Número desconocido Capítulo 18
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Capítulo 18

Fuera, oyó el canto de los pájaros, el rumor de un coche al pasar, el llanto de un crío… Ni la menor indicación de que alguien hubiera oído el disparo. La vida continuaba en Winthrop Road; a nadie le importaba que un hombre yaciera muerto con los sesos pegados a la pared.

Miró la pistola. Había ido hasta allí a buscarla. Nada había cambiado, salvo que el dedo de un muerto estaba ahora en el guardamonte.

La mano de Stu todavía estaba caliente cuando la levantó con cuidado.

La pistola se escurrió del dedo índice, cayendo sobre el vade del escritorio.

Ese movimiento minúsculo se transmitió al cadáver, que se hundió aún más en la silla giratoria, mientras de su boca escapaba un soplo de gas semejante a un suspiro.

Ed se acercó a la pistola y la cogió por el cañón.

Algunas salpicaduras habían alcanzado su superficie de metal.

Sintió una cálida humedad en los dedos y se percató de que se le habían manchado de sangre.

Se los limpió en el vade del escritorio.

Por primera vez, reparó en los papeles que estaban esparcidos allí: contratos de crédito, extractos bancarios, notificaciones de impago, planos de centros comerciales que nunca se construirían.

En lo alto de algunos de esos planos había garabatos, trazos que parecían renacuajos invertidos o notas musicales mal dibujadas.

Aguzó el oído de nuevo. El silencio era casi material, tangible. Tenía una pistola. Tenía un coche en el garaje. Pero solamente unos centavos en el bolsillo. Recordó las últimas palabras de Stu. Había dinero en la caja fuerte. Y lo más importante: ahora que Stu estaba muerto, ese dinero era suyo.

Una vez, a través de la puerta entornada del estudio, había visto cómo su padre adoptivo manipulaba la caja fuerte, que estaba en el seno de la falsa chimenea, detrás de un óleo de las Highland.

Se acercó al cuadro y tiró de un lado del marco, que giró sobre sus bisagras.

La caja fuerte estaba montada debajo, en el conducto de la chimenea.

Su dial destelló bajo el sol que se colaba entre las cortinas medio corridas y la hiedra amarillenta de fuera.

Sabía que eran tres pares de cifras, pero Stu nunca le había dicho cuál era la combinación.

¿Cuál podía ser? ¿Cumpleaños?, ¿meses o años de aniversario?

Aunque adivinara las cifras, debían introducirse con los movimientos correctos: hacia la derecha o hacia la izquierda.

¿Derecha, izquierda, derecha? Estaba casi seguro de que era así.

Sujetó el dial. Primero trató de serenarse. Hasta donde él sabía, se podían hacer intentos ilimitados sin que se bloqueara.

Empezó por lo más fácil: el mes, el día, el año de nacimiento de Stu.

Nada. Luego los de Bettie. Nada. Los suyos: 4.

7.61. Volvió a fracasar. Luego combinaciones del número de la calle, del número de teléfono, de las primeras seis cifras de la Seguridad Social de Stu, de las de su permiso de conducir.

Nada tampoco. El sudor le perlaba la frente.

Miró su reloj Timex. Apartó su mano temblorosa del dial y se apoyó en la repisa de la chimenea.

Sus ojos fueron a caer sobre los papeles amontonados en el escritorio.

Tal vez ahí había alguna clave. Se apartó de la repisa y rodeó la mesa, evitando mirar los ojos muertos de Stu.

Examinó los papeles y observó los garabatos en lo que antes había reparado, pero esta vez desde donde los habría mirado Stu.

Aquellos trazos que parecían renacuajos invertidos no eran como había creído primero.

La letra de Stu siempre había sido curiosamente vertical, sin volutas.

No, esos garabatos eran seises. Innumerables seises.

