Número desconocido Capítulo 17
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Capítulo 17

No recordaba el trayecto en autobús, ni cómo había bajado en su parada y luego había metido la llave en la cerradura, pero de repente se hallaba de vuelta en el vestíbulo de Winthrop Road.

Cerró la puerta. Stu debía de estar en la oficina.

Parecía que hubiera pasado un año desde su marcha, pero solo habían sido unas horas.

La casa crujía suavemente con el calor de septiembre, soportando otro día solitario bajo el sol. Se dirigió hacia la escalera.

Entonces sonó una voz procedente del estudio. Ed se quedó paralizado.

—¿Quién anda ahí? —dijo Stu.

—Soy yo, Ed. —Su voz le sonaba distante en sus propios oídos, como si fuera otra persona que hablase en una habitación alejada.

Stu apareció en el vestíbulo arrastrando las pantuflas.

La barba gris incipiente de su mandíbula concordaba con su andrajosa chaqueta de punto, que formaba parte de lo que él llamaba «la ropa de casa».

Se le veían los ojos húmedos detrás de las gafas; si eran lágrimas, o se debía a la luz del sol que se colaba por el dintel de la puerta, Ed no lo sabía con certeza.

Tenía la pipa en una mano y su encendedor Ronson en la otra.

—¿Se te ha olvidado algo? —preguntó.

Ed negó con la cabeza.

—¿Qué haces aquí, entonces?

—Yo podría preguntar lo mismo.

—Es que hoy me he retrasado, simplemente —respondió Stu. Dado su atuendo y el hecho de que ya era media tarde, eso parecía poco probable.

—Ha pasado algo en Northwestern —dijo Ed.

Stu cerró los párpados, lo que le recordó al Mole de El viento en los sauces .

—¿Qué ha pasado?

—Uno de los niños estaba allí —murmuró Ed.

—¿Te refieres a tus niños?

—Claro, Stu, a uno de los míos. David.

—Ah. ¿Te acuerdas de él?

—Sí, lo recuerdo muy bien —respondió Ed.

Stu se había llevado la pipa a la boca y estaba tratando de encender su Ronson, pero las manos le temblaban y el mechero solo soltó unas chispas sin que saliera la llama.

Dándose por vencido, se guardó la pipa y el encendedor en los bolsillos de su chaqueta de punto.

Parecía muy nervioso y no le sostenía la mirada a Ed.

—¿Qué quería? —preguntó.

—No lo sé —respondió él.

Ahora que había empezado a hablar, notó que le asaltaba otra oleada de mareo. Se apoyó en el marco de la puerta del estudio.

—Ven, entremos —dijo Stu, cogiéndolo del brazo.

Ed quería negarse; tenía que subir a su habitación y largarse de allí. Pero estaba tan débil como un gatito y se dejó arrastrar al estudio sin resistencia.

Como siempre, las cortinas estaban echadas, olía a cerrado y la lámpara arrojaba sus extrañas formas de colores sobre el escritorio y los armarios. Había una botella mediada de Smirnoff en el centro del escritorio y un vasito vacío junto a ella.

Stu vio que miraba la botella.

—Ya lo habías adivinado, ¿no?

—Sí —acertó a decir Ed.

—Pongo las botellas vacías en el cubo del vecino. No es algo de lo que me sienta orgulloso. —Le soltó el brazo, rodeó el escritorio y, sentándose abruptamente en la silla giratoria, se sirvió otro chupito y se lo bebió de un trago—. Igual te vendría bien un poco. Hay un vaso en el aparador —dijo.

Habla como un auténtico borracho, pensó Ed.

No podía soportar que hubiera una persona sobria al otro lado de la mesa.

Pero Stu tenía razón, en cierto modo. Necesitaba algo para calmar sus nervios.

Fue a coger el vaso, se sentó frente a Stu y se sirvió tres dedos de vodka.

