Capítulo 20
Vermeulen no parecía el arquetipo de un cerebro gris criminal.
No era más que un hombre de mediana edad ligeramente encorvado.
Su rostro, que raramente veía la luz del sol, carecía de arrugas y no exhibía ni un solo pelo en el cráneo, las cejas o el maxilar.
Pese a su aire aniñado, tenía una gélida mirada azul detrás de las gafas redondas que había llevado siempre, desde que era un joven sacerdote.
Así miraba a menudo al personal de la sala de control de la mansión.
En su momento había sido una persona inocente: un sacerdote idealista, recién ordenado, imbuido de celo por el Cuerpo Místico y de un odio ardiente hacia los judíos y los comunistas.
Entonces había muchos como él, pero después el mundo de los impíos había crecido exponencialmente, de tal modo que toda la tierra parecía estar infestada de incrédulos, minorías raciales desaforadas y beatniks de izquierdas.
Él había soñado en su día con un nuevo orden mundial en el que los Deicidas y los Impíos eran enviados a un infierno en vida.
Ahora no estaba seguro de que llegara a ver ese día.
En el exterior, frente a las puertas del hotel, una multitud de manifestantes desfilaba hacia el Madison Square Garden, a una manzana de distancia.
Llevaban pancartas que decían: Parad a los fascistas y No queremos nazis en Nueva York.
Llevaban también banderas sionistas y americanas, la una junto a la otra.
En el interior del estadio había veinte mil miembros de la Federación Germano Americana.
El retrato de diez metros de altura de George Washington, situado en la parte trasera del recinto, estaba flanqueado por una bandera nacional y una esvástica.
Un cartel decía: ¡Americanos, detened la dominación judía de la cristiandad!
Aquel era el mayor, y el último, mitin nazi de la historia de Norteamérica.
Vermeulen acababa de ser ordenado en el seminario Saint Joseph de Yonkers, donde se le consideraba una de las mentes más brillantes de su generación.
No obstante, la convocatoria para asistir al mitin le había pillado por sorpresa: el organizador era nada menos que el padre Charles Edward Coughlin, del Santuario Nacional de la Pequeña Flor, en Royal Oak, Michigan.
Coughlin era el personaje mediático más famoso de la época; su emisión radiofónica semanal contaba con una audiencia de diez millones de oyentes.
Él era, además, el inspirador de la milicia fascista conocida como Frente Cristiano.
En el último año, el Frente había boicoteado negocios judíos y agredido abiertamente a personas de aspecto judío.
Vermeulen no tenía ni idea de cómo podía haber llamado la atención de Coughlin.
Él solo había sido uno más de los muchos novicios de Saint Joseph alarmados por la amenaza que representaban para la Iglesia los judeo-bolcheviques, quienes, según los novicios y sus profesores, habían llegado a dominar la vida americana en todos sus aspectos.
Pero haber sido elegido por Coughlin constituía un honor inimaginable.
Vermeulen se removía en su asiento con expectación ante el encuentro inminente. El orgullo era uno de los pecados capitales, pero él no podía desprenderse de la placentera sensación que le había provocado aquella llamada.
Procuraba distraerse de tales pensamientos leyendo el periódico de Coughlin, Social Justice , que le había entregado uno de sus lugartenientes cuando él había anunciado su llegada. A decir verdad, no había pasado del titular: «¿Quiénes son los enemigos de la cristiandad en Estados Unidos?».
Otro de los ayudantes de Coughlin, un hombre de aspecto sombrío que no habría desentonado en un tanatorio, se le acercó e, inclinándose, le dijo en voz baja: «El padre le recibirá ahora». Señaló hacia el otro extremo del vestíbulo art decó . «Tome el ascensor directo hasta la última planta».
Había seis ascensores. Cinco correspondían a los pisos inferiores, pero uno de los que se hallaban en el centro tenía un rótulo que indicaba que solo iba a la planta catorce y se hallaba vigilado por otro secuaz vestido de oscuro.
Vermeulen dejó el ejemplar de Social Justice , carraspeó y se pasó un dedo por debajo del alzacuellos; luego se levantó y cruzó el vestíbulo, consciente de que otros acólitos de Coughlin, menos favorecidos que él, lo miraban con envidia.
El hombre del ascensor lo cacheó ligeramente y le hizo una señal para que entrara.
Él pulsó el botón de la última planta. Las puertas se cerraron y hubo un momento de ingravidez cuando el ascensor empezó a subir con rapidez.
Al llegar a la planta catorce, sonó la campanilla y las puertas se abrieron directamente al vestíbulo de una lujosa suite.
