Número desconocido Capítulo 19
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Capítulo 19

Se despertó. El trueno era su corazón. Jadeó durante unos momentos, cubierto de sudor y completamente desorientado.

Al principio no tenía ni idea de dónde estaba. Un rayo de luz anaranjada le deslumbraba. Luego recordó. Estaba en Winthrop. La luz era el sol de media tarde que se colaba por la rendija de las cortinas del estudio.

Estaba tumbado detrás del escritorio. Había una mancha húmeda en su codo: la sangre de Stud, que aún no se había secado. Solo había estado inconsciente una hora más o menos, pero había descendido a grandes profundidades. Primero David, ahora estos números… Era tal como había predicho Cowdray.

Se levantó, tembloroso, y se obligó a examinar otra vez los garabatos de Stu. Todo le daba vueltas y tuvo que sujetarse al escritorio. Pero saber cuándo se acercaba el ataque era en cierto modo una forma de poder. El mundo se estabilizó. Podría resistir. Bien.

¿Cómo había llegado Stu a conocer aquellos números?

Recordó lo que David le había dicho en la Northeastern.

Deudas. Stu se lo debía todo a aquella gente.

Estaba en deuda y, por lo tanto, en manos de ellos.

Volvió a hacerse la pregunta que se había hecho antes: ¿por qué había aparecido David el primer día, mejor dicho, durante la primera hora que él había pasado fuera de Winthrop?

¿Acaso se trataba de un acuerdo preestablecido con Stu?

Su desaparición de la residencia no sería considerada demasiado extraña; al fin y al cabo, muchos novatos no podían resistir la tensión del primer día de universidad.

Era consciente de que el tiempo se le escapaba. David volvería a la habitación de la residencia en cuanto Garval hubiera terminado su turno, convencido, sin duda, de que él le estaría esperando como un zombi. Y cuando descubriera que se había ido, iría allí.

Sonó un crujido en las tablas del pasillo y el corazón le dio un vuelco. ¿Ya estaba allí? Volvió a oír el crujido. Cogió la Colt, quitó el seguro con el pulgar, echó atrás la corredera, metió una bala en la recámara y apuntó hacia el umbral. Pero solo había silencio. Era la casa, asentándose.

Rodeó el escritorio, se acercó a la ventana y, separando un poco las cortinas, atisbó el exterior. La calle arbolada estaba desierta.

Corrió las cortinas con firmeza y luego encendió la lámpara del techo.

La combinación de la caja volvía a estar en «00».

Giró rápidamente el disco hacia la izquierda, pasando de largo el «66» y haciendo una rotación completa hasta volver a él; a continuación, lo giró hacia la derecha hasta el «06»; luego a la izquierda pasando el «06» una vez y, finalmente, de vuelta al mismo número.

El mecanismo hizo un clic y la puerta de la caja fuerte se entreabrió.

Respiró hondo. La abrió del todo y miró en su interior.

Había dinero en efectivo, vaya que sí: un montón.

Tres gruesos fajos de billetes usados sujetos con gomas elásticas.

Ed los examinó rápidamente: billetes de un dólar, de cinco, diez, veinte y cincuenta, mezclados sin ningún orden.

A simple vista, miles de dólares. Un fondo de emergencia que Stu había ocultado a sus acreedores.

Colocó el dinero en la repisa. Al fondo de la caja fuerte, había un grueso sobre de aspecto oficial.

Lo abrió. Contenía certificados de nacimiento, el certificado de defunción de Bettie y la escritura de Brantwood, la cabaña de Lake Tranquility.

Observó que la escritura estaba a su nombre.

Tal vez ese había sido el último intento de Stu de proteger algunos de sus bienes.

El cambio de nombre se había efectuado ante notario hacía solo dos meses.

Ahora él era el propietario de Brantwood y de todo lo que contenía.

Al fondo de la caja fuerte había también una pequeña libreta de espiral con tapas rojas.

La abrió y la hojeó rápidamente. Había solo unas pocas entradas: nombres y números de teléfono en orden alfabético.

Ahí figuraba el nombre de Woodson Bates, aunque el número no era el de la oficina de la parroquia al que él mismo había llamado en ocasiones.

Había otros siete nombres. Uno de ellos, Grant Fitzgerald, le sonaba, aunque no sabía de qué.

Al final estaba Vermeulen, con el prefijo 412 y un número de Pittsburgh.

Se guardó en el bolsillo la libreta, la escritura de Brantwood y el dinero.

Volvió a subir a su habitación. En la mesilla había un libro de poesía de Auden.

Lo cogió. El marcapáginas era el trozo de papel que Gloria le había dado nueve años atrás con su número de El Paso.

Tal vez era una ilusión olfativa, pero aún percibía un leve aroma a Youth Dew.