Pero ahora, cuando los miró de cerca bajo la luz moteada, vio que había puntos entre ellos, de tal manera que cada combinación era: «66. 6.6», y así interminablemente.

Sintió como un mazazo. Se apoyó en el escritorio, rozando con el brazo sin querer el cadáver de Stu. Era como si la mano invisible de un gigante le estrujara el corazón. Jadeó, tratando de tomar aire. La negrura empezó a inundar otra vez la periferia de su visión. El suelo cedió bajo sus pies.

Estaba de nuevo en ese lugar al que había vuelto otras veces: en Pierce, en Stetson…

Había otros seis niños mirando una filmación parpadeante.

Todos con la cabeza sujeta con correas en el respaldo de las sillas a las que se hallaban atados.

Para que tuvieran que mirar a la fuerza.

El anticuado proyector zumbaba levemente.

No se oía nada más. Un embudo de luz parpadeaba en la pared gris.

Su cabeza también estaba inmovilizada, y tenía que mirar las violentas imágenes que se sucedían ante sus ojos sin poder hacer nada.

Un gusano retorciéndose en un anzuelo; Hiroshima y la gente abrasada; una decapitación pública; un corte de navaja en un ojo; el horno de un crematorio; luego un océano de sangre lamiendo…

Y entonces, una forma emergía del mar, perfilándose en un todo, como el primer reptil sobre la Tierra.

Los detalles se concretaban: la mitad superior de la cabeza era vagamente humana, una mata de pelo desgreñada y unos ojos humanos hundidos; pero allí donde deberían haber estado la boca y la nariz surgía un centenar de serpientes, semejantes a una barba espantosa.

El resto de su cuerpo tenía forma humana, pero estaba cubierto de más serpientes que envolvían el pecho, los brazos y las piernas.

En lugar de dedos tenía cinco serpientes, y sus dos pies eran racimos de colas de reptil.

Recordó el nombre del monstruo: Tifón.

Era el soberano supremo, el emperador del miedo. Todos debían someterse a ese temor. Tifón era el dueño de todos aquellos que lo miraban.

Era su dueño.

Por encima del mar sangriento empezaba a formarse algo enorme de color blanco, y entonces se percató de que era una presa inmensa en forma de herradura que se hallaba entre dos acantilados de color ocre.

El agua salía disparada de las compuertas hacia lo alto, se esparcía en el espacio y caía en un río a mucha distancia.

Ed conocía aquel lugar, todos los niños lo conocían.

Era una de las mayores proezas de la ingeniería americana: la presa Hoover.

Entonces el monstruo hablaba, y Ed sabía que esos eran los verdaderos nombres de los niños: «El Ángel de las Llagas; de la Sangre de los Hombres Muertos; de las Fuentes Contaminadas; del Poder Abrasador del Sol; de las Tinieblas; de la Muerte del Éufrates; y el Ángel que dirá, como Cristo, tetelestai : “Hecho está”».

El monstruo señalaba la visión de la presa, y cuando las serpientes se separaban en torno a su boca, abría sus fauces de par en par como una pitón tragándose una vaca, y allí dentro se agitaba un hervidero de serpientes que hablaban con las voces de los siete niños: «Y el sexto ángel derramó su copa en el gran río Éufrates; y el agua del río se secó para abrir paso a los reyes que venían de Oriente».

La presa empezaba a desmoronarse como un castillo de arena bajo las olas. Un muro de agua se abalanzaba hacia él, aplastando, pulverizando…

Otra vez oscuridad. Luego el sueño volvía a una escena casi inocente comparada con las otras, pero al parecer de gran significado: una encimera de una cocina doméstica, un charco de sangre que se expandía, y algo parecido a un gusano rosado en el centro.

Pero, al enfocar mejor su visión, observó que era un dedo seccionado por encima de la primera falange.

Sonó un estruendo semejante a un trueno. Tal vez era ese muro de agua que se desmoronaba por el río Colorado.

El trueno lo estaba despertando.