Echó la cabeza hacia atrás y se bebió la mitad, haciendo una mueca ante aquel sabor áspero y ardiente.

Las vueltas que daba todo a su alrededor se ralentizaron.

—Bueno, ¿qué ha pasado con David? —preguntó Stu.

¿Por dónde empezar? Ed no iba a explicarle que había perdido la conciencia.

—Me ha hablado de cobrarse una deuda —dijo.

—¿Una deuda? —Stu había extendido el brazo hacia la botella, pero ahora se quedó totalmente inmóvil.

—Sí, una deuda —dijo Ed.

Stu bajó la cabeza. Cogió la botella, pero esta vez le temblaba tanto la mano que derramó vodka sobre el escritorio.

—La deuda —dijo en voz baja, suspirando. Luego miró hacia la ventana, más allá de él.

—¿Tú sabes algo que yo no sé? —preguntó Ed.

Stu tragó saliva.

—Creo que ha llegado el momento de que te cuente algo.

Ed sintió cómo unos dedos fríos le recorrían la columna.

—¿Sobre qué? —preguntó.

Stu seguía sin mirarle.

—Sobre tu adopción. —Se le habían vuelto a humedecer los ojos, así que se quitó las gafas y se los secó con la manga de la chaqueta de punto. Tragó saliva y volvió a ponérselas—. Todo empezó de un modo bastante inocente…

—¿Qué fue lo que empezó? —preguntó Ed.

Stu no respondió de inmediato; se quedó mirando un punto fijo.

—Ya sabes que Bettie deseaba tener un niño, lo deseaba con verdadera locura —dijo—. Pero no fue idea nuestra adoptarte. Queríamos un bebé, por el amor de Dios. Tú ya tenías nueve años.

Ed sintió de nuevo como si se hundiera. No había habido mucho amor en Winthrop Road; solo una actitud correcta, aplicada, cumplidora.

Celebraciones de Navidades y aniversarios, pero sin alegría.

Revisión de sus notas. Palabras vacías de aliento.

Sermones cuando se portaba mal. Aquellos «aquí estamos» en la puerta de cada nuevo colegio, con unas sonrisas cada vez más postizas por parte de Stu y Bettie.

—Entonces, si no fue idea vuestra, ¿de quién fue? —preguntó.

Stu cogió la botella de Smirnoff y examinó la etiqueta en la penumbra antes de servirse otro chupito y bebérselo de un trago. Hizo una mueca.

—De Woodson Bates, el pastor de la iglesia.

Nos hizo una visita en 1970. Nos habló de tu caso.

Bueno, todo el mundo en la Costa Este hablaba del caso en aquel entonces.

Bates nos dijo que conocía a algunas personas influyentes que se sentirían tremendamente agradecidas si encontraban unos buenos hogares cristianos para los niños…

Que esas personas recompensarían generosamente a quien los adoptara.

Por supuesto, no especificó quiénes eran esas personas.

El caso es que Betty y yo nos lo quitamos de encima; le dijimos que, en caso de que adoptáramos, lo que nos gustaría sería un bebé, tal vez uno adoptado en el extranjero.

»Pero la cosa no acabó ahí. Resultó que él sabía que mi empresa pasaba dificultades, que yo tenía deudas por todas partes y que había un préstamo avalado con esta casa; un préstamo muy cuantioso, te lo aseguro.

Aquella misma noche, mientras estaba sentado aquí, sonó el teléfono.

Era Bates otra vez, y mientras Bettie estaba en la cocina y no podía escuchar, me dijo todo lo que sabía sobre mis problemas, incluso entró en detalles: más como un banquero que como un pastor, la verdad sea dicha.

Y añadió que, si no quería que me embargasen, más me valía reconsiderar su propuesta.

No había nada amable o razonable en su tono, te lo aseguro.

Me dijo que, si lo reconsideraba, no solo desaparecerían mis deudas, sino que habría el dinero suficiente como para reflotar mi empresa.