La habitación que había más allá estaba tenuemente iluminada por un par de lámparas y por las luces parpadeantes que ascendían de la calle.
Y allí estaba Coughlin, frente a uno de los dos ventanales que iban del techo hasta el suelo, observando la manifestación que se desarrollaba allá abajo.
La luz se reflejaba en sus gafas redondas.
Igual que Vermeulen, llevaba un traje oscuro y alzacuellos.
A este le sorprendió descubrir que su gran héroe era un hombre bajo, de solo un metro setenta.
A juzgar por su voz en la radio y en el teléfono, se había imaginado a un gigante.
Coughlin se apartó de la ventana y le hizo un gesto a su visitante para que se acercara.
La suave moqueta prácticamente se tragaba sus zapatos.
El Padre de la Radio tenía una cara redonda y unos ojos en apariencia apacibles detrás de las gafas, pero sus cejas, espectacularmente tupidas, podían convertirse en grandes nubarrones, según decían, cuando estaba irritado, como parecía estarlo ahora.
De hecho, su actitud no era acogedora, sino severa, y Vermeulen tragó saliva con nerviosismo.
Coughlin le tendió la mano. Él la estrechó.
Era sorprendentemente suave y rolliza, como la de un bebé.
—Ah, Vermeulen —dijo Coughlin. Sus ojos eran grises y fríos—. Un día terrible para América, cuando una inocente asamblea es atacada por los judíos y los comunistas.
Hablaba con esa dicción finamente articulada y levemente anglicanizada tan apreciada en aquel entonces en las emisoras de radio. El énfasis en «inocente» recaía firmemente en la segunda sílaba.
Vermeulen bajó la cabeza.
—Aun así, es un honor estar aquí, padre.
—Bueno, bueno, dejémonos de ceremonias —dijo Coughlin, ahora sonriendo un poco. Se acercó a un aparador, cogió un decantador y arqueó una de sus famosas cejas—. ¿Una copa? —preguntó.
Vermeulen meneó la cabeza.
—No bebo, padre.
Ahora Coughlin sonrió abiertamente.
—Bueno, quizá lo hará… a su debido tiempo.
—Se sirvió un dedo de licor y alzó el vaso—.
Por el Frente —dijo. Luego señalo dos sillones que se hallaban a ambos lados de una chimenea ornamental—.
Venga, vamos a sentarnos. Vermeulen es un apellido holandés, ¿no?
—preguntó una vez que se hubieron acomodado.
—Mi familia llegó con el reverendo Van den Broek en 1848, señor. Yo soy de Appleton, Wisconsin.
—Hay buenos católicos en el corazón de este país —dijo Coughlin.
Luego señaló hacia la ventana—. Pero aquí en el Este…
Ya sabemos quién reina aquí. Quién silencia las voces de los creyentes con sus mentiras.
Los periódicos judíos izquierdistas y sus amigos comunistas.
—Frunció la frente aún más—. Sé que le invité a unirse a nuestros amigos de la Federación Germano Americana en el mitin de esta noche, pero esta manifestación me ha llevado a tomar una decisión dolorosa: no voy a asistir.
—Al percibir la decepción de Vermeulen, alzó una mano—: Mis guardaespaldas me dicen que es demasiado peligroso.
Ellos suelen ser excesivamente cautos, pero, dados los ánimos tan agitados y la posibilidad de sufrir un percance físico, debo darles la razón por una vez.
Dio un sorbo a su bebida y se quedó mirando a lo lejos unos segundos.
—Así que hemos llegado a este punto —dijo con un suspiro—.
La libertad de expresión ha muerto. Y si no podemos comunicar lo que realmente está pasando en América, ¿qué esperanza nos queda?
Hablan mucho de la persecución de los judíos, pero ¿qué hay en realidad de la persecución de los cristianos?
Silenciados por la multitud vociferante.
Nuestra causa está amenazada. —Hizo una pausa y prosiguió—: Una amenaza terrible.
Mire, Thomas…, ¿puedo llamarle Thomas? Debo confesarle que ya me imaginaba que esta noche acabaría así.
Voy a contarle un secreto. No he venido a Nueva York por el mitin, sino con un propósito muy distinto.
—Miró a Vermeulen con aquellos persuasivos ojos grises—. Usted es ese propósito.
Él sintió la misma oleada de orgullo que había sentido al recibir la llamada de Coughlin y también cuando había entrado en el ascensor. Estaba seguro de que se había ruborizado.
Coughlin continuó sin prestar atención.
—Nosotros dos tenemos una visión similar. Nuestra fe está siendo atacada. La democracia está muerta. Debemos escoger otro camino.