que está asustado y en máxima alerta. Se ha escapado de nuestras garras justo cuando habíamos iniciado la operación.

—Vaya —dijo Fitzgerald—. Mal asunto.

—Tengo un par de chicos que pueden solucionarlo. Edward está en…, ¿cómo decirlo?, un estado sugestionable. Volverá a sucumbir. Pero, por desgracia, hay otros problemas.

—¿Ah, sí?

—El primero es que Stuart Constance guardaba al parecer, en contra de todas las instrucciones, una libretita que contiene nombres y números de teléfono importantes. Tu nombre y el mío, por ejemplo. Y ahora Gonzalez está enterada de ello.

—Eso es muy grave —dijo Fitzgerald. Ahora parecía estar totalmente implicado en el asunto.

—Sí, ¿verdad? Gonzalez constituye un gran peligro. Va a hablar con su superior, que creo que debe de ser el agente especial al mando, Hennessey, ¿no es así?

—Sí, así es; lo trasladamos allá al mismo tiempo que a ella.

—Me parece recordar que Hennessey era bastante fiable en Maine.

—Se puede contar con él. ¿Qué sugieres?

—Un pequeño accidente de Gonzalez. Esta noche, por favor. Al fin y al cabo, la frontera de allí es muy peligrosa con todos los narcos y traficantes…

—Creo que puedo arreglarlo.

—No, Fitzgerald. Lo arreglarás.

—¿Y Constance?

—Una vez que mis chicos lo atrapen, lo evaluaremos. Quizá ya no nos sea de utilidad.

—Parece que estás perdiendo agentes muy deprisa, Vermeulen.

—El programa era bueno. A fin de cuentas, lo diseñaron tus primos de la CIA.

Esta parte de la Operación CHAOS todavía puede seguir adelante, aunque con menos participantes.

Edward, sencillamente, no asimiló el programa tan bien como, digamos, algunos otros maníacos homicidas que formaban parte de él.

—El control mental no es precisamente el modus operandi más fiable. Estuvimos a punto de meternos en un aprieto en el juicio Manson.

—Pero nadie creyó a esos chiflados, ¿verdad?

Y ahora están todos entre rejas exhibiendo la conducta que todo el mundo espera de ellos, gracias a las gachas especiales o lo que sea que estemos suministrándoles para su sustento diario.

No, nadie les creerá jamás, igual que a los izquierdistas de Weathermen y a esa pobre heredera, Patty Hearst. Ya ves que el sistema funciona, Fitzgerald.

Lo único que hemos de hacer es solucionar este pequeño problema; luego podremos seguir adelante.

No te andes con rodeos, por favor. —Y colgó sin más.