»Supongo que ya entonces tenía una botella sobre el escritorio.

Después de colgar, me serví una buena copa y reflexioné.

Yo le había ocultado mis problemas a Bettie, pensando que surgiría algo que me salvaría el pellejo.

Todo lo que habíamos construido estaba a punto de desaparecer, y aquí tenía una solución mágica.

Para abreviar, me levanté y fui a hablar con ella.

Ya sabes que Bettie era un poco anticuada, que siempre apoyaba mis decisiones, ¿no?

Yo le dije que había estado pensando, que era egoísta de nuestra parte querer tener un bebé cuando los niños de aquella espantosa tragedia de Maine estaban sin hogar.

Que a Dios le desagradaría nuestro egoísmo y que, teniendo eso en cuenta, había reconsiderado la propuesta de Bates.

Ella se resistió un poco, alegó que ya habíamos hablado con la agencia de adopción, mencionando a los niños de Vietnam, Camboya y demás, pero yo no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer y al final acabó cediendo, tal como suponía…

Y bueno, las cosas se desarrollaron como puedes suponer…

»Llegó el dinero, una gran cantidad, y mis deudas desaparecieron.

Esos pagos procedían de ciertos clientes del extranjero para quienes supuestamente yo iba a construir algo.

No hace falta decir que nunca me reuní con ellos, que no se hicieron planos, ni se removió un terrón, pero el dinero seguía llegando: lo suficiente para ponerme otra vez en marcha.

Empecé a pensar en nuevos proyectos. Empecé a soñar otra vez.

Quizá soñé demasiado en grande. Tomé nuevos préstamos.

—Stu suspiró—. Sí, la historia se repite...

»Bates llamaba todos los domingos por la noche y preguntaba cómo estabas y cómo te iban las cosas.

Siempre con mucho interés en tu “bienestar mental”, como él decía; ponía un gran énfasis en este aspecto.

Me preguntaba si tenías pesadillas y demás…

, si veías imágenes extrañas. Supongo que lo mantuve satisfecho, a él y a quien estuviera detrás, durante unos años.

Hasta que sufrió aquel derrame cerebral.

Desde entonces ha habido otro tipo. Un tal Vermeulen, afincado en Pittsburgh.

Dice que él posee una gran parte de mi deuda.

Stu se sirvió otro trago y se lo bebió sin invitar a Ed. Este se sentía tan mareado por lo que estaba contándole que no necesitaba beber más.

—Vermeulen lo dejó bien claro —prosiguió Stu—.

Al igual que Bates, quería saber cómo te iban las cosas.

Sus preguntas se fueron volviendo cada vez más precisas.

Hasta el punto de querer saber qué tomabas para desayunar, cómo te relacionabas con tus compañeros en la escuela, qué programas de televisión te gustaban…

Todo. Yo le pregunté para qué necesitaba saber todo aquello, pero él se limitó a reírse.

Dijo que algún día resultaría útil. ¿Qué día?

, pregunté. Y él respondió: cuando llegara el momento de saldar cuentas.

Yo le dije que era capaz de manejar mis propios asuntos, pero él volvió a reírse.

Para entonces, de todos modos, yo ya estaba medio enloquecido, con Bettie en el hospital y todas aquellas facturas amontonándose sobre las anteriores.

Después, cuando ella murió, el alcohol se apoderó de mí por completo.

Miró el vasito.

—Este veneno te vuelve valiente…, estúpidamente valiente.

Le dije a Vermeulen que ya no atendería sus llamadas, que ya no haría nada más por él, absolutamente nada.

El teléfono sonó una y otra vez el domingo siguiente, y también el otro, pero yo no lo cogí.

Entonces los clientes del extranjero dejaron de pagar.

Ya no hubo encargos nuevos. Me cortaron las alas de golpe.