Todavía sentía aquel calor ahora desvanecido, la suavidad de su contacto mientras lo abrazaba, y el movimiento furtivo de sus dedos llenos de anillos cuando le puso en la mano este trozo de papel. Se lo guardó también en el bolsillo.

¿Seguiría aún en El Paso? No tenía ni idea de cómo funcionaba el FBI. Tal vez la habían trasladado varias veces desde entonces. Por lo demás, allí era mediodía. Seguramente estaría trabajando, ¿no? Y si respondía, ¿se acordaría de él?

Metió algo de ropa en una bolsa, prendas que había desechado el día anterior, pero que ahora eran lo único que le quedaba, y metió también el libro de Auden. Todo lo demás estaba en su maleta en Stetson East. Sabía que no volvería a verla.

Bajó la bolsa, fue al teléfono de disco del pasillo y marcó el número de El Paso con los dedos entumecidos.

Al tercer timbrazo, respondió una voz ronca:

—¿Sí?

Era ella. Oyó de fondo una televisión y una voz masculina malhumorada que preguntaba: «¿Quién es?»

¿Había sido una mala idea llamarla?

—Gloria, soy yo, Ed Constance.

—¿Ed?

—Sí. ¿Te acuerdas de mí?

Sonó un crujido y la televisión disminuyó de volumen. La voz del hombre seguía rezongando.

—Espera un minuto, Ed. Voy al otro teléfono. Mi marido está mirando la tele.

Oyó cómo descolgaba otro auricular y luego unos pasos y el sonido del primer teléfono que colocaba en el soporte. Tras unos segundos, sonó de nuevo la voz de Gloria.

—¿Ed? ¿Cómo estás? ¿Qué sucede?

—Escucha, Gloria. Solo tengo unos minutos.

—¿Por qué? ¿Cuál es el problema?

Él se lo explicó. La conversación duró unos diez minutos. Incluso a sus propios oídos, su historia sonaba disparatada, aunque era exactamente lo que le había expuesto Cowdray en su consulta. Cuando terminó, casi esperaba que Gloria le dijera que volviera al hospital.

—Ya sé que parezco medio chiflado —dijo.

—No, Ed, no es así —dijo Gloria—. Siempre tuve la impresión de que había algo raro en Stud.

Y en cuanto a la adopción, el proceso fue demasiado perfecto.

Sinceramente, yo no creía que tú estuvieras preparado para salir al mundo, pero todos desecharon esas dudas a toda prisa. Se lavaron las manos, ¿sabes?

—No sé qué hacer, Gloria. Basta con una frase o unos números para que vuelva a sumergirme en ese estado. Mi psiquiatra me lo advirtió. Lo que no entiendo es el objetivo de todo esto.

Hubo un breve silencio; luego oyó cómo Gloria respiraba hondo.

—Escucha, Ed. Tu psiquiatra podría no andar descaminado.

Hace años que corren rumores en los círculos del servicio secreto.

Básicamente sobre la CIA. La operación CHAOS: utilizar el lavado de cerebro en grupos de izquierdas, hacerles cometer atrocidades, subir la apuesta contra ellos.

Algunos dicen que los asesinatos Tate formaban parte de esa operación.

—Hizo una pausa—. Esto es simplemente lo que he oído, pero no puedes fiarte de nadie, Ed. De nadie.

—En la caja fuerte de Stu he encontrado una libreta con nombres y números de teléfono.

—¿La llevas encima?

—Sí, la tengo aquí.

—¿Cuántos nombres hay?

—Solo ocho.

—Vale. Léemelos.

Ed se los leyó lentamente e intuía que Gloria los estaba anotando.

Cuando llegó a Grant Fitzgerald, ella respiró hondo.

—¿Qué pasa?

—¿Fitzgerald? Es mi subdirector.

Ahora recordó Ed por qué le sonaba ese nombre, lo había visto en los reportajes de los periódicos. Fitzgerald haciendo limpieza aquí y allá: un tipo corpulento, fornido, que sonreía ampliamente ante las cámaras cuando detenían a otro jefe del sindicato del crimen.

—Joder —dijo—. ¿Qué vamos a hacer?

—En primer lugar, guárdate esa libreta como si te fuera la vida en ello. —Hizo otra pausa, como si estuviera tomando una resolución—. ¿Recuerdas a Hennessey, mi antiguo jefe? —preguntó.

—Claro —respondió Ed.

—Es el agente que está al mando aquí. De él puedo fiarme. Hemos pasado juntos algunas situaciones complicadas. Un tipo intachable. Voy a hablar con él y trataré de pensar algo. Vuelve a llamarme mañana a medianoche, hora del Este, ¿de acuerdo?

—Sí —dijo Ed.

—Bien. Ahora tengo que colgar. Volveremos a hablar mañana.

—Gracias por todo, Glor… —Pero Ed descubrió que la comunicación ya se había cortado.