Mis nuevos socios se esfumaron. El dinero se agotó.

Tuve que dejar que se fuera mi secretaria.

La empresa quebró hace seis meses. La oficina volvió a quedársela el propietario.

Creí que podría engañarte cuando tú estuvieras en casa. Solía pasarme el día en los bares.

Ed ya no escuchaba.

—¿O sea que me espiabas? —dijo.

—No tenía otro remedio. Mira, Ed, yo creía que no hacía ningún daño. Necesitaba el dinero. Luego pensé que podía cortar con Vermeulen. Nunca le había visto. Era solo una voz en el teléfono. Esperaba que, después de cortar con él, simplemente desaparecería…

—¿Sabes lo que David quiere de mí? —preguntó Ed.

Stu alzó las manos.

—No, te lo juro. —Pero Ed sabía que estaba mintiendo.

Suponía que Stu sabía mucho más; quizá todo.

Pese a lo que alegaba, tal vez tenía un acuerdo con Vermeulen.

¿Por qué lo había abordado David precisamente el día en que se había ido de Winthrop?

Eso parecía muy conveniente. Así, lo que hubiera de pasar, fuese lo que fuese, no pasaría delante de Stu, ¿no? Ojos que no ven, corazón que no siente.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Stu.

—¿Yo? —Ed se echó a reír—. ¿Me lo preguntas ahora? Bueno, de entrada, no voy a volver al campus mientras David ande por allí. Quizá me quede en casa hasta que él aparezca y entonces los dos me lo explicaréis todo, ¿no es así?

Stu no respondió. Parecía encogido. Quedaban unas gotas de vodka en su vaso. Lo sujetó, apretándolo con tal fuerza que se le pusieron blancos los nudillos y Ed creyó que iba a estallar, y lo apuró de un trago.

Su silencio era lo bastante elocuente. Ed se levantó.

—Supongo que hemos terminado —dijo.

Stu no alzó la mirada.

—Hay dinero en la caja fuerte —dijo.

—No quiero tu dinero —le soltó Ed.

Salió al pasillo y subió a su habitación pintada de amarillo claro. La miró como si lo hiciera por primera vez. Nunca había sido un refugio seguro. Más bien había sido una jaula para una rata de laboratorio.

En el armario había un baúl infantil lleno de juguetes.

Lo abrió y sacó el maltrecho muñeco del Hombre de los Seis Millones de Dólares, el juego Dinero Fácil, el Espirógrafo, la Pizarra Magnética y el montón de cómics.

Sí, Stu y Betty habían sido generosos a la hora de gastar el dinero de Vermeulen.

Esperaba encontrar en el fondo del baúl la Colt envuelta en hule y la caja de cartón de balas del 45 que Jim le había dado.

No estaban allí.

Abajo, sonó un grito en el estudio, como el aullido de un gato, y luego un disparo ensordecedor.

Ed se puso de pie. Su campo visual se estaba volviendo a reducir, como cuando David lo había encarado en Stetson East, dejando solo un pequeño orificio a través del cual podía ver. Apoyó la mano en la pared, salió a tientas de la habitación y, sujetando la barandilla, bajó lentamente las escaleras.

Vaciló al llegar a la puerta del estudio.

Había un olor a pólvora en el aire. Empezó a recuperar la visión.

Entró. Stu estaba aún en la silla giratoria, con lo que quedaba de su cabeza, ladeado en un ángulo imposible.

Sus ojos llorosos miraban al techo, sin pestañear.

Se había pegado un tiro en la sien. Había salpicaduras de sangre por todas partes, así como materia gris cerebral en la pared de detrás del escritorio, y ese olor que dejan los fuegos artificiales en el ambiente.

La Colt estaba debajo de su mano, sobre el escritorio, todavía con su dedo índice enroscado en el guardamonte.

A Ed le vino una cita a la cabeza: «Nada en su vida fue tan honroso como su modo de abandonarla».